Capítulo 3: La habitación del príncipe
Entramos a la mansión, él no soltaba mi mano, parecía enorgullecido de tenerme junto a él como si me exhibiera como un premio ante los invitados que nos veían, fuimos a una de las habitaciones amplias de arriba, era como 5 veces mi residencia, una enorme cama que parecía sacada de una revista surrealista, una televisión, una PlayStation, un telescopio, computadoras, equipos de video de realidad virtual.
Joder.
Con todo lo que había aquí se podría comprar un edificio entero.
—¿Es tu habitación? —dije asombrada, no podía dejar de mirar a todos lados.
—Sí. —dijo como si no fuera la gran cosa y es que obviamente, para alguien que siempre lo tuvo todo, esto no era la gran cosa.
Él fue a la cama y tomó asiento, lo miré alzando una ceja.
—No voy a acostarme contigo. —solté.
No era estúpida, estando los dos en la habitación, él pagándome por hacerme pasar como su novia… uhm, esto no.
—Tampoco quería acostarme contigo. —refutó como si lo hubiera ofendido, su rostro en una ligera mueca.
Ah.
¿Y por qué no?
«Quien te entiende Ana, debes calmarte».
—Vale —dije cruzándome de brazos y caminando un poco por la habitación observando su colección de muñecos de la guerra de las galaxias—, ¿hasta cuándo durara nuestro trato?
—Hasta que todos se vayan. —suspiró.
—Está bien. —murmuré, novia por una noche, no sonaba tan mal, ya estaba pensando en donde invertiría mi dinero.
—Puedes ponerte cómoda. —dijo Luca señalando los asientos disponibles de la habitación.
Caminé hacia uno de los sofás de tela, pero me distraje al ver varios dibujos en su pared, eran bastante profesionales, quedé asombrada, yo nunca fui buena para pintar o dibujar.
—¿Estos dibujos los hiciste tú? —pregunté.
—Sí —dijo.
—Son muy buenos. —voltee a mirarlo, él me observaba fijamente.
—Gracias, a veces me gusta dibujar. —se limitó a decir.
Casi podía ver a un hombre algo retraído en su mundo, sintiéndose inferior y con el corazón destrozado; me daba algo de lastima. Fruncí los labios acercándome a su cama y me senté a su lado quitándome los tacones, noté que en mi rodilla estaba formándose un moretón, debió ser cuando lo reverencié y me fui de boca.
Como no, siempre siendo una completa torpeza.
—¿Qué te pasó? —preguntó Luca al ver mi moretón.
—Cuando me caí se me formó un moretón. —expliqué.
—Tengo una crema para los golpes —dijo—. ¿Quieres?
—Sí, por favor.
Él se levantó yendo al baño de su habitación, abrió el gavinete y sacó una crema, pero eso no fue lo que me sorprendió, lo que me sorprendió fue cuando se volvió a acercar a la cama y se arrodillo frente a mí a la altura de mi rodilla, abrió la crema y él mismo me la comenzó a aplicar.
Me quedé sin aliento.
Este hombre demostraba mucha… humildad.
—Listo —dijo cerrando la crema y yendo al baño para colocarla en su lugar.
—Eres una buena persona —comenté—, es decir, tengo un prototipo en mi cabeza de que los príncipes son arrogantes, dioses o cosas así.
Él se rio un poco.
—Así es mi hermano Alessandro —dijo—, yo salí bobo.
Me imaginaba que ese era el de mirada intimidante que vi al lado del rey.
—¿Por qué dices eso de ti? —refuté confusa, Luca soltó un suspiro.
—Eso dicen todos —se encogió de hombros—. Mi padre espera el día en que me atropelle un carro y así mi hermano tome mi puesto, él si tiene madera de príncipe y futuro rey.
Nunca pensé que escucharlo decir eso me arrugaría tanto el corazón, sabía lo que se sentía ser una decepción.
—¿Y cuál es la madera de príncipe según tú? —indagué alzando una ceja, él se cruzó de brazos apoyándose del marco de la puerta del baño.
—Es habilidoso —dijo—, más agraciado físicamente, tiene chicas a montones, yo aun siendo príncipe, parezco espantarlas o aburrirlas. Mira a mi prometida, la conocí la semana pasada y hoy la vi besándose con el jardinero.
¿La semana pasada? ¿besándose con el jardinero?
—¿La conociste la semana pasada y te comprometiste tan rápido? —repetí incrédula.
—Tengo 25, se supone que es la edad en la que debo casarme y no he encontrado a nadie que ocupe ese puesto —dijo—. Es una carrera contra el reloj.
Ouh.
Entonces era un príncipe desesperado, que feo caso.
Mi mirada fue a la jaula de vidrio que hizo un sonido a una esquina, y fruncí el ceño al ver un animal pegado del vidrio, me perturbaba.
—¿Qué es eso? —dije, Luca siguió el hilo de mi mirada y sonrió.
—Es mi iguana, se llama Rabit —dijo con orgullo yendo a la jaula para sacarla y poniéndola en su mano la acarició.
Me estremecí, no me gustaban los reptiles.
—¿Tienes una iguana de mascota? —dije incrédula.
—Claro que si —Luca comenzó a hacer sonidos raros como si estuviera hablando con la iguana.
Uhm, creo que ahora podía entender por qué todo el mundo decía que no tenía madera de príncipe ni de rey, era… todo un nerd, raro.
—Oye —dije levantándome de la cama—, creo que veo ahora de lo que hablaban tus papás.
El príncipe Luca hizo una mueca de disgusto y volvió a colocar a la iguana en su lugar.
—Pero escucha —continué al ver que le había afectado mi comentario—, puedo darte algunos consejos, algunos que harán que tengas suertes con las chicas.
Tampoco es que era una experta, pero… tenía la necesidad de ayudarlo a ser mejor; a dejar la faceta de niño inmaduro raro a una más maduro y atemorizante.
—Eso no suena mal. —dijo volteándose hacia mí.
—A ver —dije—. A las chicas nos gustan que nos traten mal, punto número uno, sé autosuficiente, tienes que hacerlas entender que no las necesitas y que jamás estarías con ellas. Autoritario, vamos, eres el futuro rey, debes, ya sabes, creerte el rey del mundo.
Bueno, eso funcionaba con algunas chicas, eso de ser todo un fuckboy, sabía como funcionaba, las atraería como imanes.
—Es difícil cuando el mundo se burla de mí. —comentó como si fuera un disparate.
Casi quise girar los ojos.
—Segundo —continué—, deja esa actitud pesimista, es muy poco atractiva. A ver, ¿tienes unas tijeras?
Dije mirando su cabello desastrado, por favor, ¿acaso no tenían estilistas reales o algo así?
—Si. —dijo y fue al baño a buscarlas para entregármelas sin saber muy bien por qué se las pedí.
—Te haré un cambio de look. —le advertí.
Él pareció refutar, pero simplemente se encogió de hombros como si supiera que yo tenía el control.
—Vale. —dijo.
Lo guie a sentarse en una de las sillas, tomé una camisa mal varada del suelo colocándosela alrededor del cuello y comencé a cortarle el cabello.
—¿Sabes lo que haces? —preguntó.
Casi me reí, él confió en mi de buenas a primeras, pero yo sí tenía experiencia cortando cabello, mi madre era peluquera y aprendí viéndola.
—Fui peluquera. —me limité a decir, no era del todo una mentira.
—¿En serio? —dijo incrédulo.
—Shh… —lo callé, no quería desconcentrarme en medio de mi proceso creativo, quería hacerle un buen cambio.
Comencé a cortar su cabello y luego sus cejas, creo que este príncipe seria mi nuevo proyecto, al menos por una noche, lo convertiría en todo un don juan.