Sobre el hombro de su hermana, Ali se apoyaba para no caer en los abismos del desconsuelo. Tatiana solo le repetía que todo estaría bien, mientras trataba de calmarla. Ali no podía parar de pensar en el rechazo por parte de Aarón, en el correo de extorsión, en su bebé, en todas las cosas que no podía controlar. Sintió que su mundo era un castillo de naipes que tambaleaba con cualquier mínima brisa, y que no podría reconstruir nada si algo se desmoronaba. Entre medio de sus pensamientos, se dijo a si misma que no le dio suficiente valor a la paz en la que vivía hasta que la perdió.
—No llores Ali, todo estará bien, ya verás. —Tatiana le peinaba el cabello enmarañado, para tranquilizarla. —Esto es una alegría inmensa, es algo maravilloso, hay que festejar. —Sonrió con calidez.
Ali asintió, con el rostro oculto, también se sentía culpable por ello, sabía que su hermana no podría tener hijos jamas, y ella ahora tenía uno en su vientre, debería de estar feliz. Pero no podía dejar de lado todos sus otros problemas, la atormentaban y pinchaban a cada minuto un poco más. En la mirada de su hermana, estaba encontrando la estabilidad que necesitaba, puesto que transmitía seguridad y fortaleza. Eran ciertamente distintas y a menudo batallaban entre ellas, pero aquel suceso las uniría más que nunca, dejando a un lado las contiendas del pasado. Ali también se avergonzaba en cierto modo con ella, al haberle presentado a Aarón en un refilón de confianza apresurada, mezclada con las pasiones del momento. Se perdió por un rato todo aquello que las separaba, para proteger al pequeño que se gestaba en el interior de una mujer cuyo corazón estaba roto.
—No me hables más de ese tipo, ya veremos que hace, pero tu mundo no debe girar en torno a él. —dijo Tatiana, comprensiva, sin su sonrisa que la caracterizaba, también estaba un poco apenada. —Lo que haremos será continuar, juntas.
—Gracias Tati, no imagino cuan tonta me has de considerar. —decía Ali en voz baja, susurrante.
—No digas esas cosas, de todas formas, no podemos cambiar el pasado. Claro que no será fácil, pero tienes que ser fuerte.
—Si… Lo comprendo, vamos a casa.
Ali se desmoronaba por momentos en el auto, llorando sin consuelo al recordar el comportamiento de su novio. Tatiana intentaba consolarla, pero también entendía que debía dejar que llorara para que liberara esa tristeza acumulada, porque si no se acumularía para pudrirse en ella. Una vez sola en su cuarto, se miró al espejo de perfil, para contemplar su vientre, al ser que allí crecía.
Aun no se notaba casi nada, pero sentía su presencia, como si tuviera fuego dentro, pensó que seguramente sería un niño difícil, con un carácter fuerte. Fue hacia su ordenador para chequear sus correos, con la valentía más intensa que logró obtener en un momento así, y se sentó un tanto resignada.
“Para la mujer más ardiente del mundo”
Así estaba titulado el mensaje, junto con un archivo adjunto, que se trataba de un video. Ali se vio a sí misma, desnuda, atada a un asiento de auto. Vio marcharse sus esperanzas en el firmamento, en la oscuridad, envasada para siempre. Cerró los ojos, el video estaba completo, desde el principio del acto. Verse desnuda le provocó un malestar profundo, que la llevó a querer desaparecer de esta tierra, convertirse en un ave, no volver a pisar el suelo por un tiempo. Su intimidad se hallaba expuesta, a los ojos de un monstruo, cada fragmento de ella era conocido por su extorsionador.
“Lee bien y con atención linda, así como he visto que tienes talento para jugar, podemos llegar a un acuerdo. Tendrás que enviarme lo que yo te pida, puedes taparte el rostro, no quiero que creas que es más material para extorsionarte. No he difundido nada tuyo, tranquila, pero lo haré si no obedeces, tengo muchas copias y las puedo difundir en cualquier momento y como verás, tu rostro se ve inconfundiblemente. No hagas nada estúpido, o también te arrepentirás. Lo que pido no es mucho, solo un poco de lo que le das a todo el mundo.”
El primer pedido era una foto suya de espaldas, desnuda salvo por las bragas, esas eran sus condiciones. Ali padecía del peor de los dolores de estómago a medida que leía el correo. Se sentía tan asqueada y utilizada, no sabía qué hacer para salir de esa situación. Si tomaba una mala decisión, arruinaría su vida para siempre, era consciente de ello. La soga que traía al cuello, que ella misma se había echado, apretaba cada vez más.
Si avisaba a la policía, el tipo difundiría el video, que la comprometía completamente. Lo haría incluso si ella lo desobedecía, la presión social sería demasiada, seguramente la despedirían y tampoco podría criar a su hijo sin ser mal vista. Deseó con todas sus fuerzas que un ángel borrara de pronto todas sus equivocaciones, sin encontrar respuestas, sin un salvavidas. Apagó la luz del cuarto, antes de tirar una moneda hacia arriba para decidir su destino. Con la frente en alto, tomó la fotografía pedida y la envió, cuestionándose a cada paso.
“Lo hago por mi bebé, por mi trabajo, por mi seguridad”
Se repetía, tomando su decisión abrupta, ofreciendo su cuerpo para salvaguardar su estabilidad. No sabía de quien se trataba, pero había sido claro en sus amenazas. Ali no le contaría jamas su decisión a nadie, sino que obedecería hasta que pudiera pensar en algo mejor, pero no quería seguir siendo juzgada. Quería dormir un poco para desconectarse de aquel mundo que la encerraba, pero el tono de mensaje interrumpió su plan.
“Hola, espero te encuentres bien. A menudo he salido con muchas chicas con tus intenciones, por lo cual me lastima mucho que tú también seas así, creí que eras distinta. Quiero que sepas que tenía todas las intenciones de formalizar contigo, creí como un imbécil que nuestro amor sería en serio, pero veo que eres igual que todas, solo quieres amarrarme con un cuento trillado. Ve a buscar al padre de ese niño, que vaya a saber quién es, por lo que me has contado. Te deseo suerte.”
En solo un mensaje, Ali vertió su poca autoestima de forma violenta, creyendo ser merecedora de aquel sufrimiento que experimentaba. Había tanto que reparar, que sintió que la abrumaba la inmediatez de los actos que se le avecinaban, todo era tan apresurado, tan cruel y frio. Buscaba consuelo en las estrechas paredes de su habitación, y en su hermana, que mal que mal, encontrarían juntas alguna solución a todo aquello que se venía sobre ellas, tal como siempre lo habían hecho.