Capítulo 27 De Simón en su niñez (Parte III)

1864 Palabras
La joven había escuchado las suplicas de su madre, y el trataba de prestar la mayor atención que fuera posible. No comprendía muchas de las palabras que decían, pero intentaba ayudar haciendo silencio. Ali comenzaba a desesperarse ante la incomodidad de su antigua amiga, era evidente que no comprendía la magnitud de la situación. —Es que aun no entiendo Ali, ¿Cómo puedo yo ayudar? —preguntó, con las manos sobre la cabeza. —Sofía solo debes darme una mano, déjame quedarme aquí o donde sea, yo tengo dinero en mi cuenta bancaria solo que me han privado de mis tarjetas. —Ali sollozó, escondiendo su rostro. —No pueden quedarse aquí, no puedo tener problemas… Es un tema serio amiga. —Sofía frunció el ceño. —Simón, ve a buscar galletas en la despensa. El niño obedeció, dejándolas a solas. —Tu sabes bien todo lo que ha ocurrido Ali, es imposible esto que me planteas. Imagino que tu situación debe ser difícil, pero quieres que crea tu historia, y para mí eso es peligroso. Es un niño, muy pequeño… —suspiró, rodando los ojos. —Después de todo lo acontecido… —Ya lo sé, no te estoy pidiendo que me creas, yo no pretendo que nadie lo haga, porque nadie ni siquiera lo ha intentado. —La voz de Ali se quebraba. —Tengo derecho a una vida digna, Sofía, una en la que pueda tener una mínima conciencia, no sabes lo que es no poder levantarte por las mañanas cada día por esas condenadas pastillas. Entre tantas otras cosas. Joder, es peor que estar muerta. —Las lágrimas se le escapaban. —Pero es que eso es lo correcto chica, lo receta el medico a cargo, o tu familia, quien sabe. Pero es lo correcto y por tu bien. —Sofía hablaba muy pausadamente, pero se la notaba incomoda. —No es lo que crees, he tenido que sacar fuerzas de donde ni siquiera creí tenerlas. Ya no podía ni pensar. No lo hizo ningún médico a cargo, no me han dejado ver a nadie. —Otro sollozo la quebró. —No es lo que parece, por favor tienes que creerme. —Sus ojos añoraban la piedad. —Ali… —Sofía titubeó, el niño estaba de vuelta, con las galletas en la mano. —Ayuda a mi mamá, yo quiero estar con ella por favor. —Simón esbozó su mejor sonrisa, y le tendió la mano a la chica, ofreciéndole una galleta. —Bueno, déjenme ver qué es lo que puedo hacer por ustedes. —Sofía sonrió, algo apenada, conmovida por el chico. Su amiga, que antes había sido tan unida a ella, estaba pidiéndole ayuda porque era la única opción que tenía, y ella lo comprendía bien. Sofía se retiró al piso de arriba, por unos minutos, dejando a los dos abrazados, acurrucados en un sillón. —Te amo hijo querido, jamas lo olvides. Mírame Elefante, te amo. —Los ojos de Ali, enrojecidos, delataban su amor incondicional de madre. —Pero mami, no pasará nada, todo saldrá bien. —Le contesto su hijo, mientras engullía otra galleta. —Lose mi amor, pero quiero decírtelo de todas formas. —dijo al tiempo en que lo abrazaba. El apoyo su cabeza en sus hombros por unos momentos. Ella decidió que ese momento sería guardado en lo más profundo de su memoria, ese abrazo sería eterno. El living se sentía impasible, frío. La situación estaba tan complicada, que a la joven le costaba mantener sus fuerzas y ánimos. Pero debía hacerlo, por el bien de su pequeño. Quizás Sofía la apoyaría, podrían quedarse en su casa y luego planear mejor todo. Ella podría comunicarla con algún abogado de confianza, que tomaría el caso, la ayudaría a recuperar su dinero y a su hijo para siempre. Podría darle la vida que siempre quiso ofrecerle, pese a que todo dependía de su antigua amiga, a la cual no la veía completamente convencida. No tenían fe en ella, lo notaba en cada mirada, nadie nunca la tenía, solo su hijo creía en su palabra y era lo único que necesitaba. La lucha sería difícil, pero si perseveraba lo lograría. Los sucesos que la marcaron no habían quedado atrás, y lo recordaba todo, pero la claridad se esfumaría si le incorporaban a su cuerpo más drogas como las que le habían suministrado. No aguantaría más, sería su última chispa de lucidez. Se sentiría incluso más ultrajada que antes, cuando su vida pareció terminarse aquel terrible día. Miró a su hijo para tranquilizarse, era la perfecta fusión de su madre y su padre, tan parecido a ella en su carácter. No quería pensar en su hermana y su cuñado, a quienes había llegado a odiar con todo su ser, por el enojo ante su manera de actuar con ella. Todos la habían traicionado. —Ali, escúchame. —El tono de voz de Sofía no indicaba nada bueno. —No te enfades conmigo por favor. —Aquello fue la sentencia, Ali no logró recomponerse. —No me digas. —El llanto la poseyó y se desconsoló abandonada. —No pudiste hacerlo. —Lo siento Ali, es por el bien de ambos. Tati viene en camino, por favor escúchala, no te harán nada malo. El tratamiento estará suministrado por un doctor, dijo que antes no habían podido costearlo y por ello recurrieron a los conocimientos de Alan… —Sofía la miró a los ojos, con cierta culpa, pero en su mente creía que hacía lo correcto. Ali no respondió nada, solo lloraba desconsoladamente, gritando al aire que esto no podía estar sucediendo. Su hijo intentaba tranquilizarla, no podía dimensionar lo que ocurría. —Ali, iré a visitarlos cada semana para ver que estés bien. Por favor, entra en razón. No quiero perjudicarte. Tu hermana comprendió todo cuando la llame, sabes que ella es una buena persona. La muchacha, con su hijo en brazos, se encontraba completamente desolada. Trataba de imaginar un desenlace positivo, pero su mente ya se estaba nublando. Sofía los observaba de pie, reflexionando si habría hecho lo correcto. Simón también comenzó a llorar, por la desesperación que le producía toda la situación. Escondía su rostro en su madre, no quería separarse de ella. Ali no quería soltarlo ni por un segundo, no lograría verlo lejos de ella, estando tan cerca, como ya había ocurrido. El timbre los inmovilizó a todos, y Sofía, dudando en si abrir la puerta o no, caminó hacia ella. Ali ya no razonaba, solo sollozaba al lado de su hijo. —¡Ali! Cariño. —Tatiana entró rápidamente, mirando a su hermana con su característica compostura. —Sofía, ¿Cómo has estado? —Hola Tatiana, ¿Solo vienes tú? Creí… —Aquí estamos, disculpen. —Alan interrumpió, detrás suyo venía el médico. Pero no se alcanzaba a verlo. —Hola. Pasen. —Dijo Sofía, a secas, incomoda. Ali no pudo contener su rabia al ver al médico, aquel rostro tan siniestro, el causante de toda su miseria. Fue demasiado para ella, Andrés estaba allí, parado y sonriendo. Sofía también lo conocía, y sabía un poco de todo lo que había pasado. Fue en aquel momento, cuando se percató de que quizá su amiga decía la verdad, y la culpa la devoró. En sus ojos se veía el miedo al haber jalado el peor de los gatillos. —Bueno Simoncito, nos vamos ahora. ¿No te aburriste? —preguntó Tatiana. Queriendo tomar del brazo a su sobrino, con una sonrisa. Llevaba puesta una blusa negra holgada, que hacía que su rostro se tornase severo. —No quiero, me quedo con mi mamá. —Simón sollozó y se aferró al sillón con fuerza. Era demasiado tarde, Ali ya se había arrojado contra Andrés. —¡No me separaran de mi hijo! —gritó, golpeándolo con ambas manos. —Uf, linda, sí que te han sentado mal los años. —Andrés la miró con cierto desprecio, sin tomarle importancia a los golpes. Alan sujetó a su cuñada por la espalda, inmovilizándola. —¡Los odio a todos! —gritó Ali, con sus últimas fuerzas, mordió el brazo de Alan para liberarse, cayendo sobre Sofía. Con un golpe, quebró la nariz de la chica. —¡Dios mío, está loca! —exclamó Alan. —Esa siempre es su forma de actuar, no debería sorprenderle a nadie. —dijo Tatiana, mientras forcejeaba con su sobrino. —Te dije que nos vamos ya. —¡No me voy! —gritó el niño, al tiempo en que mordía a su tía en el brazo, tal como su madre. —Joder, doctor, necesitamos que tranquilice al niño y a la madre lo antes posible. —dijo Alan, con severidad. —¡No se te ocurra mal nacido! Dejen a mi hijo, por favor… —Ali sollozaba sin parar, su voz afónica suplicaba, ordenaba y al mismo tiempo maldecía. El niño comenzó a repartir patadas a todo aquel que se le acercaba, con una furia impresionante. La madre, también se defendía y repartía golpes. Tatiana observaba el panorama horrorizada, pero por sobre todo indignada ante el comportamiento de su hermana, pensando que derecho tenía para llevarse al niño, su sobrino, que ahora le pertenecía a ella. —Basta, por el amor de Dios, hermana. ¿No te avergüenza ser así? —Pero ya nadie la oía, entre el tumulto de tantos gritos y caos. Dolorida, maldecía el comportamiento del niño. Alan se agarraba el brazo herido, mientras le gritaba órdenes a Andrés. Ali quería llegar hasta donde estaba su pequeño, pero parecía como si un abismo los separara. El niño estaba enceguecido, gritando por su madre. Ambos tenían el juicio nublado. Andrés, también sujetaba a Ali con fuerza. No quedaban muchas esperanzas para su futuro, pero Ali no quería que lo último que su hijo viera de su etapa sana fuera una bestia enfurecida. Con la poca fortaleza que le quedaba, extrajo la compostura necesaria para hablar. —Simón, te amo hijo, lo siento tanto. —Fue lo último que dijo, mirando a su pequeño con amor en sus ojos, el niño sollozó al oírla. Sofía, que se sentía aturdida por el caos y el dolor en la nariz, sintió que no debía interferir nunca más en aquella familia tan perversa. Meterse allí le traería más problemas de lo debido, y mucha tristeza. Lo ultimó que vio, fue a Alan salir con el niño dormido en brazos, y al médico sujetando a Ali, que también se hallaba dormida. La culpa parecía invadirla, pero lo mejor para ella fue no interferir nunca más, su nariz se lo recordaría para siempre, y dormiría con la conciencia manchada, al ver al niño dormido, siendo transportado sin su consentimiento lejos de su madre. En el fondo, había llamado para liberarse de la responsabilidad de ayudar a su amiga, porque los rumores sobre ella eran terribles. Lo que más le pesaría sería el hecho de que ella nunca había creído del todo las versiones de Tatiana y Aarón, pero ahora, con la decisión tomada, no podía cambiar nada. La llamada que hizo por plena inercia, condenando a Ali a su funesto destino, la marcaría siempre.
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