Greta compartió una mirada con la dueña del lugar que sin perder de vista a Ronald tampoco tenía la confianza de dejar sola a la muchacha.
Ronald se percató la incomodidad que generaba entre las dos señoras que lo miraban con desconfianza.
—No hay otro sintió más privado para tener una plática de amigos.
Greta lo miró mal.
—No soy su amiga señor.
Sonrió mostrando todos sus dientes blancos.
—Por ahora...—miró a la dueña de la casa—. No querrá que desventile información importante delante de desconocidos. ¿Cierto?
Vaciló antes de responder.
—¿Informacion?
Ronald enarcó una ceja.
—Informacion que podría proporcionarle al capitán Schmidt si no está dispuesta a conversar.
—¡No confío en él!—soltó la anciana.
El hombre se rió como un lobo.
—Yo tampoco confío en ustedes señora—respondoó con tono burlón.
Greta analizó la palabra "información" con Capitán Schmidt y captó la señal de que esté la mandó a investigar. Sí Ronald estaba allí era porque sabía toda la verdad y estaba dispuesto a contarla. Un frío le recorrió todo el cuerpo, el verdadero terror se hizo presente en su rostro.
Estoy perdida.
—Hablaremos... ¿o nos quedaremos así todo el día?
Suspiró, no tenía opción. Hablar, persuadir era su única salida.
Le señaló las escaleras que conducía directo a la habitación.
—¡Greta!—se preocupó la anciana.
—Estaré bien—dijo, aunque por dentro se estaba muriendo de los nervios.
Ronald subió las escaleras con firmeza, escuchando el crujir de la madera con cada paso que efectuaba. Percibió la presencia de Greta a su espalda, que jugueteaba con las manos de manera descomedida.
Una mujer simple, pero bonita.
Una mujer judía que se hace pasar por alemana, interesante.
Se quedó esperando a que Greta abriera la puerta mientras que la anciana se quedó al pies de la escalera vigilando cada paso del militar.
La puerta rechinó cuando quedó de par en par. El SS ingresó visualizando lo denigrante de la habitación, lo fría, humedad que era.
—Acogedor...—dijo. No habían fotografías, ni nada especial ni lindo en ese lugar. Una habitación solitaria, triste.
Greta cerró la puerta tras él y se quedó pegada allí en caso de emergencia.
—¿Entonces?—se cruzó de brazos.
Ronald tomó asiento al borde de la cama cruzando las piernas.
Si el capitán supiera que estoy a sola con su adorada Greta, me liquidaría sin dudarlo.
—Bueno... comencemos está conversación con presentaciones. Me llamo Ronald, y usted
—Ya lo sabe...—dijo cortante.
—A puesto que no.
—Greta... Greta Meyer
Él se rió de medio lado con los ojos brillantes.
—Porque no nos quitamos las máscaras y me comienza a decir tú nombre... tú verdadero nombre
Se removió, las manos le cayeron a los lados con el miedo apropiándose de su cuerpo.
—¡¿Que?!
El militar se miró las uñas.
—Zara, Raquel, Safiye, Azucena, Esther, Adara... cuál es... porque estoy segurísimo mi bella dama que Greta fue el nombre que le robaste a alguien.
Oh no...
Greta sintió que se desmayaba...
No supo que decir.
Ronald se alzó con la sonrisa que caracterizaba a esos odiosos y arrogantes militares.
—¿Se le comieron la lengua los ratones?
—¿Cómo sabe eso?—apenas pudo pronunciar con las lágrimas al borde.
—¿Cómo lo sé?—se hizo el pensativo—. Supongo que el capitán Schmidt te mandó a investigar, sinceramente, está muy interesado en tí, en saber quién eres. Y a la verdad, yo también tengo muchísima curiosidad de saber ¿quien eres? ¿y cómo terminó enredándose con el capitán Schmidt?
Tembló, el corazón se le aceleró de manera impresionante, el aliento se le fue, el alma se le vino a los pies.
—Soy...—se lamió los labios, los tenía demasiado secos—. Soy la maestra de piano de su hijo
—Aaaaah... yaaaa...—dijo él, intrigado.
—Su hijo y su hermana me tienen cariño, eso es todo...
—¿Solo el hijo y la hermana?—se rió—. Me parece que él también.
Una lágrima se le escapó y a Ronald le rompió el corazón verla tan asustada, ya debería dejar de intimidarla y decirle las verdaderas intenciones de su visita.
—Greta o como te llames. El capitán Schmidt te está buscando como loco, no descansará hasta encontrarte y eso, sería peligroso para tí. No tengo intención de delatarte más bien, ayudarte.
La chica peló los ojos asombrada.
—¡¿Por qué?!
—Mis razones, me las reservo. Solo quiero ayudarte y sacarte de Berlín junto a otros judíos, que por obvias razones—le guiñó el ojos—. Me caen muy bien.
Silencio, uno raro.
—Le mentí al capitán Schmidt—continuó—. Pero es cuestión de tiempo para que se entere de la verdad. Por eso, debes irte cuánto antes al menos que quieras morir.
La angustia se apoderó de Greta. Sus manos le hormigueaba, las lágrimas se le escapaban solas.
—Por Yahweh, usted es un nazi, ¿cómo puedo confiar en usted?
—Buena pregunta...—se puso la mano en la barbilla recién afeitada—. Porque soy el único que puede liberarte del ojo de la pesadilla de los judíos. ¿Sabes por qué Arthur Schmidt pasó a ser un honorable capitán de la SS Greta, o por qué le dicen la pesadilla de los judios?
Negó con la cabeza.
—Yo te responderé: no perdona a los judíos, los odia a muerte. Y a aniquilado una cantidad impresionante. Es un hombre de corazón duro, difícil hasta de tratar y bueno es evidente que no le tengo buena estima. Es disciplinado, un sabueso, le gusta comprobar si lo que tienen frente a ellos es una presa o un depredador. No dudo que sospeche de tí, de que tenga la pura espina clavada en su mente de saber quien eres en realidad.
Greta se estremeció siendo presa del pánico absoluto.
—¿Sabes que pasará cuando te descubra?
Negó con la cabeza.
—Tambien responderé a eso: Te matará con sus propias manos, o te enviará a Auschwitz. Y Auschwitz es un infierno que no querrías vivir, te lo aseguro.
Ya la muchacha estaba lo suficiente asustada como para caer en las manos del nazi frente a ella.
—No sé que hacer... no fue mi intención ir a esa casa, solo necesitaba trabajo, y me comprometí y sí me iba de manera sospechosa me descubriría, nunca pensé que... que...
—¿Que le gustarás tanto al capitán? hasta yo estoy sorprendido, creí que ese cabron no tenía corazón.
—¿Cuando me ayudarás?—preguntó, angustiada
—Cuando regresé de Auschwitz.
—¿Cuánto será eso?
—Semanas, un mes... no sé exactamente.
Greta abrió los ojos despavorida.
—Mucho tiempo. Necesito salir cuánto antes.
—Lo sé... pero no es tan fácil niña. La Gestapo gobierna las calles, y yo necesito que lleguen seguros, sin complicaciones. Tengo un plan, una idea, solo que necesito la ayuda de un amigo.
—Dios... estoy perdida—dijo, sentándose al borde de cama.
—Aun no lo estás, yo creo que puedes sobrevivir hasta mi retorno.
—¿Como?—consultó en llanto.
Ronald se le quedó mirando.
—Seduciendolo, enamorándolo, haciéndolo feliz...
Los ojos de Greta se escandalizaron abriéndose de par en par.
—Ni loca dejaría que un nazi me toque.
—Bueno, ya esa es su elección. En Auschwitz, las mujeres tienen un dicho: cuando el hambre entra por la puerta, el pudor sale por la ventana. Usted no está pasando hambre, pero su vida depende de lo mucho que haga feliz al capitán, que lo distraiga hasta que desaparezca sin ningún motivo, sin razón. Le destrozaras el corazón, pero en el amor mi queridísima dama debemos aprender que no siempre somos correspondidos. Es mejor un amor ficticio manifiesto que ser ejecutada por la mala cabeza.
Greta dudó.
—No... no puedo... no sería capaz de... no... de solo pensarlo me da de todo. ¿Si no hago lo que me pides? ¿que pasará?
Ronald chasqueo la lengua.
—Me veré obligado a delatarte y personalmente conocerlas al capitán cómo lo que es: la pesadilla.
Se estremeció.
—¿Me mataría?
—Matarte sería sencillo para él. Jugaría contigo como si fuera dios, hasta que decida terminar con tú triste existencia.
—¿Jugaría?
—Tú entiendes, no es necesario que te diga las torturas que se aplican a los que no obedecen al Fhürer.
Tragó grueso.
—Si quieres vivir. Deberás hacer lo necesario para hacerlo, incluso, abrirle las piernas. Si quieres morir, continúa como está, es cuestión de horas que aparezca aquí, y vaya que te está buscando.
El terror gobernaba ya todo su cuerpo, sus emociones, mente, sentimientos. No podía pensar con claridad. El hecho de pensar que moriria de manera cruel le aterraba, al final, Greta no le tenía miedo a la muerte, si no en la forma que podía ocurrir esa muerte, si era dolorosa o no, eso la aterraba.
—Esta bien...—pronunció entre lágrimas—.Sobrevivirè.
—No te arrepentirás de esta decisión
—Eso espero...
Ronald fijó sus ojos grises en ella. Se veía vulnerable, confundida, llena de miedo, sintió lastima
Hubo silencio, solo el sollozo de la muchacha.
—¿Nos odias tanto?
Greta lo miró roja como un tomate.
—Mataron a mi familia.
Trago grueso, Ronald no sabía que decir.
—Todos hemos perdido algo en la guerra.
—¡Yo lo perdí todo! ahora mismo, estoy a punto de perder mi dignidad que es lo único que me queda
—¿De que te sirve tú dignidad si estás muerta? de nada.
Greta no respondió.
—¡Tengo miedo!
—No lo tengas, confía en tí misma.
—¿Confiar en mí? hace tiempo deje de hacerlo, solo sobrevivo en un mundo que nos odia.
Ronald bufó.
—Lo que ocurra de aquí en adelante depende de tí. Estaré en contacto contigo lo más que pueda.
—Estaré tranquila cuando salga de aquí.
—Saldrás... y saldrás viva.
Greta se removió, en cambio Ronald hizo una reverencia para marcharse, antes de abrir la puerta dijo:
—Seria lindo que fueras a ver al hijo del capitán, está muy enfermo.
Giró el pomo.
—Leah...—soltó
Se detuvo cuando abrió la puerta para seguir su camino
—¿¡Que!?
—Me llamo Leah.
Ronald sonrió con ternura.
—Sobrevive Leah, cuéntale al mundo acerca de esta maldita guerra.
Y así, Ronald se marchó.
Greta tenía otra opción, buscar la ayuda de Drako, de seguro, Drako la sacaría de allí, esa es la posibilidad.
Yahweh, ayúdame.
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