Madrid 1

2749 Palabras
El clima fresco de la ciudad Madrileña la recibió con los brazos abiertos en un ambiente realmente hermoso, la luz del sol iluminando todo a su paso luego de largas horas encerrada dentro de un avión le sentó de maravilla, Raeliana le vio potencial, no podía desaprovechar su oportunidad. Un taxi la dejó en un hotel que figuraba entre los mejores de la ciudad, previamente había recibido un mensaje por parte de su padre aclarando que ella no iba a hospedarse en cualquier lugar con una mala fama, por eso movió sus contactos para hacer todas sus reservaciones. Lo cual iba a ser un problema debido a que ella quería ocultar su verdadera identidad, incluyendo antecedentes. En Madrid solamente era Raeliana, una chica como cualquier otra, con virtudes y defectos. No la hija de un importante hombre de negocios que podría destruirte la vida si te metías con ella y a la cual solo buscaban empresarios interesados en llegar hasta su padre o heredar parte de su fortuna. — ¿Quiere un guía turístico, señorita Russo? — Raeliana negó con la cabeza, un guía solo controlaría sus pasos. Necesitaba arreglárselas para andar sola, era la única manera de conocer al futuro amor de su vida. Además, si la recepcionista la trataba con un tono de voz así de dócil era porque ya se había corrido la voz de quién era. Solamente tomó un folleto con el mapa de la ciudad integrado, sería suficiente. — ¿A dónde debería ir primero? — Había un servicio de Taxis en la entrada del hotel, pero aun no decidía entre tantos puntos de interés. El que le tocaba tenía cara de pocos amigos, ni siquiera respondió su pregunta como turista. — Creo que debería ir a un parque, son los mejores lugares para conocer hombres ¿No lo cree, señor? — ¿Me ves cara de ir a parques para conocer hombres? — Contestó mientras fruncía el ceño. — Andando, niña. — Cielos, espero que el resto de las personas aquí no sean iguales a él. — Se subió al taxi de mala gana. Durante todo el camino estuvo escuchando el sonido molesto de su radio recibiendo las noticias de último minuto, como si aquel hombre tratara de decirle que no por ser una ciudad bonita debía creer que estaba libre de maldad en las calles. No supo por cuánto tiempo estuvo conduciendo, el camino le pareció interminable pero el automóvil se detuvo justo cuando iba a preguntar hacia dónde se dirigían, él la miró como si fuera obvio. — Es un parque, niña. Uno de los mejores, ahora vete, marca al hotel si necesitas un taxi que venga a recogerte. Los alrededores de la entrada principal estaban enrejados, a simple vista a Raeliana no le pareció un parque, tal vez una excursión por alguna mansión histórica. — Parque el capricho. — Leyó el cartel justo en la entrada. — Así es, señorita. Aunque lleva ‘’Parque’’ como nombre se trata de un jardín artístico cuyo origen se remonta a finales del siglo XVIII, cuando los Duques de Osuna decidieron construir una residencia en las entonces afueras de Madrid. — La voz que la tomó desprevenida hizo que se sobresaltara, el chico tras ella también se asustó. — Lo siento, no debí haberle llegado de esa forma. Mi nombre es Julián y soy un guía turístico de este parque. Raeliana examinó la mano que buscaba estrechar la suya y sonrió, se trataba de un hombre amigable con cabello corto y de cuerpo delgado, era considerablemente más alto con ella, probablemente rondaba entre los veintidós y veintitrés años de edad. — Raeliana, mucho gusto. — Él sonrió de vuelta y aunque no pensaba aceptar a un guía desde el principio creyó que sería conveniente esta vez, no había más nadie a los alrededores, lo que indicaba que el recorrido sería solamente para ellos dos. — Soy turista, no conozco nada sobre este parque ¿Crees que puedas ayudarme entonces? — ¡Por supuesto! Será un placer. — La manera tan rápida en que aceptó le dio a entender a Raeliana que ya había caído ante sus encantos femeninos. — Puedes unirte a nuestro grupo para hacer el recorrido. — Sí, por sup… Espera ¿Grupo? Julián asintió. — Todos están adentro esperando ¿Por qué no vamos yendo? Fue en ese preciso momento en que se arrepintió de haber aceptado un guía, además de ellos dos había otras quince personas de pie y cinco niños correteando por todos lados, Julián lideraba el grupo mientras Raeliana iba como sardina en lata en medio de la muchedumbre que la empujaban de un lado a otro. Y lo peor era ver que él ni siquiera volteaba a mirarla. Eran las diez de la mañana de un sábado, Raeliana podía disfrutar del frescor en el ambiente del parque mientras caminaba. Una linda plaza la recibió en la antesala de la entrada, de elegante forja blanca. — Esta es la plaza de toros. — Explicó Julián. — Se trató de una iniciativa de la IX Duquesa de Osuna, en la que a lo largo del tiempo llegaron a celebrarse algunos festejos. Aún se conserva bastante bien hasta la época, pese a que se ha olvidado con el paso del tiempo. Desde el umbral Raeliana apreció a una pareja de jovencísimos recién casados posando para una fotografía romántica, durante un par de minutos sintió envidia por ellos, ella misma podría encontrarse en esa situación, contemplando su luna de miel con el hombre al que creía amar. Algunos árboles formaban túneles naturales, dejando pasar la luz y entrelazándose por encima de todos. A cierta distancia le pareció ver una casita bastante antigua que parecía ser sacada de algún cuento fantasioso, había personas mirando en su interior y, aunque Raeliana también quería acercarse estaba atada a seguir al grupo. — María Josefa Pimentel, duquesa de Osuna fue una de las damas más importantes de la nobleza de su época. — Escuchar a Julián decir aquello solo significaba que estaba a punto de hablar sobre la historia del lugar — En 1783 compró un terreno en las afueras de Madrid para construir una finca de recreo. Un año después, el arquitecto de la corte, Pablo Boutelou, expuso un proyecto inicial para el jardín. Empezó a construirse en 1787, terminándose finalmente 52 años más tarde, en 1839. La duquesa falleció sin ver completamente concluido el recinto, en 1834. Encargó el diseño de los jardines al arquitecto Jean-Baptiste Mulot, proveniente de la corte francesa. La duquesa ordenó construir estanques, que conectaban el canal principal que recorre el parque con el salón de baile, que es donde se llevaban a cabo las fiestas que daba. Se levanta sobre un pequeño manantial, del que se surtía de agua el resto del parque. Además, hizo plantar miles de ejemplares por todo el lugar de su flor favorita, la lila. — Demonios, no tengo toda la vida para escuchar su discurso sacado de Internet. Luego lo googlearé — Trató de abrirse paso entre las personas siguiendo la visita guiada, teniendo que empujarlos para poder salir y ser libre. Desde ese momento decidió continuar con su recorrido ella sola. Su caminata empezó por un amplio camino lleno de cuidadísimas zonas verdes. Llegando hasta donde habían dos figuras de mármol ubicadas bastante arriba por encima de una columna, dándose la espalda como si estuvieran enfrentadas, pareciendo algún tipo de homenaje. Alrededor de Raeliana había parejas tomadas de la mano mientras disfrutaban del recorrido, algunas con hijos caminando junto a ellos y tomándose fotos en todas partes. Pensando en lo triste y amarga que estaba resultando su caminata en medio de tantas parejas enamoradas por un momento creyó que sería mejor para ella regresar. — Vaya — No puedo evitar el sentirse asombrada cuando se topó con enormes paredes silvestres que casi duplicaban su tamaño. Se trataba de un laberinto, veía cómo las personas entraban y salían con una facilidad absoluta. La curiosidad se apoderó de su cuerpo por un momento  sus pies se movieron solos por el interior. Al principio solo fue por curiosidad, quería ver cómo se veían por dentro las paredes de laurel. Luego se rió cuando se topaba con callejones sin salida. Pero supo que estaba en grandes problemas cuando de alguna manera llegó al centro del laberinto y ya no sabía cómo devolverse. Si iba a la izquierda, no tenía salida. Si iba a la derecha, tampoco. — ¡Esto fue una pésima idea! — Miró con desconsuelo los alrededores, además de ella no había ningún adulto, probablemente porque no estaban tan locos como para entrar si no sabían cómo regresar. Raeliana buscó calmarse, su celular no funcionaba en ese momento, saltar tampoco la hacía elevarse por encima del laberinto y si trepaba las delicadas paredes de laurel su peso las destruiría y terminaría pagando el cuádruple del dinero que tenía y pararía en prisión por dañar un monumento histórico de un país al que no pertenecía siquiera. Justo cuando estaba a punto de echarse a llorar sobre el suelo alguien que se le había adelantado atrajo su atención, cuando se percató había una niña pequeña llegando hasta donde estaba ella. Tenía una cabellera ondulada que le llegaba hasta los hombros gracias a las dos coletas de caballo que tenía puestas, también llevaba un vestido rosa pastel sucio de lodo y desde lejos notó un raspón en su rodilla. Raeliana en seguida se acercó a ella, calculando que su edad debía rondar entre los ocho y diez años de edad. — ¿Estás bien, nena? ¿Qué te pasó? — Mi papá no me dejaba entrar sola, y me escapé — Su llanto se hacía mucho más grande conforme hablaba. — P-pero me perdí y me resbalé y ahora me duele la rodilla y mi vestido favorito está sucio. — Ven, te ayudaré con tu rodilla. — La invitó a sentarse, al menos ella cargaba con una pequeña mochila con agua que usó para lavar su herida y una vendita con que la cubrió. — Pero la próxima vez debes hacerle caso a tu papá ¿De acuerdo? Si yo no hubiera estado aquí seguramente no pudieras encontrar la manera de salir. — ¿Eso quiere decir que sabes cómo salir de aquí? Raeliana enmudeció por un momento. — Esa no es la cuestión aquí, el punto es que las niñas buenas deben hacerle caso a sus padres. — Genial, ahora había quedado una niña a su cargo. — Por cierto ¿Cómo te llamas? — Mi nombre es Emilia. — Yo me llamo Raeliana, mucho gusto, Emilia. Un escalofrío recorriéndole la espalda hizo que volteara la mirada, era la sensación punzante e inminente de que alguien la estaba viendo en un punto ciego del lugar, la simple suposición de quién podría ser hizo que temblara en su sitio. Pero la niña tirando de ella la sacó de sus pensamientos. — ¡Raeliana, son girasoles! — ¿Girasoles? — No había tal cosa cuando ella cruzó el laberinto, pensó que podría tratarse de una broma por parte de su nueva compañera, pero no, definitivamente había un girasol en la entrada al camino. — Pero si hace cinco minutos allí no había nada ¿De dónde han salido? Emilia tomaba su mano cuando se acercaron, los girasoles se miraban entre ellos y no estaban colocados al azar, al contrario, estaban ordenados en una posición conveniente, casi como si estuvieran indicándoles la salida. — Hay que seguirlos. — Propuso Emilia. Y aunque sonaba como una idea alocada decidió hacerle caso. — Estoy cansada. — Escuchó que le dijo Emilia, deteniéndose por quinta vez consecutiva en un lapso de tiempo inferior a diez minutos. — Ya hemos descansado cinco veces, deberíamos seguir un poco más. — La niña terca frente a sus ojos se rehusó a seguir caminando, Raeliana no sabía qué hacer, solamente quería salir de ahí, no podía dejarla sola. — ¿Qué te parece ir en mi espalda? Ella aceptó sin pensarlo dos veces. Daba curiosidad el hecho de que hasta el momento no se habían topado con caminos sin salida, cuando creía que estaba a punto de perderse encontraba el siguiente girasol indicándole el camino. — ¿Por qué tu acento es tan raro? — Escuchó que le preguntó Emilia sobre su espalda. — Porque no soy de aquí, estoy de visita. — No me gusta, cámbialo. — Su petición hizo que se arrepintiera de haberle ofrecido ayuda, incluso de llevarla sobre su espalda cuando no pesaba plumas. — ¿Por qué viniste sola? Te ves como una mujer mayor ¿Acaso estás soltera? ¿Es por eso que viniste sola? De nuevo, se arrepintió de dejar el grupo de turismo desde un principio. — Estoy soltera porque no necesito de un hombre para ser feliz, quise venir a conocerme a mí misma y expandir mis horizontes. — ¿De qué clase de libro de autoayuda sacaste esa frase tan chafa? Raeliana solamente suspiró, escuchante preguntas invasivamente incómodas durante casi todo el camino hasta la salida. No se percató de cuánto tiempo pasó para que viera la luz al final del túnel, el color de las hojas de laurel ya había comenzado a marearla, tantos caminos iguales. De no haber sido por el misterioso camino de girasoles probablemente estaría atascada en un callejón sin salida hasta quien sabe cuánto tiempo. En todo el camino no vio a nadie más, tal vez era una persona tímida que no quería ser recibir halagos y se escondió para dejar que ella pasara con la niña que dormía profundamente en su espalda. Era una pena, quería agradecer por su ayuda. — ¡Emilia! — El grito de un hombre que corrió hacia ellas llamó su atención, se trataba de un caballero, poco más alto con una cabellera hermosa y cuerpo bien formado, la preocupación en su rostro bordeando al pánico le hizo saber lo preocupado que estaba por su hija. En seguida Raeliana le regresó a la niña, él la cargó como a un bebé entre sus bien torneados brazos. — De verdad, muchísimas gracias ¿Cómo podría pagar tu ayuda? Era una pena que hombres casados estaban fuera de su liga. — No necesita hacerlo, de pura casualidad estaba ahí y la ayudé a salir, se había caído antes y por eso la cargué, pero terminó durmiéndose. — Cosa que agradecía porque ya no la soportaba, Raeliana sonrió. — Bueno, se me ha hecho tarde, tengo que volver a mi hotel. — ¿Eres una turista? ¡Qué vergüenza! Por mi descuido no has podido completar tu recorrido, no solamente soy el peor padre ¡También la peor persona del mundo! — En ese momento en todo lo que ella pensaba era en lo contradictorias que eran su personalidad y su físico. — Por favor, déjame recompensarte de algún modo ¿Qué tal si yo mismo te enseño la ciudad? — ¿Qué hay de su esposa? Seguramente no le gustará que le dé un recorrido a otra mujer. — Negó, no quería que una mujer celosa usara su cabello para trapear el piso. Por alguna razón se arrepintió de haber dicho aquello, tal vez cuando vio la mueca triste que estaba haciendo aquel hombre increíblemente guapo. — Mi esposa murió hace dos años, nuestra hija es nuestro tesoro más preciado. — Se mostró algo apenado por ser tan intenso desde el principio. — Y tú la salvaste, a decir verdad intenté entrar al laberinto pero me perdí y no encontré a nadie que pudiera llamar para pedir ayuda cerca, por eso me desesperé tanto, ella podía estar en cualquier sitio allí, sola. Por favor, te llevaré a comer ¿Si? En ese punto empezó a titubear, podía notar a sinceridad en sus ojos de cachorrito triste, estaba esperando que ella le diera la respuesta que esperaba oír. Al final terminó mostrando una boba sonrisa — Está bien, iré contigo. Él se emocionó de inmediato. — La pasaremos increíble, de verdad. — Le mostró una linda sonrisa amigable. — Por cierto, mi nombre es Emilio. — Yo soy Raeliana, mucho gusto. Tal vez ese era el inicio de la historia de amor que tanto estaba deseando.   Detalles del capítulo: 1. No imiten a Raeliana, no es bueno alejarse del guía turístico si no conocen el lugar. 2. Según mis investigaciones en la vida real actual el laberinto dentro del parque está cerrado al público debido a que sus paredes alcanzan los tres metros [No sé si será la altura correcta hoy en día, pero es la que estoy usando] y los encargados se dieron cuenta de que pasaban demasiado tiempo sacando a gente que se perdía allí, por lo que decidieron cerrarlo. Pero es un detalle que he omitido. 3. Es obvio que Raeliana no habla el idioma de la gran mayoría de países a los que irá, sin embargo ni ustedes ni yo queremos activar el modo traductor de google, por lo que lo colocaré en español, pero ya se debe deducir que el idioma que hablará es el propio de cada sitio.
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