Capítulo 29 De Simón en su adultez

1423 Palabras
“¡Hola! ¿Cómo amaneciste?” Fue el mensaje que le llegó, proveniente de Alana. Lo dejó desconcertado, no creyó que le volvería a hablar hasta el jueves, pero estaba feliz por ello. Quizás no estaba jugando con el después de todo. “Hola Alana, estoy bien, en el trabajo. ¿Tú como estas?” Decidió contestarle rápidamente, pero ella no hizo lo mismo, esperó por lo menos diez minutos hasta que el teléfono volvió a sonar. “Me alegro que estés bien, yo estoy por almorzar con mis papás que vinieron de visita” Simón recordaba vagamente a los padres de Alana, por lo que le pareció curioso, pero presentía que algo andaba mal. “Genial, espero se encuentren bien. Yo almorzaré con mi compañero de casa, Gael, como siempre” Contestó Simón, con un nudo en el estómago, tenía un mal presentimiento. Trataba de olvidarse de eso y seguir en su trabajo. La chica le contestaba después de bastante tiempo, pero seguramente era porque estaba ocupada. “Si, los extraño mucho. Mi hermana también, bah, aun no la conoces. ¿Gael, el de la escuela?” A Simón le pareció estúpido jamas haberle contado sobre su amigo, pero al parecer lo había dejado pasar. “El mismo, ya nos vamos a juntar todos” Le respondió, un tanto a secas, por la tensión que sentía en su cuerpo. Algo estaba afectándolo, de repente, la nostalgia lo había invadido. Jamas le había pasado algo así, el sentimiento era increíblemente fuerte. La chica no respondió hasta después de una hora. “Simón, no quiero meterme en tus asuntos…” No siguió leyendo, en su mente creyó que la chica se había enterado de todas las cosas que había hecho en el pasado, lo de las drogas, las peleas, etc. No quería seguir leyendo, eso repercutiría en que su corazón se partiese. Pensaba que eso tarde o temprano pasaría, seguramente sus padres le habrían contado sobre los rumores que siempre corrían sobre él. El nudo apretaba más, trasladándose al interior de su pecho. “Lo que sucede es que mi mamá me contó…” Ver más, sería su sentencia final, la última palabra. Creía que todo se terminaría y hasta ahí había llegado la historia entre ellos. Quedaría sepultada en el desamor y el abandono, y el continuaría su vida tal como venía haciendo, durmiendo su mente con el ejercicio extremo y la cerveza de vez en cuando. ¿Qué tendría que perder? Se preguntó, ¿Por qué no seguía leyendo? La respuesta era simple, tenía miedo. Se sintió el peor de los cobardes, agazapado como un gatito en su escritorio, sin mirar su computadora. Un impulso valiente, para dispersar la cobardía, afrontar los hechos como un hombre. “Tu madre está internada, dicen que está muy grave. Ya sé que no soy quien para andar contando ese tipo de cosas, pero quería decirte que estoy contigo y espero se mejore, quiero que sepas que cuentas conmigo. Pensé que no querías decirme para que no te juzgará, pero te apoyo mucho.” Simón acababa de leer el mensaje, cuando comenzó a experimentar una sensación muy extraña, que nunca había sentido en carne propia. El nudo seguía allí, la imagen de su madre era confusa en su cabeza, la imagen de Alana, aún más. Las náuseas subieron hasta su cuello, y estuvo a punto de vomitar en el suelo, pero llegó corriendo hasta el tocador. Su jefe estaba allí y al verlo en tales condiciones, lo dejó ir a su casa. Caminó solo hasta su hogar, con calma para no marearse, el vómito que expulsó en el baño lo había dejado completamente débil. Llegó con sus dificultades, pero una vez en su casa, se recostó en su cama, a esperar que su amigo llegase del trabajo para no estar solo. Sentía miedo en su corazón, y los recuerdos lo atormentaban, memorias difusas. En específico, el recuerdo que tenía de su madre en un parque, que siempre venía a su mente. Ella le decía que lo amaba, mientras jugaban al veo veo. Su tía le decía continuamente que su madre siempre estuvo enferma, pero él sabía que no era cierto, en el fondo. Los recuerdos de su niñez antes que su madre se perdiera dentro de sí misma, estaban latentes aun en él. Se cuestionaba que le había pasado, quizás sus tíos no quisieron avisarle para no preocuparlo, pero les envió mensaje a ambos para preguntarles. Su madre se hallaba mal, eso era seguro, pese a que la información se desvirtúa conforme corre, seguramente era verdad que estaba hospitalizada y debía de ser grave. ¿Qué fue lo último que le dijo antes de irse? No podía hacer memoria, hacia tanto que no le hablaba. Desde que era pequeño, quizás, incluso, antes de que cayera en la enfermedad. Luego de eso, ella no volvió a hablar con él, ni siquiera un día, y cada vez que él quería hablarle, ella gritaba y maldecía, o se auto flagelaba, en ocasiones incluso rompía las cosas que tuviera a su alrededor. Trajo a su mente los ojos siempre enrojecidos de su madre, tan alejados de este mundo, quebrados, y su corazón dio otro vuelco, se sentía tan mal. Se cubrió la cabeza con la almohada para que la luz no le provocara dolor de cabeza, y la humedeció con algunas lágrimas que se le escaparon. Aun nadie le respondía los mensajes, el silencio perturbador afilaba la tensión de su cuarto. Le agradeció a Alana por la información, y también por ofrecerle su ayuda. Le pareció que era una especie de ángel que había aparecido en su vida, quizá en el mejor momento. Otro recuerdo aterrador invadió su mente, los ojos del psiquiatra de su madre, que en cierta época también fue el suyo, cuando la depresión post operatoria lo atrapó. Lo odiaba, no sabía porque, pero lo odiaba con toda su alma. Era algo irracional en él, desconocía si su desprecio nacía por el hecho de que ese hombre también era su psiquiatra y en su peor momento, lo cargó de drogas que lo dejaron maltrecho, sin poder pensar demasiado y en exceso cansado. Fue cuando pensaba en eso, que se hizo una pregunta curiosa, ¿Cómo hacía su madre para aguantar tantos medicamentos por todo ese tiempo? Si el, no había aguantado ni un mes. Se compadeció de que su madre no hubiera tenido otra opción. Su tía le decía que no había otras formas, la locura de su madre ya llegaba tan lejos como la muerte misma y no había retorno. Sin embargo, su madre a veces solía pasar horas rondando su habitación, como una sombra, y eso lo aterraba, en especial cuando era niño. No se explicaba el porqué de esa conducta, pero su tía siempre le explicaba que todo se debía a su enfermedad. El teléfono sonó para anunciar el mensaje de Tatiana. “Hola sobrino querido. ¿Cómo has estado? Espero que estés alimentándote bien, no nos has enviado fotos y te extrañamos mucho. ¿Es que tienes demasiado trabajo? Seguro que sí, eres tan trabajador. Bueno cariño, aquí Alan te envía saludos.” Ni una sola palabra acerca de su madre, pero no fue una sorpresa para Simón. La mayoría de la gente hacía como si Ali no existiese, él lo justificaba creyendo que esto era porque su comportamiento agresivo agotaba a todo su entorno. Ni una palabra, no sabía nada más que lo que Alana le contó, resolvió insistir. “Hola de nuevo, tía. Estoy bien. ¿Ustedes cómo están? Vuelvo a preguntarte, es que me llego la información de que mi mamá está hospitalizada.” El silencio insoportable le colmaba la paciencia, luego, otro mensaje llegó. “Bien querido, estamos bien. Alan se fracturó el brazo hace unas semanas, pero no fue nada grave, quédate tranquilo. Sabes que los vecinos me contaron que su hija vive en el mismo sitio que tú. ¿No te parece curioso?” Nuevamente, nada sobre su madre. Simón comenzó a sospechar que algo andaba mal, tomó su móvil y llamo por teléfono al número de su tío. Sin evasivas, le contestó que estaba internada por una leve fractura en el brazo, cosa que le pareció extraña, porque fue eso lo que su tía le dijo que le había pasado justamente a él. Cuando siguió indagando, notó a su tío nervioso, y por momentos la historia no coincidía. Tenía todas las cartas sobre la mesa. Allí sucedía algo, y debía decidir qué hacer al respecto.
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