Capítulo 25 De Simón en su niñez (Parte I)

1161 Palabras
El hormigueo de ansiedad constante se percibía inevitablemente en lo profundo de sus ojos negros. Las noches lo colmaban de abandono, a tan corta edad, con una sobredosis de decepciones reales. No era de esos niños que usualmente se peinaban, tampoco lograba hacerlo si lo proponía, por lo grueso de las hebras de su cabello. Su tía lo desenmarañaba diariamente, y con ayuda del agua lograba un peinado liso y hacia atrás. En cierto punto, la mente de Tatiana imaginaba que suprimiendo todo lo desprolijo de su sobrino suprimiría la posibilidad de que heredara el carácter de su madre. El, en su inconsciente, lo sabía, y como era lo que más lo acercaba a su madre, siempre dirigía su mente por ese camino errante. El interruptor, a tan corta edad, se descontrolaba con más facilidad. Esa mañana el patio de la casa refulgía con el sol de verano, Simón, estaba a punto de cumplir sus siete años. Afrontaba la reciente condición de su madre, que había sido diagnosticada con varias enfermedades mentales, y medicada al instante por su propio bienestar. Sus tíos habían estado muy sobreprotectores ante la situación. Las horas que pasaba frente al televisor aumentaban cada día, al punto en el que su vista de infante comenzó a fallar. También todo afectó a su alimentación, que estaba girando en torno solamente a la comida chatarra en exceso. Había salido a jugar al patio por un rato, para descansar de los dibujos animados. Se sentó con sus muñecos, que dejó olvidados toda esa semana, sus vaqueros y animales de granja, también algunos soldados. Los juntó a todos para ver a que se le ocurría jugar, pero por más que pensó con esfuerzo un buen rato, su falta de costumbre lo estancó en su imaginación. Decidió que recrearía un episodio de las caricaturas que ahora tanto le gustaban, porque la recordaría perfectamente y no tendría que imaginar nada. Organizó a los personajes y comenzó a recordar de que iba la aventura, mientras ejecutaba el juego. La sombra se cernía sobre el jardín, el sol se ocultaba dando paso a la sensación de un sutil aire frío. Un observador se mantenía atento al juego del niño, desde una ventana, en completo silencio. Su tía se hallaba trabajando, y su tío Alan dormía hasta tarde, como de costumbre. El pequeño no notaba su ausencia, a causa de ser el único niño siempre se sentía solo y no tenía con quien jugar. La silueta que observaba se desplazó rápidamente, salió por la puerta y se ubicó detrás de Simón. Ali lo miraba con los ojos desorbitados, con sigilo para que su hijo no lo notase, apretando los puños al punto de lastimarse la palma de la mano con las uñas, recién cortadas. En su cabeza deambulaba la idea de que quizás su espera había terminado, el momento sería el preciso, quizá no tendría otra oportunidad tan perfecta. Su respiración se entrecortaba, los nervios le arrojaban punzadas afiladas en la piel. En sus ojos estaba aquella mirada decidida, desequilibrada, quebrada, que la caracterizaría para toda su vida. El enredo podría respirar un poco y deshincharse, entre todo lo que había pasado. La ira que le provocaba recordar todo lo ocurrido en las últimas semanas, sumado a la nebulosa que sus pies pisaban por consecuencia de los medicamentos, le había aportado las agallas para cumplir con su cometido. Pensar un poco más no estaba dentro de sus posibilidades, su inteligencia se frenaba bruscamente a cada momento. Ese día llevaba puesto un vestido largo y gris, que asemejaba más a un camisón, era la única prenda que su hermana le había permitido portar. Toda su ropa de trabajo o de andar le recordarían su antigua vida, eso oyó decir al psiquiatra detrás de la puerta. Nada volvería a ser feliz para ella, lo sabía desde que los incidentes comenzaron a transcurrir. No podía hilar conversaciones, ni siquiera hilar un pensamiento fuerte, los medicamentos la adormecían casi enteramente. Solo los fragmentos de su psique que intentaban unirse, la mantenían con una pizca de conciencia. Su hora oportuna estaba sobre ella, y debía actuar rápido, sobre la raíz de todo. Su corazón galopaba con fervor y su sangre corría ardiente. Percibió que el niño murmuraba fingiendo las voces de sus muñecos, se encontraba compenetrado en su juego y era una perfecta oportunidad. Alan no se despertaba, la casa estaba vacía salvo por ellos dos, madre e hijo. Ali sintió el ardor de sus uñas apretadas contra su palma, pero el puño estaba firme, sus labios apretados, y su ceño fruncido. Estaba encorvada, con el cabello sobre la cara y despeinado, con grandes ojeras y bolsas en sus ojos, tan desmejorada que se tornaba irreconocible. El impulso la hizo apresurarse, y corrió hacia el pequeño indefenso, el sudor frío le caía por la frente. Sonrió en sus muecas para llevar a cabo su meta. Simón se dio la vuelta al oír a alguien correr hacia él. Su madre se había arrojado hacia él y lo tenía atrapado entre sus brazos, las lágrimas humedecían su rostro, el pequeño creyó que lo asfixiaría y que se quedaría dormido para siempre. La fuerza de sus brazos era inconmensurable, lo tenía atrapado. El miedo recorrió el cuerpo del niño en forma de escalofríos y estuvo a punto de gritar para pedir ayuda. —Te amo hijo. —La voz rugosa de una mujer desahuciada lo interrumpió. Simón se quedó perplejo al oírla, reconociendo que no quería estrangularlo, sino abrazarlo. Su madre antes lo abrazaba continuamente, cuando estaba cuerda, pero había pasado un tiempo que para él fue prácticamente eterno. Tampoco oía su voz desde el incidente de aquel lunes, donde el castillo de su realidad agradable y familiar de derrumbo para siempre. —Te amo Simón. —la mujer respiró con fuerza. El niño aceptó el abrazo y se quedó acurrucado con su madre, pero no le salían las palabras para responderle. Ali, en su mente, vitoreaba que su misión había sido todo un éxito consiguiendo hablar y abrazar a su hijo, lo había logrado, con los últimos fragmentos de psique que guardó con cuidado hasta ese momento. Un único propósito. —No olvides nunca que eres mi hijo. —Un hueco en el tiempo, su voz se entrecorto. —Siempre te amaré pese a lo que otros te cuenten. —dio media vuelta para retirarse a su cuarto, pero la mano del niño sujetó la suya, y se lo impidió. —¿Quieres jugar conmigo mami? No quiero que te vuelvan a encerrar en tu cuarto. —el pequeño, bajo su vista esperando una respuesta. —Sí elefante, jugaremos a los espías y debemos salir de la casa por un rato. ¿Qué te parece? El niño asintió con la cabeza, devolviendo la esperanza al cuerpo y alma de su madre. Tendrían oportunidad, podrían estar juntos de nuevo, su mente debía estabilizarme por más tiempo. Solo la suerte debía guiarlos hasta el final.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR