13. Te quiero Greta

3570 Palabras
El sol resplandecía, el cielo se encontraba de un azul sin nubes. Ana se le quedó mirando cuando pasaron unos aviones. Su vista se centró una vez más en Greta que seguía con el corazón desbocado en el suelo. Quería ayudarla, enserio Ana quería, pero... ¿cómo? Obligó sus piernas a moverse en dirección de la institutriz, vió de reojos a Bruno que estaba encogido tanto como ella a una distancia prudencial. De seguro, está asustado Fue lo primero que se le vino a la cabeza cuando decidió consolar a Greta. Vaciló, dudó, luego, se arrodilló para abrazarla, justo como lo hacía su madre antes de morir de tufus. Lloró en su hombro, y Ana cerró los ojos percibiendo la carga que la muchacha tenía en sus hombros aunque no sabía cuál era. Acarició su espalda con la suavidad del terciopelo sin mediar palabra alguna con ella. Aveces, las personas no necesitan se escuchaba si no más bien consoladas, aveces, no quieren hablar, solo llorar y que manía es la de preguntar con constancia: ¿que pasó? cuando quizás la persona no está dispuesta a todavía hablar. En ese afecto de abrazo duraron unos minutos hasta que Greta finalmente se calmó, en ese instante, se sentía derrotada, con n ganas de morir al igual que toda su familia, no tenía el ánimo de ponerse en pies, se fingir sonreír yde ser amable. Staba enojada, enojada con la vida, con Yahweh, con todo el mundo a su alrededor. Creyó pasar por el fuego cuando aniquilaron sin piedad a si hijo y esposo, sin embargo, allí estaba, en la casa de uno de los asesinos, abrazada a la hermana de ellos, dándole afecto al hijo de un demonio. Amar a los que te maldicen. Es difícil... es difícil amar a los que te hicieron daño, perdonar menos, Greta creyó nunca perdonar a ningún nazi, ni tomó por inocente a la familia que también apoyaba a loco de forma humana que decidió matar judíos. Levántate, no demuestre tú debilidad al enemigo. Greta miró los ojos verdes de Ana, que en cierta forma se veían consoladores, preocupados, llenos de ternuras, y Greta percibió la rabia hirviendo en cada flujo sanguíneo de su cuerpo. Se alzó de un solo golpe secando las lágrimas de las mejillas, los ojos los tenía hinchados, la nariz demasiado roja. —Greta... ¿estás bien?...—preguntó Ana impávida. —Estoy bien...—respondió eliminando todo rastro de llanto, aunque por dentro aún seguía lloviendo, echa pedazos. Ana parpadeó tratando de descifrar los pensamientos de la muchacha. —Yo... lo siento... ¿puedo ayudarte en algo? en lo que sea... Greta movió la cabeza en negación. —Nadie puede ayudarme, no te preocupes. Bruno se acercó con cautela, parecía un gatito asustado que va rumbo a que su amo lo acaricie. —¡Greta!... ¿estás bien?—consultó. La muchacha lo miró y al verlo no pudo guardar rencor contra ese niño inocente frente a sus ojos. Bruno no tenía la culpa de nacer en cuna aria al igual que su hijo que no tenía culpa de haber nacido judío y aún así, lo aniquilaron sin titubeó. Se mordió los labios para aguantar las ganas de llorar de nuevo, el dolor seguía como una llaga en el corazón que no se disponía a sanar. Ese vacío permanecería con su triste vida hasta la muerte. Ese era el rostro de la guerra. —Estoy...—se le quebró la voz. Carraspeó para que su voz permaneciera firme —. Estoy bien Bruno—le dió una sonrisa forzada y así el muchacho tuvo la confianza de acercarse para darle un abrazo. Ese abrazo la destruyó porque por más que quería odiar a los alemanes, no podía... no podía odiar a Bruno y mucho menos a Ana que solo trataba de ser una compañía en los momentos de soledad. Se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en la boca a medida que Bruno apretaba el agarre como si nunca quisiese soltarse. A Bruno le hacía falta algo... ese cariño de madre que tanto anhelaba y que nunca tuvo. Sonrió cuando se separó de Greta y Greta vió la sonrisa más hermosa del mundo en un rostro pequeño. —Quieres...—Ana carraspeó—. ¿Quieres acompañarnos al jardín? Asintió, de todas formas, necesitaba ganar tiempo para que ese soldado se marcharse. Caminaron al jardín. Bruno parloteaba buscando figuras en las nubes y Ana y Greta se reían de cada ocurrencia. Sus pantalones y camisa le quedaban un poco grande, Greta consideró en algún momento ajustarlo aunque no se lo dijo. Cuando vieron las flores marchitas a lo lejos, Bruno echó a correr como un animal que quiere ser salvado del cazador. Ana se echó a reír y Greta la compañó en esa risa que las hacía sentir cómoda. —Bruno la extraña...—comenzó a decir Ana. Greta frunció el ceño. —¿A quién? —A su madre...—la vista de ambas se centró en un Bruno que miraba las flores. La institutriz suspiró. —¿Cómo murió? —Murió en el parto... perdió mucha sangre y luego, no hubo nada que hacer. Fue una perdida terrible para Arthur. —¿La amaba? Ana ladeó la cabeza hacia atrás y se echó a reír con melancolía. —¿Que si la amaba? Esmeralda era su vida. Arthur nunca más volvió a ser el mismo después de su muerte. Nunca se volvió a enamorar, nunca buscó a alguien más. Se endureció como una roca al punto de que aveces pienso que no tiene sentimientos—suspiró agachando la mirada con tristeza—. Esos tiempos dónde mi hermano tenía tiempo para nosotros, dónde no vestía uniforme, dónde decía cuántos nos amabas, pareciera que fueran ayer—suspiró—. Aunque no lo creas, no siempre fue un maldito engreído con aire de superioridad. Había un tiempo donde era el hombre más tierno del mundo, supongo, que la guerra te cambia pero dentro de mí sé, que en algún lugar, muy dentro de él, sigue el Arthur que conozco al que amo con todo mi corazón. Greta se le quedó mirando en silencio, parecía que Ana estuviera hablando de dos personas distintas, porque de primera mano había conocido la maldad de los soldados. —Creo que toda hermana habla bien de su hermano—sonrió de medio lado, recordando a Uriah, su sonrisa, su fuerza, sus ganas de conocer al mundo, solo fueron sueño rotos. Ana se rió. —No todos los hermanos hablan bien del otro, yo solo certifico al mío porque lo conozco y sé en algún rincón de su corazón aún hay sentimientos. No tengas miedo. En su mente apareció el recuerdo de cuando ambos estaban en la cama y vió en la mirada de Arthur ternura, una corriente eléctrica la estremeció de pies a cabeza. —Se nota que amas a tú hermano. —Aunque avece me provoque dolor de cabeza, si, lo amo. —Yo también amaba mucho a mi hermano—soltó perdiendo en el recuerdo de un Uriah sonriente, de esa forma, siempre lo recordaba. Voy a conocer el mundo Leah, hay mucho que ver. Su voz retumbaba en su cabeza como un eco, le dolió en su corazón burlarse de los sueños de su hermano, porque ahora, si lo tuviera vivo y a su lado, lo apoyaría en lo absoluto. —¿Tienes un hermano?—Ana levantó una ceja curiosa. Greta despertó del recuerdo respirando hondo para así poder emitir sonido a las cuerdas vocales. —Si... se fue a conocer al mundo—esa última frase la dijo con un dolor profundo, siempre quería recordar a Uriah de ese modo, con ese brillo de viajar. Ana peló los ojos de admiración. —¿En plena guerra? La institutriz sonrió. —Asi es él, determinante, terco, sin límites. Es un alma libre, va a dónde el corazón lo lleve—Hreta percibió un brillo de emoción en los ojos de Ana. —Debes estar orgullosa de él. —Lo estoy... claro que lo estoy. La sonrisa de Greta fluctuó cuando las lágrimas estuvo apunto de asomarse a los ojos, sin embargo, las contuvo, no podía derrumbarse otra vez, su deber estaba en mantener la compostura a pesar del dolor. Bruno corrió hacia Ana señalando las flores. —Estamos en otoño Bruno, las flores nacerán en primavera—dijo su tía. El niño torció los labios. —En primavera debe ser hermoso ver este jardin—opinó Greta mirando las flores marchitas —Lo es...aunque Arthur quiere construir una capilla justo aquí—señaló un espacio vacío—. Y un muro. No tengo claro para que el muro, pero cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no hay nadie que se lo saque de la cabeza. —¿Capilla? ¿para que?—arrugó las cejas. Ana se encogió de hombros —No lo sé. Quizás, para redimir sus pecados. Greta soltó una carcajada sin quererlo. —Los pecados se redimen cuando adquirimos el perdón de la parte agraviada. No solo en una capilla—dijo con un bufido —A mi hermano le costará conseguir el perdón de muchos, me aterra eso. —¿Por qué? Ana miró a los lados. —Lo veo preocupado, pensativo, cuando inició la guerra, no era así, al contrario, era determinado, incluso, lleno hasta de odio. Ahorita, tiene reuniones extensas, y en cada reunión sale peor. La muchacha arrugó las cejas. —¿A qué te refieres? La chica miró a todos lados, asegurando de que nadie pueda oirlas —Algo grande se viene, no sé que es... pero... no es bueno para ellos porque conozco a mi hermano y aveces lo veo diambular por las noches pensativo. —¿Crees que la guerra va a llegar a su fin? Ana se encogió de hombros. —Croe que todo principio, tiene final. Me temo que pasará con mi hermano si la guerra llega a su final y no salen las cosas como ellos lo esperan. Greta se interesó aún más. —¿Crees que estamos perdiendo la guerra?—se atrevió a preguntar. —No lo se. Arthur es muy cuidadoso con la información que recibe, solo percibió sus gestos, a veces su miedo, y sé que para Berlín viene algo grande, malo... Tragó saliva, Greta se sintió esperanzada. —No te turbes, de seguro, tú hermano recibirá lo que se merece. Mi madre siempre me decía: todo lo que siembras en algún momento cosecharás. Ana se entristeció. —Me temo que Arthur no cosechará nada bueno si perdemos la guerra, en solo pensarlo que lo voy a perder o... no... no podría mantenerme de pie, Bruno y él es lo único que me queda Greta, por favor, reza para que Alemania sea victoriosa. Greta sonrió de medio lado, aunque rezar por un pueblo que fue perverso no era su intención. Si lo que Ana decía era verdad, entonces, el fin de la guerra llegaría muy pronto. Tenía que deciserlo a Drako, estaría muy feliz con esa noticia. —¡¡Tengo Hambre!!—se quejó Bruno moviendo las manos en forma circular en la barriga. —Entonces, vamos a comer... Se fueron a la cocina, y Greta en todo el trayecto rezó para que el teniente no estuviera allí. Sintió el alivio cuando el salón estaba solo, y Arthur encerrado en su despacho. Así que, comió con Ana y Bruno ensalada, arroz y pollo, algo muy distinto a lo que tuvo que comer en la mañana. Al rato, Ana se fue a la habitación y Bruno al cuarto de la música. Greta después de dejar los platos en su lugar y la empleada los lavara se fue a dónde se encontraba Bruno. Lo vió dormido en el sofá. Miró el piano y tuvo el hormigueo en las manos en ir a tocarlo, lo hizo, tocó con tristeza, dejando salir el dolor que estaba ocultando. Se dejó llevar por la improvisación, y ejecutó lo que su corazón le dictó. Recordó a su marido. Recordó a su bebé Recordó a sus padres. Recordó a Uriah. Recordó a las personas importante en la vida, a la familia que perdió tras iniciar la guerra, y se arrepintió de las veces en que no pudo decirle que los amaba, si retrocediera el tiempo, de seguro, abrazaría al esposo con todas sus fuerzas, le diría a la madre que sus postres eran muy ricos, y a su padre le daría las gracias por tanto esfuerzo, a su hermano, le huiese hablado, y no perdería en tiempo en estar enojada con él. Sin embargo, ellos solo existían en su memoría. Aplausos... Greta dejó de tocar y se volteó echa un mar de lágrimas. No, no es el momento. Allí estaba Arthur con los ojos más brillantes que nunca. —Fue hermoso lo que tocó—dijo. Se acercó, la madera crujió bajo los pies y cuando estuvo lo suficientemente cerca, tocó. Una melodía suave, dulce, de amor. También improvisado. Greta miró los dedos del capitán, en como se deslizaban en teclas blancas y negras formando acordes, y en la otra mano aspegeo. Se sorprendió al ver el nivel, era bueno. Incluso, mejor que el suyo. Se sintió atrapada, tentada a quedarse a escuchar la melodía, a copiar cada nota que hacía el capitán con los dedos. Aspiró el aroma del uniforme, a jabón con un perfume dulce, y en como la cercanía del cuerpo vigoroso la estremeció con sensaciones de fuego. —Lo bueno de improvisar: es que tocamos lo que sentimos; tú me haces sentir esto Greta—le susurró al oído, el aliento caliente provocó que el corazón se le descontrolara, y más al percibir su boca tan cerca de la suya—. Tú me haces sentir música. La respiración estaba fuera de sí, el pulso un desastre completo. Se alzó de la butaca cuando el capitán la tomó de la muñeca con una maniobra y la besó. La besó con pasión, con desesperación. Su agarre de afirmó en las caderas retrocediendo los pasos de la muchacha hasta atraparla en la pared. En ese instante, el capitán se entregó al beso, a los labios suaves de Greta, a las sensaciones que despertaban el cuerpo, y sobre todo, a los sentimientos manifestados, algo de alegría, ternura, deseo de tenerla así de cerca, amor. Se separó solo para poder respirar pegando la frente con la de Greta que tenía los ojos cerrados. —Dios... me fascinas, me gustas demasiado—la volvió a besar encontrándose con su lengua que danzaban como si se necesitaran. —Desde que Esmeralda murió, nunca volví a sentir esto...—dijo Arthur con las palabras cada vez más entre cortada—busco la boca de Greta y la encontró. Encajaban tan bien, como si fuese tallados a la medida. A Greta se le escapó una lágrima y Arthur con suavidad se la secó. —Dejame curarte Greta, déjame reconstruir tus piezas, y adorarte para toda la vida—la besó nuevamente, con intensidad, con locura—. Benjamín no está, ahora, solo estamos los dos en este presente. Otro beso largo, intenso. Greta lo empujó, le sorprendió escuchar el nombre de su esposo en los labios carnosos del capitán, eso la hizo sentir como una traidora, una adultera. —No vuelva a besarme capitán, o le juro... Él se acercó acariciando el rostro empapado. —¡¿Que me harás?! —Algo que no le gustará. —Es una pena que no me guste, porque yo quiero hacerte cosas que a tí te gusten. La muchacha se estremeció. Las alarmas de advertencias sonaron en su cabeza, debía salir de allí —Tengo que irme...—Arthur se interpuso en el camino. —Si por mi fuera, y si no tuviera esa falda tan larga, te tocaría sin pensarlo dos veces Greta se puso roja. —Atrevido... Arthur sonrió con suficiencia —Me encanta cuando te sonrojas. Me excita. Se acercó y Greta tuvo la necesidad de retroceder. —Sé mía Greta, déjame ser tuyo así sea por una vez—tropezó con la butaca del piano con el corazón a punto de darle otro infarto. Miró a Bruno que ronroneaba como un gato. —Capitan por favor, esto no es ético. —A la mierda la ética, la moral y las buenas costumbres. En estos momentos solo puedo pensar una cosas. Se acercó más. Greta lo miró. —¿En qué? —En todo el caos que tengo aquí a dentro—le tomó la mano y la guío directo al corazón que latía de manera frenética al igual que el suyo—. Me levanto, y pienso en tí, me acuesto, y mis pensamientos siguen puestos en tí. ¿Por qué? ¿por qué me torturas de esta manera tan cruel? —No es mi culpa, capitán ... —Acepto mi responsabilidad, lo que no acepto es que me evites, que finjas que duermes cuando sé que estás despierta, que te vayas cuando llego, que me niegues tús besos, eso es un sacrilegio. La vista del capitán cayó en los labios de Greta. Greta lo miró fijamente, asustada, como un corderito suplicante. —Librame de esta agonía mi musa, líbrame del caos que hay dentro de mí—los labios del capitán buscaron con urgencia los de Greta, que al encontrarlos saboreó su boca al igual que manjar. Posó las manos en cada mejilla para profundizar cada vez más el beso. Arthur se volvió loco de sentimientos cuando Greta le correspondió enredando los dedos en el pelo, consumiendo cada rincón de su boca. Sintió como la música se efectuaba al ritmo de sus besos, en como acordes se formaban en cada gemidos involuntarios que se escapan de ambos. Por un momento, Arthur sintió estar en el paraíso, en una burbuja donde solo existía con Greta. Regresó a la realidad cuando una Greta ansiosa, calurosa, se apartó de él. —No deberíamos hacer esto capitán, no es bueno para mí. —Reprimir el deseo es lo que no es bueno para ti, Greta... acéptalo. Me deseas tanto como yo a tí, mi musa. —No, se equivoca... no siento nada por usted. Arthur se rió con suficiencia. —Tú dices una cosa, tú cuerpo me demuestra otra. Greta trató de calmar la respiración agitada. —Es mejor dejar las cosas hasta aquí. Renuncio a este empleo—dijo. El capitán se estremeció del miedo del solo no verla más. Cuando la chica se volteó, Arthur la agarro de la muñeca. —Escuchame bien Greta, porque solo lo diré una vez, rogando a qué te quedes—su voz sonaba entre cortada, como si se le dificultara pronunciar palabras . —Suelteme...—trató de liberarse más no pudo, su agarre era más fuerte. —¡Te quiero!—soltó sin más... Greta lo miró sorprendida a los ojos, a unos ojos que suplicaban: Quédate conmigo —Lamento que sienta eso, capitán. Arthur arrugó las cejas decepcionado. —Tú... ¿no me quieres ni un poco? —Solo soy una maestra más de piano en esta casa. —Eso no responde mi pregunta—la atrajo hacia él—. Mírame a los ojos para que no puedas mentirme... Greta esquivo su mirada. —¡Mírame! Ambos se encontraron, y Greta se perdió en la dulzura que brotaban. —¿No me quieres ni un poco? —No—dijo sin remordimiento. El corazón de Arthur se comenzó a fragmentar. —¿No le deseas ni un poquito? —No—dijo esta vez titubeando. Algo dentro de Arthur se rompió. —Permiteme enamorarte, quererte, dame la oportunidad de entrar a tú corazón, en ser parte de tu vida Greta lo miró con los ojos aguados. La imagen de su familia penetró en su cabeza. —Amé solo a una persona, y nada, ni nadie ocupará su lugar. Nunca lo amaré capitán, y desde hoy se lo hago saber. No tengo ninguna intención con usted sentimental, entiéndalo por favor. Si me quiere como dice, me dejara ir, no obstaculizará mi camino, ni me buscará, porque nunca le corresponderè como usted quiere que le corresponda. —¿Si te tomó a la fuerza? Un sabor amargo atravesó la garganta de Greta —Puede hacerlo, incluso, ahorita mismo, solo que... lo odiarè por eso, y podrá tener mi cuerpo pero jamás, mi corazón. Arthur aflojó el agarre. —Nunca haría eso Greta, nunca lo hice, nunca lo haré. Quiero que te entregues a mi por tú propia cuenta. Seré una pesadilla para los que se cruzan en mí camino, pero contigo, solo soy yo... Arthur Schmidt... —No le interesa conocer a Arthur Schmidt, capitán. Sí me disculpa Greta abrió la puerta. —¡No te vayas, quédate!—se detuvo, se paralizó ante esa petición—. Tú esposo está muerto, no puedes seguir guardando luto. Ella lo fulminó con la mirada. —Mi amor por él permanece intacto. Con esas palabras se marchó. Se alejó de Arthur. Se alejó de la tentación. Se alejó de la muerte. Lo sentía por Bruno y Ana, pero nunca más regresaría a esa casa. Adiós Bruno, adiós Ana. ******** Notita: Dejen sus comentarios por favor. Los leooo... estoy gritando...
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