Su recuperación prosperaba, tan bien que pronto saldría del hospital. Ya podía caminar e ir al baño solo, la operación había sido complicada, pero un éxito al fin. Su amigo Gael había ido a visitarlo casi todos los días, pero aquel día estaba de tan mal humor que todo lo que decía le fastidiaba, en especial porque había llegado con su amigo Tahiel, que no simpatizaba para nada con Simón.
—Que dices Simón, ¿Cuándo te largas de aquí? —preguntó Gael. Con el cabello mojado del sudor, por el día tan caluroso, y en el hospital no prendían los aires acondicionados.
—Ya te dije que, en unos días, comienzas a fastidiarme. —contesto fríamente, enfocando sus enormes ojos negros en su amigo, casi en modo de amenaza.
—No tienes remedio. —le dijo Gael, jugando con su teléfono. —Uf, sí que hace calor.
—Te has perdido de mucho, ha pasado de todo. —dijo Tahiel, apoyando el brazo sobre la almohada de Simón, esto le molestó mucho. —Estas desactualizado. —dijo rodando los ojos, mientras encendía un cigarrillo.
—Ah, mira, no me he muerto por saber lo que pasa en la escuela, ni siquiera cuando estaba en la escuela. —contestó Simón, poniendo los ojos en blanco.
—Bah, tampoco es que ha pasado tanto, es el que habla sandeces. —acotó Tahiel.
—Que sí, estúpido. ¿No viste que echaron a Leticia? La profesora de inglés, parece que tuvo una pelea con una alumna que se pasó de la raya. —Tahiel suspiró. —Mejor para mí, no la aguantaba.
—Oh vaya, no podría vivir sin esa noticia. —dijo irónicamente Simón. —Pero me pregunto que habrá hecho para que la despidieran.
—Si todavía nadie sabe. —Agregó Gael, concentrado en su teléfono.
—¿No te enteraste lo de la rubia? La chica de la escuela, Alana creo que se llama.
Simón solo lo ignoró.
—Vaya, ¿No viste la foto? Sí que estas muy perdido. —Tahiel rio. —Es increíblemente sexi, a decir verdad, parece que no era la chica buena que creían todos. Incluso es lesbiana y hace cosas por dinero, eso dicen todos. Ya lo intentaré.
—No, no he oído ni visto nada y no me importa. —dijo Simón, mirando al techo. —Si tu única forma de estar con una chica es pagándole o avergonzándola es que eres patético.
El chico hizo caso omiso a la agresión.
—Debes ver las fotos, me lo agradecerás. —replicó firmemente Tahiel, con las manos en los bolsillos.
Simón decidió ignorarlo, sin siquiera mirarlo, esperaba que captara la indirecta de que ya estaba hartando de su presencia.
—Gael, ¿Tú las tienes? —preguntó Tahiel, con la mirada insistente, pero Gael negó con la cabeza. —Bah, que decepción. ¿Y las enfermeras? ¿Son lindas?
—Oye, para un poco, puedo oler tu desesperación. —agregó Gael, soltando una risa desdeñosa.
—Te admiro viejo, tus padres deben estar locos. Yo vine mintiéndoles, jamas me dejarían venir a ver a un tipo como él. —dijo Tahiel, con ironía, mirando a Gael con los ojos entrecerrados. —Es broma. —guiñó un ojo.
—Mi mamá lo conoce desde hace años. —empezó a decir Gael.
—Sí, tu mamá es buena, seguro es tan buena como linda. —giñó nuevamente un ojo, interrumpiendo. —Broma, broma. Yo creería que Simón podría tener herpes y pegártela. —lanzó una carcajada.
—¿Y por qué? —preguntó Gael desconcertado. El chico también se sacaba de quicio, pero Tahiel era su amigo desde la infancia, mucho antes de conocer a Simón, y a veces se acostumbraba a soportarlo pese a su carácter desagradable.
—Pues es obvio, mira como está ahora. —sonrió. —Mentira viejo, te ves genial. ¿Pero su madre que no que está enferma? Yo creí que tenía algún tipo de gonorrea.
—Esas son estupideces. —le contestó Gael con seriedad, la cosa se le estaba yendo de las manos.
—Igual está guapa, podría salir con ella, aunque esté loca. —empezó a decir Tahiel, pero fue interrumpido por el puñetazo que Simón le dio en la nariz, el más fuerte que jamas le hubieran dado.
—Imbécil. —comenzó a farfullar el chico mientras se agarraba la nariz. —Era broma, como saldría con una vieja demente y ramera. —Otro golpe en la cara, que lo segó de un ojo, no lo detuvo. —Por eso estas aquí.
—Detente amigo. —Lo frenó Gael, sosteniendo a su amigo, que estaba recién operado, para que no siguiera golpeando al otro. Los ojos de Simón ardían en furia, su corazón se sentía contento al haber liberado la ira en el golpe.
Pero pese a ello, obedeció y volvió a acostarse.
—Oye, ¿Por qué maltratas así a un paciente? —dijo Simón mientras se tapaba con una manta. —¿Qué no ves que estoy convaleciente? —agregó, tosiendo.
—Estúpido, iré a la policía. —dijo Tahiel, limpiándose la sangre del rostro.
—No harás tal cosa. —Interrumpió Gael. —Si tú lo haces, le diré a tu mamá donde ocultas tus drogas. —Gael giñó un ojo, imitándolo.
—Desgraciado. —dijo Tahiel, entre dientes, al tiempo en que se retiraba cerrando la puerta con un golpe.
Ambos amigos comenzaron a reír.
—Mira como le dejaste la nariz. —dijo Gael, entre risas.
—Yo no hice nada, ¿Qué no ves que estoy moribundo? —agregó Simón, riendo mientras se agarraba el estómago, que de verdad le dolía. —Fue tu culpa por traerlo.
—Sí, sí. Ya sé, pero él quiso venir. Creo que se estará arrepintiendo. —Gael blanqueó los ojos, negando con la cabeza. —Pobre, no sabía que estabas loco.
Simón dejo escapar otra risa y recostó su cabeza sobre la almohada. Toda la situación la había agotado. Alguien los interrumpió, tocando la puerta.
—Soy yo. —La voz pertenecía a su tía. —Venimos a visitarte.
Gael se retiró rápidamente para no incomodar.
—Tu tío no quería que viniera, pero estoy segura de que es lo mejor. —dijo Tatiana, que traía del brazo a su madre.
Simón miro a su madre con asombro, el cabello le cubría los ojos y tenía la vista en el suelo. Ali murmuro algunas palabras inentendibles y se sentó en la silla de al lado de su hijo, sin mirarlo. Ali mordisqueaba sus dedos, nerviosa, sin ver hacia el frente.
—¿Cómo va el día? —preguntó Ali, abriendo la bolsa que traía con productos del supermercado. —Traje de tus favoritas, papas fritas y pizza en cono.
—Fantástico, me muero de hambre. —dijo Simón animado. —Nada interesante, vino Gael, como siempre.
—¿Y el otro chico que salió? ¿Estaba herido también? —preguntó Tatiana, extrañada.
—No lo conozco. —fue la cortante respuesta de Simón.
—Es bueno que vengan tus amigos a verte. Anda, ya es hora de almorzar. Ali ¿Tú quieres comer? —Tatiana miró a su hermana en busca de una respuesta.
Ali no respondió, pero aceptó unas papas. De a ratos gritaba, como de costumbre, pero ellos ya estaban adecuados a ese tipo de cosas. Los alaridos le molestarían seguramente a todos los pacientes internados cerca, pero no podían hacer nada. Simón engulló la comida de forma veloz, la comida de hospital no le simpatizaba, al estar acostumbrado a alimentarse a base de comida chatarra.
—Espérenme aquí, voy al lavabo. —dijo Tatiana, al terminar de almorzar con su sobrino.
Cuando hubo regresado, contempló la escena de un cuadro triste. Con un chico completamente golpeado, pálido, repleto de cicatrices y magulladuras, dormido, y junto a él, una mujer cuya mente la había abandonado, con el cabello cual nido de aves, la ropa rasgada y ojeras moradas bajo los ojos, con el brazo sobre el chico, casi abrazándolo. Ambos complementaban la pintura más cruda de la realidad, un mundo oscuro y con las venas al descubierto.
Tatiana se quedó observándolos, mientras una lagrima caía por su mejilla, entumeciendo su alma por unos instantes.