Pese a lo angustiante de la situación, Aurora y Mateo, podían admitir que la mañana se les presentaba alegre y llena de vida mientras caminaban por las bulliciosas calles de la gran ciudad. El sol otoñal arrancaba pequeños destellos de fantasía en las gotas y rocío que cubrían las hojas de las enredaderas que se aferraban a las paredes de las casas que ellos iban dejando atrás sin prestarles atención. Ocupados como estaban en la angustiante tarea de encontrar un médico que supiera ser lo suficientemente discreto para la ocasión. —Recuerda eso, no hables demasiado de lo que ocurre, solo di que ella tiene fiebre y que necesita ayuda con urgencia…—Le había recomendado Mateo apenas hubieron caminado lo suficiente como para considerarse alejados de la gran casona. Así lo habían estado haciend

