Capítulo 9: De regreso en la ciudad

2655 Palabras
Regresaron a la ciudad, juntos pero separados. Rodrigo retornó a la mansión y Amanda a su departamento. Lo que seguía era encontrarse como pareja y renovar de alguna forma su relación, lo cual no iba a ser sencillo. Eulalia los despidió a ambos con un beso en la frente y les deseó lo mejor. Les aseguró que además rezaría por ellos para que fueran felices. Acordaron ir a almorzar. Amanda lo buscaría en las oficinas centrales de la empresa inmobiliaria, tras lo cual irían a un elegante bistró para estar juntos. Se sentía feliz de renovar ese romance. Tanto que se puso muy atractiva para la ocasión. Eligió un vestido de estilo pin up que sabía que destacaba sus curvas y lo acompañó con unos tacones, algo que no hacía con frecuencia. Y no lo hizo sólo para gustarle a Rodrigo. Se vistió de esa forma para sintonizar su exterior con su estado mental y anímico. Incluso se maquilló de forma natural para destacar sus ojos y sus labios con sutileza. Al llegar a la empresa se hizo anunciar en la recepción. Rodrigo estaba en una reunión importante, pero le dijeron que pronto terminaría. La secretaria ya había sido instruida para hacerla pasar a la oficina principal en dónde lo esperaría con comodidad. El lugar tenía un estilo moderno, en el que cada sección estaba separada por paredes de cristal, que le daban a todo una gran iluminación. La oficina de Rodrigo era la más grande. Frente a la ventana amplia estaba su escritorio, pero en el frente había un living elegante y moderno, con una mesa de café de cristal con formas interesantes. Amanda se puso cómoda en uno de los sillones, cruzó las piernas y adoptó una posición relajada y sin quererlo sugestiva. Ignorante de lo atractiva que se veía, Amanda no notó como las miradas de los hombres del lugar repentinamente estaban dirigidas a ella. Uno que la conocía en particular ingresó en el despacho aprovechando que la puerta estaba abierta, dando lugar a un ingreso casual. Era Cristian Pérez Lacroze, uno de los colaboradores de Rodrigo. — ¡Hola! ¿Está Rodrigo por aquí?— preguntó para disimular. Después abrió los ojos como si estuviera sorprendido— ¡Amanda!— dijo y se aproximó a darle un beso en la mejilla. — ¡Cristian! ¡Qué gusto saludarte! — ¿Esperas al “jefe”? — Si, Rodrigo y yo vamos a almorzar. — ¡Guau! ¡Qué sorpresa! Había escuchado que ustedes habían terminado. Los chismes tenían una gran capacidad de vuelo en ese ambiente de igual manera entre hombres y mujeres. — ¿No me digas?— respondió ella— Sin embargo, es un dato exagerado, no deberías dar crédito a todo lo que escuchas. —Oh, ¡Vaya!— dijo desilusionado— Pues bien, ¡me alegro por ambos!— comentó. Después agregó, tratando de cambiar de tema — Tengo que decirte que te vez muy guapa, “el jefe” tiene mucha suerte, cómo siempre. Ella sonrió y emitió una risita tontorrona deliberada. — ¡Cristian! ¡Qué cosas dices!— respondió al tiempo en que le daba un manotón juguetón en el hombro. — ¡Pero qué digo!— agregó él— ¡Si siempre has sido muy guapa! — ¡Basta! ¡Me harás enrojecer!— repuso ella— ¡No es cierto! ¡Continúa! Es genial para mi autoestima— agregó, tras lo cual se echó a reír. En ese momento Rodrigo ingresó en la oficina. Cristian de repente giró sorprendido y tal vez un poco incómodo por su repentina presencia. — ¡Cristian, amigo! ¿Me buscabas? — ¡Si, si! Quería preguntarte cuál era el contrato que necesitabas que encuentre. — Ya te lo dije, el del proyecto Titanus. Debe estar en el archivo principal. Consíguelo cuanto antes. El sujeto hizo un gesto de asentimiento y se retiró. No sin antes despedirse de forma entusiasta de Amanda. — Fue un gusto verte— dijo. — ¡Muy gentil, ese muchacho! ¿No te parece?— comentó ella. A Rodrigo se le escapó una mueca burlona. Ni por un minuto se creyó que necesitara recordarle lo que le había pedido. Esa había sido sólo una excusa para ingresar en el despacho. Cristian Pérez Lacroze tenía debilidad por las mujeres bellas y sabía que había mirado más de una vez a Amanda con simpatía. — Si, todo un encanto. — comentó. Después le dedicó una mirada a la hermosa mujer que tenía frente a sus ojos. No podía culpar al sujeto en su entusiasmo por verla de cerca. Emitió un silbido pícaro— ¡Qué bella que te ves!— exclamó, tras lo cual le dio un beso leve en los labios. — ¡Vámonos ahora! Ya hice una reservación. En ese momento una mujer ingresó por la puerta. Cargaba unos planos y una carpeta azul. — Rodrigo, necesito consultarte algo sobre el proyecto del edificio Astrónomus. ¿Tienes unos minutos? — Cinco minutos, Gladys. No más que eso. Se trataba de una de las arquitectas a cargo de uno de los trabajos más importantes que estaba desarrollando la empresa. Desplegó el plano sobre el escritorio y comenzó a detallar modificaciones y otros detalles importantes del asunto. Rodrigo escuchaba con atención y le hizo sólo un par de observaciones. Amanda notó cómo la mujer lo miraba con ilusión y sonreía mientras su jefe le hablaba. Tenía una cabellera castaña larga y lacia, atada en una coleta elegante a un costado. Mientras le hablaba enredaba un mechón en un dedo y en ocasiones reía nerviosamente. Incluso se mordió el labio inferior en señal de impaciencia. Eran indicios evidentes de atracción y no dejaba de enviarlas hacia Rodrigo. — Lo más importante es que has captado perfectamente lo que necesitamos, por lo cual te felicito, Gladys. —comentó el con esa voz masculina y con ese tono cálido con el que siempre se expresaba. — Bien, ¡gracias!— respondió— Realmente me sentí inspirada por tu exposición y tener tu opinión era muy importante para mí. ¡Tienes una increíble intuición! — ¡Has hecho un buen trabajo!— le reiteró— Cuando regrese podrás darme más detalles. Dicho esto la arquitecta tomó los papeles con los que había ingresado y se retiró. No sin antes dirigirle una sonrisa al jefe. — Y ella, ¿quién es? — Es uno de mis arquitectos. Gladys es nueva en el equipo y está haciendo un buen trabajo. — Si, se nota. Es muy entusiasta. — dijo Amanda entre dientes. Se dirigieron hacia el restaurante. Era un sitio elegante, orientado a una clientela empresaria, y era un lugar en el que Rodrigo acostumbraba a almorzar. Ya había estado allí en otras ocasiones con Amanda. Al ingresar los recibió una recepcionista, quién los guio hacia el lugar que tenían reservado. Nuevamente era otra presencia femenina que sonreía a este hombre guapo, importante que además era increíblemente carismático. — Señor López Williams. Su mesa está lista, síganme por aquí… Es el lugar más apartado, como lo solicitó. — Muy amable, Mara— respondió. Después agregó— Por cierto, lindo corte de cabello. Resalta tus facciones. — ¡Gracias!— comentó la muchacha— Creí que era demasiado corto, pero mis amigas me dijeron lo mismo que usted. ¡Ahora sí les creo!— repuso mientras sonreía a su interlocutor. Después agregó. — Enseguida les traerán la carta. Pidieron para ambos un apetitoso carré de cerdo, con salsa acaramelada. Lo acompañaron con un delicioso vino rosado, especialmente recomendado por el sommelier para la ocasión. Durante un rato conversaron sobre nimiedades. El comentó algo sobre su ajetreado día y ella le contó sobre una propuesta en su trabajo para escribir una columna para lo cual debería responder al retornar de sus vacaciones. Entonces fueron interrumpidos. De repente una mujer llamó a Rodrigo desde el otro lado del salón. — ¿Rodrigo, eres tú?— cuando este volvió su vista hasta dónde se encontraba, ella se acercó hacia su mesa. Él se puso de pie. — ¡Karen!— exclamó asombrado. La desconocida lo abrazó y como si nada le dio un pequeño beso en los labios, algo a lo que Rodrigo parecía estar acostumbrado. Sin embargo, Amanda frunció por segundos el ceño ante ese saludo tan inesperado. Como todo caballero hizo la correspondiente presentación. — Ella es Karen Dubarri Sosa, una querida compañera de la universidad. Ambos estudiamos administración. Karen, ella es Amanda Peña. — hizo una pausa un poco incómoda. En situaciones normales, lo que seguiría era explicar su relación, pero no supo que decir. Entonces agregó— ella es periodista en El Informante, trabaja como cronista en el departamento de policiales. Las mujeres se saludaron amablemente. Amanda recordó que Karen no había sido sólo una compañera. También fue su novia durante esos años como estudiante. Él mismo le había hablado de ella alguna vez. Ahora había heredado un imperio financiero y era una importante mujer de negocios, algo de lo que Rodrigo hablaba con admiración y respeto. Era alta, delgada y pelirroja. Tenía unos ojos verdes vivaces y un rostro realmente agraciado. En definitiva, era muy bella y segura. Sin dudas podría llamar la atención de cualquier hombre de su interés. — ¡Qué sorpresa, verte por aquí! ¿Qué haces en mi territorio? — ¿Te refieres a esta pequeña ciudad?— dijo ella con un aire divertido— Estoy de paso, cerrando algunos asuntos. — ¡Me hubieras avisado! Es una buena excusa para reunir a los muchachos. Eddie y Carlos aún están por aquí. Estoy seguro de que se alegrarán de verte. —… ¡Y yo a ellos! — Durante algunos minutos charlaron sobre algunas anécdotas de esos tiempos, sobre cómo estudiaban pero también se iban de parranda por las noches y tenían que tomar litros de café para estar medianamente atentos al día siguiente. Se rieron muy divertidos al recordar esas aventuras. Entonces ella se despidió. — Me alegra verte tan bien, Rodrigo. Sigues tan guapo como la última vez en que nos vimos. ¡Incluso un poco más!— dijo con una pícara sonrisa— Debo irme, en cualquier momento aparecerá mi secretario implorando por mi presencia. ¡Ha sido un placer verte! Te llamaré para reunirnos alguna vez. — Y antes de irse volvió a darle un pequeño beso en los labios. Cuando se sentaron Rodrigo se dio cuenta de que Amanda estaba apagada, y que casi no lo miraba, como si algo le molestara. Comía de forma callada y sin emitir palabra alguna. Incluso le pareció que lo miraba de reojo. — ¿La comida está bien?— le preguntó— Porque si no es así, sólo hay que llamar al mozo. — Está deliciosa, no es necesario. — Entonces, ¿te sientes mal? ¿Deseas que te lleve a tu casa? — No, no, estoy bien. Siguieron comiendo silenciosamente durante unos minutos. No hacía falta ser adivino para notar que estaba incomoda. — ¿Se puede saber qué te pasa? — Nada, estoy bien. — No me digas eso, Amanda. Miro tu cara y es obvio que algo te molesta. — Tal vez, un poco. — ¡Ya, dime qué es! — Es que a veces quisiera que no fueras tan simpático con cada mujer que se te acerca. Pareces no darte cuenta de que puedes dar la impresión errónea. — ¿Yo doy una impresión errónea? — Si, pueden creer que gustas de ellas. ¡Por favor, Rodrigo! ¿Acaso no ves cómo te miran? — ¿A quién te refieres? — A tu arquitecta, la recepcionista, y a tu ex la que recién sólo le faltaba saltar a tus brazos, ni bien te vio. Y aún no he visto a cuántas otras que deben tener el mismo plan, pero puedo imaginarlas. — ¿De veras crees que están enamoradas de mí? — ¡Claro! Y tú para variar no dejas de hacerles sonrisitas. Rodrigo se sintió ajeno a semejantes observaciones. Siempre sonreía pero nunca pretendía nada más que ser agradable a los demás. Era algo natural para él. Intentó explicárselo de la mejor manera posible. — Trato con muchas mujeres todos los días. Muchas son empleadas, o colegas. No esperarás que te dé explicaciones sobre cada cosa que haga con ellas. — No, no pretendo eso. Sin embargo podrías no ser tan galante. He visto cómo las elogias y les dices cosas halagadoras. — Estoy relacionado con diversos equipos de trabajo. Si quiero ser un buen líder tengo que incentivar a mis colaboradores. Lo hago con todos por igual. Y dar un cumplido a una persona que es gentil conmigo, no tiene ninguna otra intención más que eso. Ser amable. Amanda sintió coraje por la forma tan gentil con la que trataba de alivianar algo que a ella le molestaba. Incluso cuando estaba explicándole algo conflictivo podría ser encantador, a un nivel que podía calificar de ridículo. — A veces pienso que crees que todas las personas son transparentes y abiertas, que no tienen segundas intenciones. Pero déjame decirte algo, ¡Te equivocas!— dijo ella enojada— Ser tan gentil en tu caso puede ser peligroso. Muchas mujeres al mirarte ven la oportunidad de algo más, ya sea por tu atractivo o por tu posición. — Por favor, Amanda. ¡No exageres! ¿Acaso crees que toda mujer con la que me relaciono va a estar tras de mí? — ¿Que todas te desean? ¡No lo sé! Pero al menos, muchas de ellas… — ¿Qué me dices de ti? Hace un rato en el despacho, te encontré con un individuo que prácticamente se babeaba mientras te miraba. ¡Acaso crees que me inmuté por eso! ¡Claro que no! ¡Yo confío en ti! — ¡Puede ser! ¡Pero no es lo mismo! Sabes muy bien que alguien como Cristian Pérez Lacroze es un sujeto que no se compara contigo. Jamás me fijaría en él. En cambio tu…— se frenó, no quería decirlo. — ¿En cambio yo, qué? — ¡No puedo decir lo mismo de ti! Rodrigo comprendió la causa de todo el problema. — ¡Amanda, te aseguro que no tengo ninguna intención romántica ni amorosa con ninguna otra mujer que no seas tú! — ¡Eso dices y suena genial! ¡Pero cuando me presentaste con tu “compañerita de estudios” no le dijiste exactamente quién era! — ¿Te molesta que no le haya hablado de nosotros? ¿Cómo le explicarías a alguien “esta es mi pareja, de la que me acabo de divorciar pero con la que estamos en vías de reconciliación siempre y cuando le demuestre en dos semanas que debemos estar juntos”? Perdóname que no se me ocurriera como explicarlo en una frase corta, a alguien que no he visto en años y cuya opinión no me importa. — Lo peor de lo que dijo es que tenía razón, y no podía refutar su lógica. Sin embargo, Amanda ya estaba sumida en un sentimiento de irracionalidad, que le impedía dar el brazo a torcer. — ¿Sabes? ¡Para alguien que siempre tiene algo que decir, es curioso cómo callas en algunas ocasiones!— después se puso de pie y tomó su cartera— Ya no tengo hambre, ¡me voy!— dijo tras lo cual le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta. — Amanda, no te vayas. ¡Déjame llevarte hasta el departamento! — No, gracias. ¡Quiero estar sola!— respondió tras lo cual caminó hasta alejarse de su vista. De repente Rodrigo también había perdido el apetito. Y el resto del día las cosas no funcionaron muy bien para él. La mitad del tiempo estuvo distraído, pensando en Amanda y en cómo mejorar las cosas con ella. Definitivamente, tenía que hacer algo al respecto.
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