¿La chica estaría jugando con él? Era probable, él no se consideraba un partido excepcional para las mujeres, por su ímpetu irresponsable, su forma de ser despreocupada y su ropa desalineada. Y el karma le podría jugar una mala pasada que tendría merecida, al siempre buscar relaciones de tan solo una semana y luego aburrirse con una peligrosa frecuencia. Sabía que no sería así con ella, había algo distinto esta vez, algo mucho más profundo que lo que sus ojos veían, iba más allá de un romance que no terminaría en nada concreto y que se dejaría esfumar como las hojas en otoño, para caer en el suelo y ser olvidadas. Era mucho más fuerte, y sus sentimientos cambiaban, mutaban al estar encandilado con la muchacha empleada de una boutique a la que nunca en su vida hubiese ido más que por trabajo.
Antes que seguir dando vueltas con el asunto de los mensajes, pensando en posibilidades negativas, se resolvió a ir al patio a hacer ejercicio. Siempre era su salvavidas en momentos donde la ansiedad lo dominaba, y el hecho de levantar una gran cantidad de peso le aportaba la adrenalina que tanto buscaba saciar. La chica era una incógnita para él, y la rodeaba un misterio brillante y él perseguía ese brillo sin poder mirar hacia atrás. A veces sentía escalofríos cuando la veía hablar, de una u otra forma, en momentos inesperados, como si presintiese algo que iba más allá de la vista.
Había tenido un sueño terrible, la noche anterior a su reunión en el restaurante chino. En él, Simón caminaba por la calle en la que había sido atacado cuando adolescente, mientras los pies se le quemaban y no podía tolerar el dolor. El cuerpo le dolía y se sentía cansado, pero debía seguir caminando. Su habitual retorno a su casa, pero esta no era como el la recordaba, podía ver desde la distancia las paredes agrietadas y de las gruesas hendiduras brotaba un líquido azul oscuro.
El miedo lo arrinconaba a caminar contra la pared, recordando que eso hacia cuando era un niño. En el sueño brumoso de la confusión, la chica rubia de la cual estaba perdidamente enamorado, lo seguía y el sentía terror porque lo atrapase entre sus garras. No comprendía la razón por la que lo asustaba tanto, si en la realidad la chica le gustaba. Voltearse para verla era impensado, pero sabía que se trataba de Alana, podía oír su voz llamándolo, con el tono de la mismísima muerte.
Aceleraba su paso, cada vez más cerca de los ladrillos que constituían la fría pared de su hogar. Atravesar el comedor fue terrible, allí encontró manchas de sangre, mechones de cabello y flores marchitas. Pese a estar consciente de encontrarse soñando, ver la casa a la que no iba hacia bastante tiempo lo consternaba, aunque no fuese real. La pestilencia le estaba provocando mareos, parecía como si hubiera un cadáver en alguna parte.
Con el coraje que portaba al saber que todo era su imaginación, cerró la puerta para que la chica no entrase, y luego se quedó solo en su ahora tétrico hogar. La sala le pareció sumamente irreconocible, y el aire le dejaba un sabor amargo cada que inhalaba una bocanada de aire. Sobre la mesa, un puñado de monedas habían sido arrojados desprolijamente, y el moho se adueñó de ellas en su gran totalidad. Las paredes, bañadas de un tizne n***o sepulcral, complementaban la ruina interna de la vivienda más polémica de la zona. Simón jamás había sido asustadizo, por lo cual se resolvió a quedarse allí hasta que se despertara, contemplando todo a su alrededor. Los ojos le lagrimeaban a causa de la peste, sin embargo, la curiosidad irracional lo podía y planeaba recorrer cada pequeño rincón de ese sitio, que quisiese o no, extrañaba.
Fue a su habitación con cautela, con los pasos medidos ante un suelo húmedo de putrefacción. El olor fétido provenía del cuarto de sus tíos, no obstante, iría a investigar allí luego, cuando hubiese saciado su necesidad nostálgica de volver a su guarida. Primero quería ver su cuarto, sentarse en su cama al menos, ver si algo allí era como lo recordaba. Para su desgracia, todo se encontraba vacío, como si lo hubieran borrado para siempre. No le quedo más opción que sentarse en el suelo. Particularmente le extrañaba que, de todos los rincones de la casa, su antes desastroso cuarto refulgía de lo limpio que se encontraba, mientras que su alrededor se desmoronaba de a jirones. En el silencio, Simón sentado el en el centro todo divagaba, su mente flotaba. Súbitamente, una canción comenzó a sonar desde el pasillo.
“Duerme, duerme mi niño
te cuidaran por el alba,
en las ocasiones que temes, las risas no abundan cuando tocan las campanas.
Mírame mi niño, esta vez estoy levantada”
Simón se desconcertó, pero la melodía que se asemejaba a una canción de cuna, también parecía dormirlo.
“Duerme en tu luna, pequeño
que no hay mundo tan terrible y no hay dueño”
Unas manos heladas se posaron en sus hombros y lo acunaron hasta casi dormirlo por completo. El sueño pesado rondaba su mente, mitad despierta, mitad apagada, en donde quizá nunca volviera a estar nunca, por sus repentinas decisiones.
“Vuelve a casa”
La canción se detuvo con esas últimas palabras, y el joven se volteó a ver quién lo estaba sosteniendo entre sus brazos. Ahogó un grito infernal en lo más profundo de su garganta. Quizá ese ser hubiera sido su madre en algún momento pasado, con unas modificaciones espantosas. El temor lo invadió, junto con la pena y la tristeza. Ver así a su madre, a quien no había amado como correspondía le dolía abiertamente, en las venas internas de su conciencia. ¿En el mundo de los sueños también habría perdido el juicio? Solo había una forma de descubrirlo, y acto seguido Simón buscó en sus ojos la chispa de una mente lúcida y allí la encontró, en un páramo desolado de injurias que adornaban a una mujer perdida en los tiempos modernos.
Ella no tenía boca para responderle, pero no mostraba signos de su demencia, y la falta de sus orejas y manos la convertían en un monstruo aterrador. Pero seguía siendo su madre, eran sus ojos, su mirada peculiar que lo escudriñaba todo. Lo abrazó con fuerza, como si no quisiese soltarlo, como si estuviese allí realmente, atrapada en la cabeza de su único hijo.
“El elefante huye de su cabeza,
Digno oponente en la orquesta del manicomio”
La canción volvía a sonar, el reparó en el atuendo de Ali, que llevaba una camisa a cuadros maltrecha, y unos pantalones negros anchos. Ella no se vestía así usualmente, pero quizá su mente estaba imaginando conforme pasaban los minutos con incoherencia. La mujer quedó paralizada en el centro del cuarto, sin poder reaccionar ni emitir un solo movimiento.
Simón se fue rápidamente sin mirar atrás, con intenciones de llegar al cuarto de sus tíos, desentramando el misterio del olor putrefacto. Su andar era apresurado, digno de alguien que comienza a acobardarse. Un presentimiento le generó volver para buscar a su madre, pero se resolvió a ignorarlo con frialdad. Después de todo, se hallaba en un sueño y nada servía para ningún propósito real, solo se trataba de los vestigios de sus recuerdos.
En el interior del otro cuarto, perteneciente a Tatiana y Alan, un humo n***o invadía el espacio, impidiendo una visión clara. Simón caminó con seguridad, guiándose por su olfato para encontrar el cadáver. Lo vislumbró sobre la cama, pero por más que puso su esfuerzo en enfocarlo, solo divisó que se trataba de un cuerpo masculino.
Unas manos le sujetaron el rostro con brusquedad, pellizcándole las mejillas.
“A la correccional”
Dijo la voz de su tía Tatiana, mientras sonreía, y se desvanecía en el efímero mundo de la inconciencia del joven.
Luego de dar una larga serie de golpes a la bolsa de boxeo, su perturbación se disipó un poco. Decidió ver su teléfono para revisar si alguien le había escrito, para su fortuna, Gael le comunicaba que pasaría a comprar pasta en un restaurante y la llevaría para no tener que cocinar. Sus pensamientos, habían dejado de centrarse en Alana por unos momentos, y de a ratos giraban en su madre, con la camisa a cuadros, sin boca, sin orejas y sin manos. Y la canción, le rondaba y parecía que no la olvidaría fácilmente.
Sintió nauseas al recordar el cadáver, de algún hombre al que no reconoció, pero que tampoco tuvo la oportunidad de ver más de cerca. ¿Por qué lo habría soñado, sería algún tipo de señal?
No era supersticioso, pero las coincidencias que había estado viviendo eran confusas. La chica de su ciudad que ahora vivía en el mismo pueblo que él, en otro país, prácticamente en la otra punta del mundo. Encontrarse no fue una casualidad, y el miedo a arruinarlo todo a veces le generaba un gran malestar.