Lo peor para Greta no era que ahora se había enfermado de gripa, si no que, habitar bajo el mismo techo que un nazi. Y uno bastante feroz.
Cerró sus ojos con fuerza, le ardían demasiado, su nariz constantemente estaba de un rojo intenso y su semblante de muerto. Estornudaba a cada 5 segundos, además, de tener fiebre.
Ana cuidaba de ella, conversaban un rato, luego, la dejaba descansar. Bruno también iba con libros, cuentos y contándole de como practicaba en el piano. A Greta le gustaba conversar mucho con el niño porque consideraba que era muy solo para su edad, aunque esa vez no se rió de ninguno de sus cuentos, le dolía hasta esbozar una simple sonrisa.
Sin embargo, no le aterrorizaba Ana o Bruno, o cualquier sirviente de la casa, si no Arthur Schmidt que, por las noches ingresaba a su alcoba y por horas la observaba mientras Greta fingía dormir.
Sentia el peso de su mirada en el cuerpo, y su presencia intimidante en la sombra de la habitación. Esos días, Greta tembló de miedo puro, percibió el verdadero terror recorrer como una araña la espina dorsal. El hormigueo en sus manos se iniciaba pinchando su carne con severidad.
Lo sabe... sabe la verdad sobre mí.
El simple hecho de pensar eso le causaba ansiedad, y ganas de levantarse e ir a reclamarle a Darko por ese consejo tan fuera de órbita. Es obvio que debía marcharse lo más pronto posible, antes que el capitán de la SS la descubriera. Dios, de solo imaginarlo, se enfermaba aún más.
¿Cómo vine a caer en casa de un nazi? ¿como lo permití?
Si no fuese buscado trabajo, jamás hubiese llegado a esa casa. Si no hubiese conectado con Ana y aceptado, nunca estuviera en esa situación de peligro.
Yahweh, ayúdame a salir de allí ilesa.
Sí se iba a escondidas, Arthur sospecharía y la buscaría, quizás, ya estuviera muy lejos, o tal vez, la agarraría en el proceso que sería peor. Greta se sentía como las olas del mar, sin rumbo fijo, sin orientación, y no hay nada peor que estar sin dirección, es no encontrar un refugio.
Suspiró tosiendo. Había anochecido, llovía demasiado, el frío calaba cada parte de sus huesos entúmeciendolos. Se arropó lo más que pudo con la sábana de seda aunque la frialdad de la cama la abrumaba.
Apagó la luz, cerró sus ojos y vió luces de colores, risas, muchas.
Tenía un vestido blanco como la nieve que descendía en épocas de invierno. Su cabello suelto, su rostro sonriente, a su lado se encontraba Benjamín, su esposo, el que era su motor. Lo tomó de la mano con tanto amor que el corazón estaba a punto de desfallecer hasta que una sombra los separó.
Luego, más sombras, seguido, de rostros deformes, burlas, destrucción, lágrimas, gritos, sangre. Y el disparo en su estómago.
Gritó...
Gritó empapada en lágrimas, con el dolor en el estómago.
Gritó peleando con las sábanas, dando manotazos a las almohadas.
Gritó por el horror que la perseguirá todos los días de su vida.
Sintió en su camisón unas manos calidas, un aliento a cigarro, un pecho firme.
Se asustó, dió manotazos hasta que unos brazos la rodearon con suavidad dejándola inmóvil, solo en un llanto desolado que Yahweh entendía o al menos eso pensaba.
—¡Chiiii, tranquila, ya pasó!
Su voz fue un murmullo suave, su pecho una almohada para su cabeza.
—¡Tengo miedo!—sollozó entre lágrima, con su pecho subiendo y bajando, con el frío sucumbiendo sus extremidades.
—No, no tengas miedo. Aquí estoy, aquí estoy para protegerte.
Greta subió su mirada conectando con esos ojos verdes esmeraldas. Enredándose en la ternura que brotaban, y por primera vez, no le tuvo miedo al capitán, ni asco. Por primera vez la maldad se había disipado dejando a un hombre empático. Greta siempre había creído que los nazis eran personas chifladas, sin tuercas, locas, psicópatas sin empatía alguna, por eso, le sorprendió descubrir algo de sentimiento en Arthur y eso la hirió profundamente como mujer, porque Arthur no representaba a cualquier hombre, si no que daba honra a la r**a aria, menospreciaba a los judíos, mataba a los de su linaje, torturaba, cazaba...
Aunque Greta conciente de todas esas características no conseguía en dominar sus emociones al tenerlo cerca, ni mucho menos apaciguaba la piel que se le despertaba con solo tocarla.
Las manos ásperas del capitán acarició su rostro eliminando todo rastro de lágrimas. Aún seguía atrapada en la prisión de sus ojos, enredada en la telaraña de sus brazos, dormitada en el refugio de su corazón. Pidió sus labios con urgencia, cuando la mirada cayó en la boca del capitán.
En esos labios carnosos rojizos, en ese aroma dulzón, en su respiración densa que se mezclaban como si fueran uno. Greta pudo escuchar los ritmos acelerados del corazón del hombre que estaba frente a ella, al que maldijo y anhelo mil veces su muerte, de hecho, odiaba y soñaba con la caída de cada uno de esos nazis que habían destruido su vida.
Sin embargo, el destino, la casualidad o el mismísimo Yahweh se lo presentó en ese restauran, la llevó a esa casa y ahora, ambos estaban en una misma cama, con un anuncio al invierno, con un ardor en el corazón, con un fuego en la piel.
Los labios del capitán estaban a punto de capturar los suyos cuando estornudó.
Agachó la cabeza tosiendo frenéticamente, sentía como si se le hubiese atorado algo en la garganta que no la dejaba ni siquiera respirar.
Arthur la abrazó, la golpeó con suavidad en la espalda al igual que un bebé que necesita la ayuda de sus padres con manotazos ligeros para expulsar los gases del cuerpo.
Trató de regularizar su respiración, al final cuando lo logró, sus ojos estaban totalmente hundidos en lágrimas, con ojeras parecidas a la de un mapache. Arthur percibió una sensación extraña en su pecho, una mezcla de dolor que no supo entender. El capitán Schmidt había visto el rostro del dolor y él había sido una especie de verdugo para trasmitir el dolor, a su vez, el canal para llevar a la muerte a muchas personas por medio de esa sensación extraña.
Se paralizó, las manos del capitán se volvieron frías cuando acostó a Greta al igual que lo hacía anteriormente con su hermana, en una época donde solo era un chico inocente sin culpa, ni vergüenza, ni pesadillas de una guerra.
Le asustó experimentar dolor porque significaba solo una cosa: su final, su destrucción, su debilidad. Y para un soldado entrenado, debilidad es sinónimo de derrota.
Arthur Schmidt se despidió de la cama de Greta con un beso en la frente y la vió parpadear, cerrar los ojos, abrirlos de nuevo, hasta dormirse.
Salió de la habitación preocupado, con la sensación extraña galopando en su pecho, con el corazon agitado y sobretodo su mente en ella, pensaba mucho en Greta.
Se acostó con los sentimientos a flor de piel, parecía un Adolescente, un primerizo en las enredadas del gusto.
****
Greta en la mañana estaba mejor, igual no dejaba de toser y de estar con su garganta ronca. No había ido al restaurante a trabajar, de seguro, estarán preocupados, y la señora del cuarto, por dios, debía reportarse por lo menos decir que se encontraba viva. Se vistió con una camisa blanca de botones y una falda verde, su semblante había mejorado.
No tengas miedo.
Cerró los ojos cuando pensó en esa cercanía y se repudió así misma.
Es un asesino, un vil nazis mata judíos.
Suspiro profundo, su mente parecía una brújula que la guiaba a pensar en Arthur, en sus ojos, en sus labios, en ese beso que se dieron, en los brazos fuertes, en ese pecho.
No, no, no,... es el enemigo... mente controlarte, enfócate de salir de aquí con vida.
Bajó las escaleras al salir de la habitación cuando Ana la vió.
—¡Te ves mejor!—sonrió. Ana lucia hermosa. Con un vestido azul eléctrico, elegante y su pelo en dos trenzas y guantes.
—Voy mejorando.
—Lamento haberte contagiado—bajó las escaleras con calma, sin borrar la sonrisa de sus labios.
—No te preocupes, ya estoy bien—tosió una y otra vez.
Ana se le quedó mirando con culpabilidad.
—¿Desayunamos?
—Bueno, pues... yo quisiera irme a mi casa.
—No con el estómago vacío Greta, ven a comer con nosotros, la mesa está servida—Ana la jaló del brazo conduciendo sus pasos hacia el comedor donde Arthur Schmidt y Bruno aguardaban en una conversación muy baja.
—¡Tia... Greta!—se emocionó el niño
—Tu te sientas aquí—dijo Ana, obligándola a estar al lado de Arthur que la miraba divertido.
Oh Yahweh, pasa de mí está copa.
Ana se sentó en la mesa echándole un vistazo a los dos. Había una sonrisa de satisfacción en el rostro angelical de la muchacha, y el de Bruno de alegría, en cambio el de Arthur, diversión y el de Greta vergüenza, se había sonrojado por completo.
—Mande a preparar una comida especial, un postre que me lo recomendó un querido amigo—sonrió Arthur con diversión.
Ana arrugó las cejas al ver que servían filete de cerdo con una salsa en ciruelas y un vaso de leche de bebida.
—Que rico...—musitó Ana
—Una delicia...—opinó el capitán
Greta peló los ojos apenas vió el alimento animal mezclado con lácteos, estaba prohibido para los judíos comer cerdo, además, de mezclado con la leche era una sacrilegio.
Dudó en tomar los cubiertos, comer cerdo era consumir un animal inmundo prohibido por la Toráh.
No consumirás animales inmundos
Parpadeó desconcertada, a punto de llorar, si no lo consumía, El capitán Schmidt sospecharía.
—¿No te gustó señorita música?—dijo con algo de burla en su voz.
Greta respiró hondo tragándose las lágrimas.
—Gracias capitán—dijo con una voz cortada.
Cortó la carne en trozos, la llevo a la boca y la comió con culpa. Arthur la observó comer con una sonrisa en los labios pendiente, de cada bocado.
Greta lo odió en ese momento.
—Greta quiere irse—rompió el silencio Ana.
—¿Irse?, ¿a dónde?—curveó sus labios el capitán curioso.
Suspiró Greta antes de hablar.
—Creo que es tiempo de volver a mi casa capitán. Estuve mucho tiempo allí, en el restaurante deben estar preocupados y mis amigos también. Gracias por su hospitalidad—miró a Ana—. Gracias Anita.
La muchacha sonrió.
—De ninguna manera, primero debes recuperarte completamente—se lamió los labios—. Tú salud es primero.
—Comprendo capitán... pero... debo avisar que estoy bien.
—Si estás en mi casa, estarás bien. Al menos que... alguien te espere en casa.
Greta se estremeció, cambio de postura.
—Un amigo intimo, un novio, un esposo...—dijo con despreocupación.
El sonrojo de la muchacha era evidente, todos en la mesa la miraban con curiosidad y total atencion. En ese momento, se dió cuenta lo sola que estaba, y si Arthur Schmidt la asesinaba, nadie se daría cuenta.
—Nadie me espera capitán...
—Eso me alegra, se entristecería mi alma si usted estuviera comprometida señorita música.
—A Greta se le murió su esposo, y sus padres, ¿te había contado?—se rascó el pelo Ana paseando su vista entre su hermano y Greta.
Arthur se echó hacia atrás del asiento.
—Interesante...no me habías dicho—mintió, su hermana se lo dijo el primer día en que vió a Greta trabajar para su casa. Se tocó la barbilla con suficiencia y una sonrisa burlona—. ¿Cómo murió su esposo?
oh no... oh no...
La chica estuvo al borde de un infarto cuando la conversación en la mesa se centró en ella. Sintió su corazón desfallecer y su mente se quedó en blanco ante semejante pregunta.
Lo mataste hijo de puta, ordenaste su ejecución.
Abrió la boca para tomar aire aunque su corazón no colaboraba para nada en algo tan simple como la calma.
Tragó saliva, se sentía mareada...
—E- eh... murió en... en...—no se le ocurría nada—. En...—Arthur tamborileo los dedos, presionando sus pensamientos —, enfermo—soltó.
—¿Ah si?—levantó una ceja—. ¿Que enfermedad?
Greta tenía los ojos muy abiertos.
—Eh...tufu...
Arthur se le quedó mirando con suma atencion como si analizara cada una de sus respuestas.
—Oh, lo siento. Nuestros padres también murieron de tufu. Desafortunadamente, los médicos no pudieron hacer nada. Te entiendo—se compadeció Ana.
El capitán seguía muy serio, sin apartar la vista de Greta, en silencio.
Greta sabía que la observaba, que analizaba sus respuestas, estaba asustada, necesitaba un respiro, irse lejos, de seguro, apenas saliera de esa casa, se iría al nunca jamás, lejos del capitán Schmidt y de los nazis.
—¡Capitán!, lamento interrumpir—dijo la empleada de la casa. Greta agradeció su interrupción. Tosió un par de veces—. El teniente Müller lo espera en el salón.
La mirada de Arthur cayó en Greta con tanta seriedad que la piel se le puso de gallina.
—Con permiso—se alzó del asiento, caminando hacia la sala.
Greta escuchó la voz del teniente Müller, esa voz grave, la misma voz que dijo: siempre es un placer matar judíos.
Era esa voz, la de esa noche que asesinaron a su familia. La chica se levantó de un salto acercándose a la orilla de la pared que dejaba al descubierto una parte de la sala, lo suficiente como para que Greta reconociera al teniente Müller.
Disparo...
Gritos...
Le faltó la respiracion, comenzó a toser de forma frenética. Ana se alzó preocupada sobando su espalda.
—¿Estás bien? ¿quieres leche?
Negó con desesperación.
Necesitaba salir de allí con urgencia, había corrido con la suerte de que Schmidt no la reconociera, pero estaba segura que el teniente Müller si lo haría, porque de su mano, murió su esposo y su hijo por orden del capitán Arthur.
Las lágrimas salieron sin parar, Ana seguía confundía, Bruno igual. Ambos se miraban a los ojos sin entender el porque Greta se derrumbaba como una casa sobre la arena.
—G-Gree-ta—trató de pronunciar Bruno atónito.
—Greta... ¿Que pasa?
—Necesito aire por favor Ana, sácame de aqui—sus ojos eran una súplica.
—Pero Greta...
—Por favor, llévame afuera... por favor—imploró con la voz entre cortada.
Ana sin entender la sacó de la cocina. Vió a una Greta correr, y Bruno y ella se echaron tras ella hasta que se arrodilló y lloró con una fuerza imparable.
Greta Meyer se encontraba en el césped de rodillas desbordada por el llanto.
En ese momento, Ana quiso saber... comenzó a sospechar de Greta...
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Notita: Dejen sus comentarios por fi, eso me anima a seguir escribiendo.