Capítulo 35 De Alana en su adultez

1418 Palabras
Luego de la maravillosa velada con aquel que, ahora sentía como el amor de su vida, Alana flotaba en los aires más apacibles. Percibía que el aroma del mundo había mutado a vainilla, canela y miel, como si se tratase de un sueño hecho realidad. Lo que le Simón le había dicho superó cualquier pensamiento que lo podría haber previsto, fue una sorpresa tremenda para ella y no sabía cómo exactamente iba a proceder. Pese a ello, se hallaba tan relajada que se le hacía imposible abrumarse con algún problema, ya se le ocurriría algo. Nada que no pudiese solucionar oír la risa de su amado, con su chaqueta rasgada y con las manos en los bolsillos, le proveía la certeza de que todo estaría bien. Lo amaba tanto que no se lo imaginaba sufriendo, sería como sufrir en carne propia, sentir el suplicio en su interior como suyo, encarnando la angustia de la persona de la cual estaba enamorada. Él se ofreció a acompañarla de vuelta hacia su hogar, pero ella pidió un taxi antes de cualquier cosa, debía ser precavida. En la cena, el candidato de Paloma iría a su casa, y sus padres debían estar muy concentrados en ello como para tener que explicarles otras cosas. Por lo cual, se despidieron apasionadamente, sin ganas de dejarse ir nunca, aferrándose el uno del otro como si estuviesen en medio de una tormenta de viento. Ya en casa, tuvo un poco de tiempo para recostarse en su cama para mirar al techo, cayendo en la cuenta de todo lo que había sucedido en tan solo un día. En su cabeza divagaban tantas ideas maravillosas, como un florecimiento interno y sano, apreciaba la belleza abstracta de todo aquello que la rodeaba. Pudo observar en aquel espejo que la corroía en el pasado, que en esta ocasión le devolvía un reflejo imperfecto, que se construía irregular, con la belleza más singular del mundo. La suerte de encontrar a el hombre que la complementaba y nutría de lo que ella más había esperado, sacando lo mejor de sí misma, en plenitud. —Alana, ya casi es hora y vamos a comprar algunas cosas. Ya volvemos. —dijo su madre, mientras abría la puerta. —Te ves tan hermosa hija, realmente has crecido mucho. —Sonrió. —Genial. Aquí los espero. —contestó Alana, sonriendo también. Le parecía un milagro que no se hubiesen tomado a mal el cambio de planes, sobre todo porque se preguntarían muchas cuestiones, que giraban en torno a ella. Pero dentro de todo, era comprensible que quisieran que Paloma conociera a su candidato, porque tenían edades más parecidas. Aparte de toda la cuestión, Alana se comenzaba a preguntar como haría para pedir permiso en el trabajo para faltar tantos días, quizás no la dejarían y eso implicaría dejar solo a Simón, no quería pensar en esa posibilidad. Su madre debía de estar grave, aunque él no le dijese mucho ella lo sospechaba, lo veía en sus ojos, podía leerlo a la perfección. Tampoco podía sacarse la sensación húmeda y cálida que le había dejado aquel momento de pasión desenfrenada, donde lo desconoció por completo y amó ese lado oculto. En un principio, el la manejaba como a una muñeca de cristal, con tanta suavidad que estuvo a punto de derretirse de ternura, entre sus brazos endurecidos como el acero. El primer acto había sido casi sacado de una película romántica, suave y dulce, cautivador para siempre, e inolvidable. Luego, su transformación la impactó, cuando pareció ser poseído por la fuerza más grande del universo, y con una fuerza desmedida la levantó por los aires, dejándola enteramente desnuda, sosteniéndola con la fortaleza de un animal, girando sus manos firmemente. Pensó que se desarmaría de placer, ante su masculinidad implacable, enceguecido. Para el quinto acto, pensó que no resistiría su firmeza y su euforia, pero el placer la tentaba y la dejaba que se sumergiera en sus aguas tormentosas, empujada por el poderío de su amado. La había dejado plenamente sedada, volando en su relajación, como si se hubiera convertido en una pluma. Se dirigió como si tuviese alas, al comedor para tender la mesa para la cena. Debía estar todo listo para que la velada fuese perfecta. —Bueno, veo que te ha ido de lujo hermanita. —dijo Paloma, guiñándole un ojo. —Te ves bien. Que linda esta esa blusa, nunca te la había visto puesta. —Oh, sí, la tengo desde hace tiempo. —le contestó Alana, que nunca había querido usarla porque en el espejo se veía de una forma irreal, pensando que le quedaba mal y la hacía fea. Por primera vez, se contemplaba en la realidad sin la condición del miedo. —¿Y tú? ¿Estas nerviosa? —Supongo, lo normal antes de conocer a alguien que no me interesa. —lanzó una risita. —Que decir, creo que será divertido ver a qué clase de candidato me tienen preparado esta vez. Espero que no sea como el ultimo, que era verdaderamente un cretino. —Paloma blanqueó los ojos. —Ruego que no. —Alana también lanzó una carcajada, recordando a ese sujeto. —Te ves guapísima. —¿Tú crees? —Paloma titubeó unos instantes. —De todas formas, mejor si no le parezco atractiva. —Estás loca. —dijo Alana riendo, su hermana se veía bellísima, se había colocado delineador en los ojos junto con una delicada sombra oscura, que resaltaba su color verde y su profundidad. Llevaba una blusa de bordados sencilla, con una falda de tubo oscura y zapatos sin plataforma. Pero seguía viéndose hermosa, pese a no haber querido arreglarse demasiado. —Al menos la cena será increíble, hace tanto que no comemos la comida que hace mamá. —Paloma suspiró. Alana asintió con la cabeza, pese a que su alma se encontraba en otro sitio, a varias manzanas de allí, con su enamorado. Volver a verlo era lo que más añoraba, contaba cada minuto, pese a estar ocupada. En cierto modo se sentía mal por su hermana, que debía soportar el hecho de que sus padres hubiesen escogido la pareja perfecta para ella, claro está que no la obligarían a casarse ni mucho menos, pero podría pasar un mal momento y la posibilidad era grande. Su hermana ya había conocido a bastantes de las propuestas de sus padres, y siempre resultaban en desastre. Paloma era una chica difícil y no aceptaría ningún compromiso fácilmente. La puerta se abrió para dar paso a sus padres repletos de bolsas de compras, y rápidamente todo estuvo preparado para la cena. Toda la casa brillaba de lo limpia que estaba, cosa que era extraña, porque las hermanas no acostumbraban a limpiar a fondo. El timbre sonó, para dar paso a una nueva historia. El caballero ingresó por la puerta de entrada, listo para encontrarse con la dama a la que se esforzaría por cortejar. Lo que los ojos de Paloma contemplaron, fue al hombre más apuesto que jamas había visto en su vida, con la piel morena y los ojos del marrón más claro, casi miel tan seductores que Paloma no pudo evitar perderse en ellos. Era tan alto y fuerte, que se sintió más menuda que nunca, estaba tan sorprendida con su candidato que solo atinó a saludar fríamente. —Buenas noches señorita. —dijo Aarón, como salido de una película de caballeros y damas antiguas. Tomó la mano de Paloma, y la besó educadamente. Luego saludó al resto de su familia. —Hola Aarón, ¿Qué tal el viaje? —preguntó el padre de las chicas, que lo conocía desde hace tiempo. —Debes estar hambriento. —Sonrió afectuosamente. Toda la familia se encontraba sentada en la mesa, listos para cenar animados, pero Aarón y Paloma se aislaron por un momento a un extremo de la larga mesa, compenetrados en una conversación sumamente interesante para ambos. Cualquiera que los viese, sabría que tenían demasiado en común, casi los mismos intereses. Él era muy conocedor del ámbito de la historia y las ciencias políticas, temas que a ella la apasionaban de forma desmedida y encontrar a alguien con quien platicar de ello la ponía muy feliz. Aarón era cautivador, cordial, seductor e interesante, Alana vio su hermana se dejaba hechizar por su forma de ser, y comprendió, que sería el hombre indicado. Se sintió tan contenta por ello, que olvido todas sus preocupaciones para cenar a gusto con sus padres, su hermana y su seguramente, próximo cuñado.
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