Su hermana, Paloma, caminaba en círculos notablemente fastidiada por la decisión que tuvo que tomar de forma repentina. Alana sabía que no quería conocer a nadie, y mucho menos a un “candidato” que le presentasen sus padres. Sus métodos ultra conservadores y antiguos eran molestos para ella, que pensó que todo esto quedaría atrás al mudarse tan lejos. Había tenido que dejar a un lado su postura de vida para cubrir a su hermana menor, y ciertamente se preguntaba hasta donde llegaría todo.
Alana, volcó en Paloma invariablemente toda su confianza, sus secretos y ambiciones, fue su confidente y lo seguiría siendo siempre. Cuando le relató todo lo ocurrido con Simón Paviano, el chico que vivía en su misma ciudad y al que había encontrado al otro lado del mundo, vio que su hermana sentía su felicidad como si fuera suya, porque realmente la amaba y verla feliz, la hacía feliz por consecuencia.
Para su buena fortuna, ambas habían dormido bien, pese a las noticias de que sus padres pronto vendrían. Alana se levantó primero para preparar el desayuno, quería sorprender a su hermana de alguna forma, por todo lo que había hecho por ella. Se resolvió por hacer huevos revueltos, cappuccino y, por último, paso por la pastelería de al lado para comprar pastel de merengue, el favorito de Paloma. La mesa estaba servida y se veía de maravilla, con las tazas de café humeantes y el olor del chocolate inundaba todo el comedor.
—Oh, creí que soñaba que estaba en una cafetería y por eso sentía ese aroma. —dijo Paloma, cuando entró al comedor, recién levantada, con el cabello rubio revuelto.
—No te ilusiones, sabes que no se preparar el cappuccino perfectamente, pero hice mi mejor esfuerzo.
Se sentaron a platicar mientras comían, por momentos, Simón era el tema principal.
—Uf chica, ¿Estas completamente segura de querer meterte en ese lio? — preguntó Paloma, arqueando una ceja.
—¿A qué te refieres? —replicó Alana, desconcertada.
—Bueno… Es que esas personas, no son tan convencionales… Quiero decir, ¿Qué harás cuando conozcas a su familia?
—No se Paloma, es muy pronto para ese tipo de cosas, ya te pareces a mamá. —bromeó, mientras tomaba un sorbo largo de su taza.
—Demonios, es cierto. —Paloma suspiró. —Ojalá los rumores no sean del todo ciertos. Después de todo, mira todo lo que decían en esa ciudad de ti, y nada era verdad.
—Si… Pero la madre de Simón, es otro caso. Tu recuerdas ¿Verdad? La hemos visto… —Alana tomo una porción de huevos. —Acuérdate de la vez que salió a gritarnos y amenazarnos con la escoba entre las manos. Gritaba palabras incomprensibles, sus ojos estaban desorbitados. Y la vez que esperó fuera de la escuela en primer año, cuando se quedó dormida en la entrada y no quería despertar.
—Claro que lo recuerdo, también me acuerdo que mamá decía que a Simón no lo mandaron a la escuela hasta que tuvo unos ocho años. Casi que los sancionan. —Paloma titubeó por unos minutos. —Quizá él no quería ir. Pobrecito, ¿Cómo habrá sido para él, su complicada infancia?
—Eso creo yo también, ha de haber sido difícil… No le he preguntado nada sobre eso, pero él tampoco dice algo sobre su familia. Sigue siendo el chico rebelde y despreocupado, pero ya no es el conflictivo que se mete en pleitos y termina golpeado, supongo. —Alana bajó la vista. —Es diferente a todos los chicos que he conocido.
—El amor, el amor. —dijo Paloma entre risas. —¿Qué me queda a mí? Espero que ese Aarón no sea un cretino.
—Lo siento tanto. —contestó Alana, también riendo. —Al menos dale una oportunidad, sino, lo mandas al diablo.
—Uf, lo que más me preocupa son las expectativas de mamá y papá. Ojalá no crean que me casare al instante de conocerlo.
—No creo que sean tan dementes. Tampoco creo que acepten a Simón algún día, pero algo se me ocurrirá.
—Es cierto, es complicado todo este asunto… —Paloma hizo una pausa, para levantarse de la silla. —Bueno, me voy a cambiar, falta poco para que lleguen.
—Debes arreglarte, aunque hoy no conozcas a Aarón… Mejor dicho, mañana, en la cita, ve lo más fea que puedas.
—Buen plan, pero ahora tienes que cambiarte así limpiamos un poco, seguro llegan a almorzar.
—¿Cuál será el menú que vamos a hacer? — Alana también pensaba, una buena opción para que sus padres estuvieran de buenas.
—Algo con pollo, ya lo puse a descongelar ayer. Puede ser al horno con papas.
Paloma se retiró a su cuarto, y Alana hizo lo mismo. Alana terminó antes, porque se vistió de forma sencilla, pero su hermana siempre pasaba más horas maquillándose. Como llegó primera al comedor nuevamente, se dispuso a pelar las papas para dejarlas listas y marinadas con especias, para adelantar el trabajo. Se había tomado el día y su jefa le dio autorización, después de todo sus padres no la visitaban a menudo y tenía días a favor trabajados que le debían. Un día de descanso, al fin y al cabo, era algo relajante.
Pensó en como estarían sus padres, más grandes cada año, con canas en el cabello, el paso del tiempo era inevitable. A veces se entristecía al no poder visitarlos con la frecuencia que querría, verlos envejecer y acompañarlos, pero ellos no querían verla sufrir en aquella ciudad donde habían pasado tantas cosas malas. Pese a su forma de ser conservadora y estricta, amaban a sus hijas y ellas los amaban de igual forma, y se extrañaban recíprocamente. Por lo cual, dejando de lado al candidato, estaban contentas de que llegaran de visita.
Al oír el timbre, fueron corriendo a abrirles la puerta. Allí estaban ambos, con sus valijas, de pie esperando para abrazar a sus hijas.
—¿Cómo va todo, chicas? —preguntó su madre cuando estuvieron sentados, más tranquilos.
—En mi trabajo, genial, voy muy bien. —contestó la hija menor, sirviendo té.
—A mí también me está yendo bien, gracias a Dios el clima está siendo más amable que de costumbre. —agregó Paloma. —Díganme, ¿Cómo esta nuestro viejo pueblo?
—Oh no le digas así, siempre ha parecido un pueblo, pero es una ciudad. Ahora es más grande, siempre crece cada año. Muchos negocios están abriendo… Pero la gente sigue siendo la misma, al menos, los mismos vecinos. —decía la madre, entusiasmada con ponerse al día con sus hijas.
—Bueno, bueno, ¿Quieren decirme como es que mis hijas cada día se parecen más? —preguntó el padre, sonriendo, buscando similitudes entre ambas.
—La vejez, papá. —dijo Alana riendo, pensando en cuanto había cambiado.
—Tonterías, huelo a pastel, y espero que no se lo hayan terminado. —acotó el padre, entre risas.
—Hay tanto que contarles, han pasado tantas cosas, incluso cosas tristes. Verán, ¿saben que Ileana está embarazada? Ya tiene unos meses, se la ve muy contenta. Después, Jorge, el amigo de su padre, se fue a vivir a Corea del Sur ¿Pueden creerlo? —La madre relataba las últimas novedades de la ciudad, todos escuchaban atentos, ya que como sus padres no se comunicaban mucho por los medios tecnológicos actuales, todas estas eran noticias que desconocían. —Hace unos días, la vecina se descompensó y está hospitalizada, dicen que no le queda mucho tiempo, claro que se trata de la mujer desequilibrada y nadie sabe bien que ocurrió. Pobre mujer, ojalá que se encuentre bien.
Esto último dejó a Alana boquiabierta, se preguntó si Simón lo sabría e inmediatamente y con disimulo, busco su teléfono y le escribió, para preguntarle como estaba, con delicadeza por un asunto de tal dimensión. No preguntaría nada de forma muy directa, tampoco quería parecer una persona chismosa, pero su madre le había contado esto sin ningún tipo de maldad. Alana se preguntaba qué dirían sus padres cuando les contara de Simón, su enamorado, las reacciones podían ser infinitas e impredecibles.