Me dirigí directamente a la habitación de invitados donde se había instalado Alina. Al entrar, la luz era baj. Ella estaba durmiendo profundamente, agotada por el esfuerzo de los últimos días. A su lado, en el cunero, descansaba el pequeño Sebastián. Me acerqué con cautela. El bebé dormía con los puños cerrados, ajeno a los conflictos que lo rodeaban. Extendí un dedo y acaricié su mejilla, maravillado por la suavidad de su piel. —Seré un buen padre —dije en voz baja, sintiendo un amor inquebrantable. —Y te amaré toda la vida, pequeño. Te lo prometo. Alina se movió en la cama y abrió los ojos lentamente. —Bastian... no te escuché llegar. —Lamento despertarte —dije, enderezándome. —Solo quería verlo. —No pasa nada —respondió ella, incorporándose un poco en la cama. — ¿Ya confirm

