La joven, vestida como una princesa triste, caminaba hacia su asiento en su fiesta de cumpleaños. Le costaba un poco caminar con tacones, pero era su precio a pagar por usar los zapatos más bonitos que había visto. Su vestido era color violeta, casi vino, con encaje en gris plata y bordados de diminutas flores. La falda estaba compuesta por muchos vuelos que le daban cuerpo al vestido y le aplicaban movimiento. Su tía le había hecho rizos en el cabello y se lo adornó con una hebilla con una rosa de la misma tonalidad que la de la falda, que cubría la parte calva de su cráneo. También llevaba un delicado collar de plata, herencia de su bisabuela, quien se lo había otorgado antes de fallecer. Su madre también estaba hermosa, con una falda verde oscura y una blusa negra, adornada con filigranas bordados en plateado. Su padre estaba contento, y feliz de que todo se hubiese realizado, pese a que comprendía que aquel no era el mejor momento de su hija. También Paloma había viajado para asistir y se la veía animada por la fiesta. Era una celebración pequeña, con los más allegados y amigos cercanos. Luego de lo acontecido, Alana no contaba con ánimos para recibir a todos los invitados iniciales, por lo que la cantidad se redujo considerablemente, pero no tanto como ella hubiera querido.
Luego de aquel día en la escuela, donde toda la gente comenzó a difundir mentiras sobre su sexualidad, la vida no fue la misma para ella. Sus compañeros creían que era una especie de prostituta a la que le podían tocar el trasero sin vergüenza y cosas aún peores, y esos ultrajes hacían que estuviese sumamente deprimida. Pasaba muchas horas fuera de su casa, sentada en alguna cuadra que estuviera vacía, con la capucha sobre los ojos, lloraba en silencio. Le parecía incluso, que el tiempo pasaba mucho más lento conforme pasaban sus miedos y complejos frente a ella, pegándose a su personalidad para siempre. En un callejón que parecía no tener salida ni final feliz. Sus amigos se habían alejado de ella, o algunos también se burlaban. Incluso Ileana le había dado la espalda, cuando todo se fue de control. También tenía que mentir cuando su madre le preguntaba por ella, su mejor amiga de toda la vida.
Lo que más le había dolido, fue el momento en el cual se dio cuenta que ya no podría salir de clases para ir al baño sola, porque siempre alguien la encontraba. Un muchacho se le había arrojado encima para tocar sus pechos y no había podido hacer que la suelte, cuando lo denunció con el maestro, este solamente se burló haciendo alusión a que ya estaban grandes para hacer esos escándalos. Este tipo de situaciones se repetía cada vez más, y no había tenido la valentía de contarles a sus padres. Por ello pasaba muchas horas fuera, ocultándose de toda la gente a su alrededor.
Se sentía manchada, sucia, aborrecible, y tal era el desprecio que sentía hacia sí misma, que ni siquiera hablaba con su hermana al respecto. Quería sentirse sola, la culpa la tomaba y la estrujaba, hasta quedarse dormida en la dejadez y la ansiedad. Pensó en decirle a su padre para cancelar todo el festejo, pero no tuvo el valor de hacerlo, y tampoco tuvo el valor de avisarle a sus antiguos amigos para que no fueran a la fiesta, por consecuencia de que las invitaciones habían sido repartidas antes del “escandalo”. Tendría que ser valiente y ver a todos, pese a su necesidad de aislamiento extremo.
Ahora se hallaba marchando a su asiento al lado de su familia, viendo a su alrededor a todos los invitados que la observaban con ojos curiosos. Se sentía como si caminase sobre las aguas de una playa, donde todo era sumamente hermoso, pero podía ahogarse en cualquier momento. Pero así se había sentido durante toda esa semana, caminando sobre agua.
—Quiero decir unas palabras, para mi pequeña hija Alana. —dijo la voz proveniente de su padre, tomando el micrófono del animador. —Hija querida, hoy, en este día especial, quiero antes que nada felicitarte y desearte el mejor de los cumpleaños. Estuve tan insistente para hacer esta fiesta, por un motivo que iba más allá de mí, espero sepas comprender. Entiendo que a veces, como padres, solemos no estar al pendiente de los nuevos cambios de las nuevas generaciones y nos quedamos atascados en el tiempo, con los métodos de crianza que fueron aplicados a nosotros, cuando éramos niños. Por ello es que en ocasiones la severidad se apropia de uno, cegándonos ante los intereses de nuestros hijos. Quise hacer esta pequeña fiesta, para ofrecerte el mayor de los regalos, que puedas volar a nuevos horizontes. A fin de año, podrás irte a vivir con tu hermana y terminar tus estudios a larga distancia. Aquí tengo el pasaje de avión.
Alana pensó que explotaría de alegría, era el mejor regalo que jamas le hubiesen dado y fue tan sorpresivo que la colmó de felicidad.
—Bueno, también quería hacer esta fiesta, porque me recuerda en cierto modo al pasado. Cuando nuestra pequeña hija salía cada mañana con un vestido de reina, una tiara y un cetro de cartón, y siempre quería organizar fiestas y ese tipo de cosas. Ella había añorado un festejo así desde que era niña, y no quería que lo olvidara por los deslices de la vida, los momentos difíciles que han acontecido para ella, quería que fuera una niña despreocupada por un día más, cumpliendo uno de sus sueños infantiles. Porque verla feliz no tiene precio.
Las lágrimas rodaban por las mejillas de la joven, que cayó en la cuenta de que sus padres eran más valiosos de lo que jamas podría llegar a valorar en su vida. Junto a ella se encontraban sentados ambos, también su tía y sus primos, pero eran más que nada todos familiares. Alana se percató de que había casi cinco mesas repletas de estudiantes de su escuela, que debían haberse colado, pero no estaba con ánimos de decirles algo. El lugar de eventos era ciertamente bellísimo, su padre se había esforzado mucho. La decoración que estaba a cargo de su abuela, también era muy bonita, con toques vintage y flores en tonos pastel acomodadas por muchos sectores. También había cajones de madera como centros de mesa, con un adorno de rosas dentro y dulces envueltos en papel celofán, con adornos de aves de porcelana.
Mientras ella recorría el salón saludando a sus familiares, una mano tocó su hombro para que se volteara.
—Feliz cumpleaños Alana. —dijo Ileana, Alana no había notado su presencia.
—Ah, gracias… No sabía si vendrías. —contestó Alana a regañadientes. Pero se sentía feliz de que estuviese allí.
—Feliz cumpleaños Alana. —interrumpió otra voz a sus espaldas.
—¿Qué demonios haces aquí? —Alana sentía que su pecho iba a estallar de furia al ver el rostro de Santiago, parado allí, vestido para la ocasión.
—Tranquila amiga, él es mi novio. —aclaró Ileana, tomándolo de la mano. En sus ojos brillaba la culpa, la suspicacia y la mentira.
Alana los dejó atrás, para no provocar ningún escándalo. Quería gritarles, insultarlos, zamarrear a su mejor amiga y preguntarle porque le hacía esto. Porque parecía que el mundo entero estaba en su contra y ella no tenía armas para pelear. Los observó mientras se besaban y reían en la mesa, junto con otras personas que a Alana nunca le habían agradado. Era una broma estúpida, pero no les daría el gusto de que la viesen sufrir.
Charlaba y bailaba con sus primos, los gemelos, que eran sus amigos cercanos desde que eran pequeños. Para su fortuna, no se habían enterado de nada de lo ocurrido porque eran de otra ciudad, por lo que podía actuar despreocupada bajando la guardia con ellos. Casi al final de la velada, cuando se estaba lavando las manos en el tocador, una voz la interrumpió, otra vez a sus espaldas.
—Pobre jovencita, tan joven y con tan mala reputación. Para sus padres debe ser algo terrible, una ramera tan irreverente. —decía la voz proveniente de una mujer mayor.
Alana giró para verla, y se topó con la anciana de la gran casa, allí estaba, en su fiesta de cumpleaños.
—¿Qué hace usted aquí?
—Ay discúlpeme, no sabía que usted me oía, me invitaron, soy una vecina de toda la vida. —diciendo estas últimas palabras, Alana la vio retirarse nuevamente hacia la fiesta.
Como si jamas hubiese sucedido nada, como si no la conociese, como si no le hubiera cortado el cabello y cambiado la ropa, dejando ignorado que sus palabras habían condicionado su vida y su fracaso, en victoria y derrota. Que la condicionarían en todo su trayecto de vida, pegadas a ella como una sombra errática y desesperada. Pero allí se iba, su verdugo, desconociéndola.