14. Finalmente te conozco

1306 Palabras
Las próximas semanas, la casa de Schmidt fue una total soledad. El invierno había comenzado, la nieve cubría las calles, las carreteras, las casas. Bruno se había enfermado, y Ana lidiaba con la responsabilidad de su sobrino. —Tiene mucha fiebre—dijo, al tocar su cabeza caliente—. Dios mío... —Mamá—susurró el niño entre los quejidos. —Soy Ana cariño, estoy aquí. Bruno asintió triste —Voy a colocarte paños de agua en la cabeza ¿vale? El niño asintió mirando el techo. Se encogió cuando el agua tocó su piel hirviente. Arthur entró a la habitación con la gabardina verde larga que lo protegía del tiempo invernadero —¿Cómo sigue? —Igual, con fiebre. —Bruno...—dijo Arthur sentándose a su lado. —¡Hola padre! —Hola hijo, todo va a estar bien... —No te vayas papá, quédate conmigo—dijo Bruno suplicante. Era hora de que Arthur volviera a Auschwitz, el diablo, cabello de angel, y Mengele lo esperaban Bufó. —Bruno... yo... —Arthur...—suplicó Ana. Suspiró. —Vere que puedo hacer. No te aseguro nada, pero haré lo posible para quedarme. El chico sonrió. —¿Greta vendrá a verme?—solto. Ana y Arthur se quedaron mirando. —Cariño, Greta... ella... no... —Por favor papá, quiero verla, dile que me siento mal y que quisiera despedirme de ella. Quiero mostrarle lo que aprendí del piano, por favor padre, por favor—hizo puchero. Arthur no se pudo resistir a la petición de su hijo que ahora permanecía en cama. La verdad, también quería verla, últimamente, había pensado demasiado en ella. —Le diré que te vengas a ver ¿bien? Bruno sonrió. —Bien. El capitán le dió un beso en la frente a su hijo y salió de la habitación, con los pensamientos puestos en Greta. Con la sensación de los besos que se habían dado. Mi amor permanece intacto. Cerró los ojos frotándose el rostro, era consciente de que Bruno y Ana la extrañaban, además, quería agradecerle, darle el dinero de los días que trabajó y despedirse cordialmente, quizás, le plantaría otro beso como un adiós definitivo. Salió de la casa directo hacia el restaurante donde la vió por primera vez tocando el piano. Arthur lo supo cuando vió el instrumento vacío, supo que la quiso cuando ejecutaba la música. Consultó sobre ella, le pareció extraño que nadie tuviera información acerca de su vida. Ni la dirección, ni nada, se le hizo extraño. Condujo hasta el campamento donde se sentó en su oficina a leer unas miles correspondidas de Auschwitz, tenía que ir, pero no podía dejar a Bruno así, no, así no, tenía que cumplir su promesa y quedarse otros días con él, por lo menos, hasta que se mejore. Tocan la puerta... —¡Adelante! Ronald le hace reverencia al capitán Schmidt. Una parte de él está feliz porque irá a Auschwitz y verá al diablo. —Capitan... enviarán judíos para la construcciones que quiere hacer en su casa. Arthur suspiró indicándole que tomara asiento. Así lo hizo Ronald, el sentarse en esa silla le daba miedo, porque allí interrogaban, se tomaba la decisión de ejecutar. —Bien, muy bien. Te irás a Auschwitz con el general, ellos sabrán que hacer con el diablo. Ronald se estremeció. —Con todo respeto capitán, ¿usted no regresará a Auschwitz? Se removió del asiento. —Me temo que no, hay algunos asuntos que debo resolver primero. Que Arthur se quedara era muy malo para Ronald, y para algún escape de algún judío. —Entiendo... —Una pregunta más... —Si capitán... —¿Que investigaste sobre Greta Meyer? Ronald se inquietó. Porque sí había investigado, y temía decirle a Arthur lo que sabía. Tembló... no quería decirle que Greta Meyer era una anciana muerta, sospechaba de que esa Greta a la que Arthur había mandado a investigar significaba algo para él. Por eso... se había tomado atribuciones de preguntarle a Ana, en el restaurante y algunos que la conocían. Se había tomado la molestia de aguardar en el restaurante hasta que un día la vió y la siguió a la residencia. Sospechaba que Greta Meyer había tomando la identidad para sobrevivir. Sí Arthur supiera que es judía, no dudaría en matarla. Carraspeó. —Es viuda, tiene un hermano muerto, familia muerta, pero ha desaparecido... —¿Cómo que ha desaparecido? —Es como si la tierra berlinesa se la tragara. Nadie sabe dónde se hospeda —Me sorprende tú ineficacia en una investigación tan simple como está. Por soldados como tú podemos hasta perder la guerra. Ronald se irguió. —Me disculpo capitán, mi intención no es ser ineficaz al contrario, quiero tenerlo feliz. —Entonces, ¿que estás haciendo que no me tienes contento? —Los asuntos del estado no paran señor, todos estos días nos tienen de aquí para allá y de allá para acá El capitán bufó. —Es verdad. Necesito tener esta información para mañana mismo ¿entiendo? —Entiendo señor —Necesito ubicarla, le prometí a mi hijo que la encontraría. —¿Es amiga de su hijo señor? Arthur lo miró mal Ronald se rió. —Estoy haciendo muchas preguntas. —Tienes hasta mañana o si no alguien no irá a Auschwitz, es una orden, haz tú puto trabajo bien—gritó furioso. El hombre sintió como una araña le recorrió la espina dorsal y se alivio casi de inmediato cuando tocaron la puerta. —¿¡Quien!?—gritó desde su asiento. Por algo le decían la pesadilla. Arthur Schmidt podía ser la espina en el culo si se le antojaba. —Señor. Lo mandan a buscar el señor Himmler y otros... —¡Ya voy carajo!—se alzó de la silla. Ronald hizo lo mismo—, lárgate de mi presencia hasta que te rompa el culo. Ronald salió de la oficina en una reverencia. El capitán miró al otro soldado con intriga. —Ven acá muchacho. El muchacho temblando se acercó a él. —¿Cómo es tú nombre? —Anthony señor. —¿Eres nuevo? El chico titubeó —Si señor. —Bueno, ya tienes tú primera misión. Sonrió y Arthur con una postura de suficiencia lo miró con cautela. —¿Cuál es señor? —Investigar a una dama. Se llama Greta Meyer. Todo lo que sepas de ella muchacho. Si haces bien tú trabajo, te recomensaré. ¿Entendiste? —Si señor. —Retirate El muchacho hizo su saludo de reverencia y se fue. Arthur quedó con la intriga acerca de Ronald y sobre Greta. —¿Quien eres Greta? ******** Greta se encontraba acostada en su cama cuando tocaron a su puerta, con ojos cansados se levantó como pudo cuando la dueña de la habitación la esperaba. La señora Fisher era una anciana muy silenciosa que en pocas veces llamaba a su puerta, debía ser importante. —Señora Fisher. —Hay un caballero que la busca. Greta enarcó una ceja. —¿Un caballero? —Si. Greta al lado de la anciana bajó las escaleras y al abrir la puerta se encontró con un soldado de la SS, agradeció que no fuera Arthur, pero se sorprendió al ver al uniformado buscándola. —¿Greta Meyer?—consultó. Greta titubeó —¿Quien es? —Ronald, mamaser, solo Ronald—se presentó haciendo una reverencia militar—. ¿Puedo pasar? —No. —Le conviene hablar conmigo. —No lo creo. No se de que puede hablar alguien como usted con alguien como yo. A Ronald le brillaron los ojos. —De muchísimo mi queridísima dama. De hecho, su vida depende de esta conversación Greta vaciló, lo dejó entrar. Ronald sonrió con malicia. —Finalmente te conozco. ******* Nota: leo sus comentarios... un abrazo ?
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