Capítulo 26 De Simón en su niñez (Parte II)

1310 Palabras
Sujetaba el brazo de su madre con fuerza, no quería soltarla bajo ningún concepto, en algún sentido su alma estaba atada a la de ella y el comprendía lo importante de aquel vinculo. —Hijo, por favor, recuerda que no soy en lo que me han convertido. —Le dijo su madre mientras caminaban en puntas de pie, intentando llegar a la puerta principal. —Te quiero mamá. —murmuró el pequeño, cabizbajo, esmerándose en no emitir ruidos. Ali estaba firme ante la decisión que su corazón había tomado, después de tanto sufrimiento, sus ojos volvían a despegarse de a poco. Los nervios estaban a flor de piel en todo su cuerpo, que temblaba por momentos. Su felicidad era tanta, por un pequeño momento, una mínima sonrisa proveniente de su hijo, que sus ojos la miraran sin temor. Esta vez no le pasarían por encima las bestias, nadie la juzgaría de nuevo en aquel juego terrible que llamaban vida. Ya no sentía rencor hacia ninguna de las personas que la habían atado de pies y manos en su propia mente. Jugaron con su psique tantas veces, que acabaron por romperla, desarmarla a jirones sin esperanza. Las lagañas de ceguera que portaba en sus ojos se estaban desvaneciendo ante la sensación de libertad. A Simón le pareció que su madre recuperaba el color de las mejillas, mientras jugaban a los espías. Se hallaba mucho mejor, incluso le parecía una niña como el, con la inocencia en su mirada, los ojos brillantes y de a ratos una sonrisa alegre se le dibujaba cada vez que lo veía hacer gestos de detective. Percibía, pese a ser tan pequeño, que su mamá volvía a ser la misma de siempre. La mujer que lo acunaba por las noches, cuando tenía tanto miedo a que entrase un monstruo por la ventana. Él tenía los vestigios de los recuerdos felices, cuando eran una familia de dos, unida e incondicional. Parecía que todo volvería a la normalidad. Simón, ya daba todo por asumido, con la fe de un infante valiente. Llegaron a la puerta principal, sigilosamente. Ali no tenía dinero, pero se las arreglarían de algún modo, pensaba en alguna opción mientras huían por la calle, al atravesar la puerta de entrada. El niño no tenía zapatos, porque jamas los usaba en casa, y ella le dio los suyos, aunque le quedaran grandes. Lo alzaba de a ratos, hasta que llegaron al parque, agotados por el esfuerzo. Se sentaron a descansar un rato, tendidos en el césped, contemplando el cielo despejado. Ali tenía una idea para pedir ayuda, pero aún no se decidía, y no contaba con mucho tiempo. El cuentagotas de la sentencia aguardaba entre las sombras. —Mami, quiero que te quedes. —dijo el niño, mirándola fijamente a los ojos. —Estoy aquí hijo, ¿Dónde me he ido alguna vez? —preguntó Ali, extrañada. —Siempre he estado en casa. —Pero no estás en casa mami. —Oculto sus ojos con sus manos. —Estas fuera de casa. —Hizo un gesto infantil y luego la abrazó. Ali comprendió dolorosamente lo que su hijo intentaba decirle, con sus palabras. ¿Cuánto más debía luchar? Su alma estaba casi desecha, y sin embargo seguiría luchando, aunque sea por última vez con todas sus fuerzas. “Fuera de casa”, dijo el, porque era cierto. Ella no había estado desde hacía tiempo en su verdadero hogar, que era junto a él, sea cual sea el lugar físico. Quería volver cada día, centrar su mente errática, pero la nube se cernía sobre ella a cada minuto, y casi nunca podía librarse de ella. —¿Podemos jugar a algo? —preguntó Simón, algo temeroso. —Si hijito, ¿A qué quieres jugar? —Ali sonrió, incorporándose y sentándose sobre el césped. —Al veo veo. —El niño comenzó a observar a su alrededor, pensando en que objeto escogería. —Genial, tu comienzas. —Ali lo miró con los ojos nublados, no quería llorar, pero cada cosa que hacían juntos la emocionaba mucho. —Veo veo… Algo maravilloso… De color rojo. —A ver… —Ali miró los objetos más cercanos. Mientras tanto, había decidido optar por pedir ayuda, pese a sus inseguridades. —¿El poste de allá? —Si. —dijo Simón, preparado para adivinar, estaba contento de poder jugar con alguien. —Tu turno mami. —Veo veo… Algo maravilloso, de color amarillo. —El banco de allí. —Exclamó el, señalando el banco del frente. Al ver que su madre asentía, el vitoreó alegre. —¡Hurra! Ali pensó por un momento más, y luego se resolvió por contarle a su hijo lo que tenía planeado. —Simón, quiero decirte algo. Pero puedes negarte a mi invitación si quieres, recuerda que eres libre. —Empezó a decir Ali, con los ojos brillantes, que estaban por derramar una lagrima. El niño la escuchaba con atención y asintió con la cabeza. —Si tú dices que sí, podemos ir a la casa de una amiga mí, que queda aquí cerca. Le pediré un favor para que nos ayude a poder vivir juntos de nuevo, para que salgamos de la antigua casa. Ali suspiró, no sabía cómo explicarle su plan a su hijo, sin que se asustase. —¿Salir de la casa de los tíos? —Simón la miró, confundido. —Sí pequeño, pero no porque ellos sean malos. Lo que sucede es que creo que estaríamos mejor los dos juntos, como una familia normal. —Esbozó la mejor de sus sonrisas. —¿Y no veré más a la tía Tati? —Simón jugaba con la tierra del suelo, formando montañas con sus dedos, nervioso. —Claro que si podrás verla. —Le respondió Ali, con un nudo en la garganta. —Pero será más sano no vivir con ellos. Siempre los querremos. El niño bajó la cabeza, sin decir una palabra. Divagaba con nostalgia, en su mente de niño no imaginaba todo lo que significaría aquel camino nuevo. No conocía otro hogar más que la casa de sus tíos. En aquel momento, pensó que quizá no se acostumbraría jamas a otro sitio. —Puedes pensarlo tranquilo… —Mintió Ali, sabiendo que les quedaba muy poco tiempo. Simón pensaba arrinconado en su pequeño mundo, luego, subió la cabeza y la miró a los ojos. Con sus ojos oscuros y profundos, casi solemnes. —Vamos mami, quiero ir contigo. —dijo firmemente, sin titubear. Con su seguridad, que mantendría hasta su adultez. Ali creyó que del cielo comenzaban a llover flores lilas, para decorar armoniosamente esa felicidad que le provocó la respuesta de su hijo. Al verlo a los ojos, pudo ver esa parte de ella que era valiente, y parte de su padre, tan decidido. Casi se echa a llorar. Caminaron hasta una casa de dos pisos, en una esquina, que se ubicaba muy cerca del parque. Alan no tardaría en darse cuenta de su ausencia cuando se levantara, pero afortunadamente no aparecía hasta el mediodía, aún contaban con un poco más de tiempo. La madre tocó la puerta, con timidez, con la cabeza enredada y llena de esperanza. Esperaron unos minutos en la entrada, Simón veía las plantas de rosas, concentrándose en las espinas. Canturreaba de a ratos, para matar el tiempo. Cuando al fin se abrió la puerta, una joven salió a recibirlos, sorprendida. —¡Ali! Cuanto tiempo ha pasado. —La voz de Sofía los interceptó, se veía perpleja. —Pasen, ¿Ese es Simón? Cuanto ha crecido. Los dos entraron acompañados por la chica, temerosos, ingresando a un lugar extraño, que era una de las pocas esperanzas que les quedaban. La chica se sentó en unos de los sillones de brocado del living, y los invitó a hacer lo mismo. —Díganme, ¿En qué puedo ayudarlos?
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