Alana lo esperaba en la puerta del restaurante donde había sido citado. Había llegado tarde, mucho más que ella, y se la veía bastante molesta. No había sido su intención, pero tuvo que quedarse más tiempo en el trabajo tras haber llegado tarde, en consecuencia, por no poder dormir. Se sentía apesadumbrado, tenía tantas decisiones que tomar y tanto en que recapacitar, por lapsos intentaba ni siquiera pensar.
La vio antes de llegar a la esquina, con el cabello suelto, mucho más relajada. Llevaba puesta una chaqueta negra, unos jeans ajustados y una camiseta gris con una estampa con letras. Se veía hermosa para él, la más bella que jamás hubiera visto.
—Hola… —Le dijo Simón, algo avergonzado.
—¿Qué sucede? Te da miedo hacerme esperar. —Alana soltó una risa.
—En realidad sí. —Simón también rio. —Nunca te he visto enfadada.
—Bueno, no soy tan terrible. Quizás solo sería indiferente si estuviera enojada. Pero no es el caso, así que tranquilo. —Alana lo miró apenada, recordando lo de su madre.
—¿Entramos? No veo la hora de ver qué lugar has escogido. —dijo el, eludiendo la mirada de Alana.
—Ojalá este bien, al menos yo siempre vengo.
El lugar parecía servir pasta italiana, tenía una estética hogareña y sencilla, y el aroma a embutidos y quesos invadía todo el espacio. Se ubicaron cerca de la ventana más amplia, para tener la vista de los árboles de lapacho amarillo que estaban en flor. Ella estaba un poco incomoda, y el también, a su modo. Ella creyó que algo había cambiado entre ellos, y que no debería tener muchas esperanzas.
—¿Qué vas a ordenar tú? —preguntó la chica, girando sus pies para distraerse.
—Quizá lasaña. Me gusta mucho y no la como muy seguido. —Simón sonrió.
—Genial… —Alana pensó un rato. —Yo también pediré eso.
Silencio.
Alana recordó las palabras de la anciana, con un pequeño nudo en el estómago.
“Tus horas felices no serán eternas,
los cabellos rubios de tu cráneo se tornarán grises antes de tiempo,
y cuando hayas encontrado al amor de tu vida
descubrirás a un viejo conocido.
Pero ambos padecerán males irrisorios,
que los perseguirán hasta el fin de los tiempos.”
—Hey, ¿Qué sucede? —Preguntó Simón, cortando el recuerdo.
—Nada, solo pensaba… —dijo ella, entre dientes.
—Me gusta como traes hoy el cabello. —empezó a decir Simón, mientras sonreía. —Es genial cuando está alocado.
Alana se sonrojó.
—Gracias…
—¿Cómo están tus padres? —preguntó Simón, para cortar la tensión entre ambos.
—Bien, muy bien. Están contentos de venir a vernos. ¿Cómo está tu mamá? —dijo ella, reprochándose internamente por preguntar eso.
—Ah… No lo sé, quizás no lo sepa hasta que vaya a verla. —Simón titubeó.
—Comprendo. Debe ser difícil. —lo miró a los ojos, para que no se sintiese solo.
Él también la miró, encontrándose con la mirada, anexando su historia. Ella se sentía avergonzada por los mensajes que se habían enviado, temiendo quedar como una persona chismosa y desagradable. Pero el nada creía de eso, solamente se sentía triste. Alana logró percibir la tristeza en sus ojos y tomó su mano, para que se sintiese acompañado. Se aclaró su mente turbada de miedos, y sujetó su mano, debía necesitar ayuda en un momento tan difícil.
Simón se sorprendió, pero aquel acto de amor lo sanó de una forma peculiar, se sentía más tranquilo. Fue como si cada fragmento de su corazón desquebrajado se uniera sin esfuerzo alguno. En los ojos de ella vio el amor que jamas había visto ni experimentado. Pero ahora su corazón palpitaba con rapidez, percibía en ella todo lo que necesitaba y alguna vez necesitó.
Se inclinó con los brazos sobre la mesa, y la besó. Fue el beso más largo que ambos hubieran tenido alguna vez, lento y luego apresurado, como si el mundo quisiese devorarlos y fuera su ultima vez. El sujetó su cuello con delicadeza, y acarició su cabeza, mientras el beso se tornaba más lento e intenso. Ambos se sentían como si estuviesen flotando en el aire, libres de los problemas terrenales de cualquier tiempo, como si solo se necesitasen el uno del otro.
Ella comenzó a sentir que su estómago chispeaba de la felicidad, cuando el mesero los interrumpió para traer los platos. Las dos porciones eran de un tamaño considerable, por lo cual se sorprendieron mucho.
—Vaya, este lugar es muy bueno. Son abundantes. —dijo Simón, mirando con los ojos muy abiertos el tamaño de la porción. —Hay que venir más seguido.
—¿Puedes creerlo? Además, sabe todo muy bien. —Alana sonrió, notando que él hablaba de ambos.
—Lo imagino. —Simón tomó el tenedor y comenzó a comer rápidamente.
Las porciones, por grandes que fueran, no duraron ni media hora en los platos. La comida era tan exquisita que no pudieron dejar nada. Mientras comían, ambos se percataban del brillo en los ojos del otro, se habían encontrado en el fin del mundo, en un peculiar centro de coincidencias que les ofrecía una oportunidad para amar de verdad.
Simón quiso acompañarla a su casa, pero ella se negó y le dijo que quería ver donde él estaba viviendo y de paso, conocer esa parte desconocida para ella del vecindario. Caminaron animados, conversando sobre todo tema que conocían, buscando cosas en común y maravillándose el uno del otro. No había defectos, costumbres toxicas, conflictos o traumas que los alejasen, que los dividiesen, había algo más allí que solo lo visible a los ojos. Los entrelazaba el hilo más fuerte del destino.
La casa era muy grande, de colores beige y rojo ladrillo. Contaba con grandes ventanales, y un bonito jardín con bastantes arboles pequeños. Entraron de la mano, casi inconscientemente y Simón llamo a Gael por todas partes, para saber si se encontraba en casa.
“Me voy hasta la cena, fíjate de comprar algo”
Simón había olvidado revisar su teléfono, y cuando hubo leído el mensaje, se rio en voz alta.
—Vaya, quien sabe dónde estará. —acotó, riéndose.
—Bueno… Otro día lo conoceré, es algo así como tu hermano. —Alana soltó una risa, estaba muy feliz. —Es un lindo vecindario, tiene muchos árboles.
—Sí, es tranquilo, además. No vive tanta gente. Mira, estos son mis platos. —Simón la condujo hacia la sala. —Son geniales ¿Cierto?
Alana soltó una carcajada al ver los platos planos con forma de cerditos, eran realmente adorables. El la besó nuevamente, y ella se dejó caer sobre el sofá. Él se sentía tan en calma, como si navegara en lo profundo de un mar errante, no podía recordar la ira que siempre nacía en su corazón, el rencor que lo mantenía vivo se esfumaba. La amaba.
Cuando le quitó la blusa sintió como si fuese su primera vez, y para ella fue uno de los momentos más especiales de su vida. Se sumergieron entre las sabanas de su cuarto, al que fueron lentamente y cerraron la puerta. Ella lo enloquecía y besaba cada parte de su cuerpo con euforia, quería hacerla suya para siempre. El primer acto fue tierno, sensible, el podía manejaba con tanta delicadeza que hizo que la joven se sintiera como una princesa. Su cuerpo se humedecía con el sudor de ambos, y reflejaba la luz de los rayos del sol que se filtraban por la ventana. Antes de continuar para el segundo acto, la curiosidad de Alana la poseyó y decidió hacer su pregunta. Estaban descansando, abrazados y la joven descansaba sobre el pecho ancho y fuerte de su amado.
—Puedo preguntarte… ¿Qué harás con respecto a lo de tu madre? —Alana escondió su rostro en el pecho de Simón. — Lo siento, soy tan estúpida.
—No digas eso. —interrumpió el. —Ya me decidí. Tomaré un vuelo hacia casa en unos días, pediré permiso en el trabajo. —dijo el, mientras Alana cambiaba su respiración, se sentía afligida por su aparente partida. —Y tú, vendrás conmigo.