Capítulo 36 De Simón en su adultez

1342 Palabras
La vida ahora giraba sobre otros ejes para él, se percibía a si mismo tan liberado. Como si todo el fuego de su interior se hubiera convertido en agua fresca y cristalina. El fuego que emergía de su cuerpo cuándo se unían, era la sensación más adictiva que había experimentado y la amaba, amaba la forma en la que lo hacía fluir con tranquilidad y con euforia al unísono. Le mandaba mensajes bastante seguido, y por ello es que se percataba de que algo andaba mal con respecto a sus padres. Estaba seguro de que ella no quería que se conocieran, imaginaba que no permitirían su relación, después de todo él no contaba con el mejor de los pasados. Los padres de Alana siempre habían sido estrictos, y con la edad se habrían puesto aun peor, pero algún día debían de enterarse. Pensó que sería bastante complicado realizar el viaje, pero ya lo estaba orquestando de modo en que no fallará. Quería ver a su madre, aunque fuera por última vez, no se lo perdonaría si no llegaba a tiempo, por lo cual debía actuar de prisa. Cuando llamaba a sus tíos, solo recibía evasivas que lo ponían aún más nervioso. El vaivén de emociones lo estaban mareando, por lo que al salir del trabajo se quedó el resto del día en su hogar. Gael llegó para la cena, y Simón se preguntaba como estaría su chica, que le había comentado que cenaría en familia. —¿Entonces…? —preguntó Gael arrojándose sobre el sillón. —¿Ya te casas? —rodó los ojos. —Si claro. —Simón lo golpeó levemente en el brazo. —Al final no compré nada. —¿Qué? —Gael arqueó una ceja y echó la cabeza hacia atrás. —Ya venía mentalizado. —Bueno, algo haré, como yo te mentí, yo voy a cocinar. —Simón sonrió, estaba de muy buen humor. —Eso es peor. —Gael dejo escapar una carcajada. —Te ayudo, de paso me cuentas. Simón abrió el refrigerador con los ojos desesperanzados, ninguno había recordado ir por provisiones al supermercado, por lo que solo quedaban dos huevos, cuatro papas y nada más. Un panorama desalentador, se maldijo a si mismo por no recordar comprar algo a tiempo. Pero algo debía de ocurrírsele, al menos el refrigerador no estaba completamente vacío. En paralelo, su corazón palpitaba fuerte, algo estaba cambiando dentro de él, algo podía suceder. Otro presentimiento de aquellos, como el que tuvo con su madre. La sensación de que un martillo le aplastaba el pecho internamente, lento, a cuentagotas. No podía comprender como había pasado de un estado a otro de forma tan repentina, el éxtasis y la felicidad se iban aplacando. Como si algo fuera a revelarse, dejando al descubierto, en carne viva. Gael veía la televisión desde el living, cambiando de canal sin hallar algo de su interés, y de a ratos volteaba hacia la cocina riendo, imaginando que no habría cena. En una de las veces que fue a ver, encontró a su amigo sentado en el suelo, con los ojos enrojecidos. —¿Qué demonios te pasó? —preguntó Gael, mirándolo allí en el suelo, desconcertado. Simón no contestó, no tenía palabras. —¿Estas bien? —le repitió, algo preocupado. Otra vez, reinó el silencio. Los ojos de Simón no lo veían. —Oye… —Gael titubeaba, no tenía idea de lo que podría estar pasando. —Nada, creo que estoy imaginando cosas. —contestó al fin Simón, agarrándose la cabeza. La piel se le veía más pálida que nunca. Tenía los ojos como encendidos por fuego, y el ceño fruncido. —No entiendo… —Gael se asustaba. —¿Qué te has imaginado? Simón se quedó en silencio por otro rato, dudando en contarle a su mejor amigo todo lo acontecido, resolviendo en que era lo mejor. —Algo vino a mi cabeza… Lo que sucede es que, mi mamá está enferma. —hizo otra larga pausa. —No he tenido tiempo de contarte… Está internada, no sé cuánto tiempo le quedará. —No me habías dicho nada, amigo, debe ser terrible… —Sí, he decido que iré a verla. —Simón dudó en seguir hablando. —Te acompañó, no vas a ir solo. De todas formas, ahí también vive mi familia. — Gael se veía decido. —Ese no es el problema, lo que pasa es que he tenido como “recuerdos”, muy extraños… Como si algo pasara en mi cabeza. —Agachó la vista, desganado. —¿Cómo qué? —Gael escuchaba atentamente. —Es que… He visto el refrigerador…. —Simón seguía dudando, aun no quería hablar sobre ello. —¿Qué viste allí? —preguntó su amigo, cada vez más confundido. —Solo había papas y huevos, y entonces quise recordar si me sabía alguna receta con eso… —Su voz se entrecortó. —Pero en casa nadie jamas hacía de comer, solo mis tíos compraban la comida ya lista… Fue ahí cuando recordé algo confuso. Como si yo estuviera de niño, almorzando algo como una tortilla, pero de papas, armada con huevo. Pero eso no es lo más raro… —Simón volvió a bajar la vista al suelo. — Mi mamá me la había preparado… Como si ella hubiera estado bien en algún momento de mi infancia. —Entiendo, debe ser difícil… —Gael intentaba no decir nada que pudiese fastidiar a su amigo. —¿Cómo sabes que no es real? —No lo sé. Mis tíos dicen que mi madre siempre ha estado enferma. Pero el recuerdo fue tan real, como si hubiese pasado de veras. Te lo juro. —Simón lo miró a los ojos, buscando una respuesta. —Puede que, si sea real Simón, yo a veces me acuerdo de como peleaba con mi hermano cuando teníamos tres y cuatro años… Son como memorias que quedan… Quizá tus tíos se confundieron u olvidaron. —Eso no fue lo más raro, al menos para mí, también se me vinieron imágenes de mi niñez un poco más sombrías. Estaba el medico que atendía a mi mamá, que me atendió a mí de adolescente, pero en el recuerdo de pantallazo yo era muy niño. También me obligaba a tomar unas pastillas… Pero nadie me ayudaba, por más que estuviese gritando. Todo pasaba tan rápido. —Simón tosió. —Mi tío me decía que el doctor sabía lo que hacía. —¿Todo eso recordaste? —preguntó Gael, consternado. —Si… Como si fueran pantallazos al pasado, como si me hubiera olvidado y ahora lo recordara. —¿Y no te habrás olvidado de lo que paso, y ahora te estas acordando? —Eso pienso… Pero entonces significaría que no todo lo que creía cierto lo fue en realidad. —Simón se agarró nuevamente la cabeza. —Ya se nos ocurrirá algo para saber. Supongo que alguien sabrá. —Gael pensó unos segundos antes de seguir hablando. —Pero no te enrolles, no te deprimas. —Ya se, es que tengo un mal presentimiento. —También yo. —confesó Gael. —Desde hace unos días, pero podemos pelear contra todo ¿Eh? —Supongo… —Ya voy a llamar a mi mamá a ver que averiguó. A lo mejor algo se nos escapa. —Gael sonrió y se levantó del suelo, ayudando a su amigo. —Ahora si recuerdas algo, podemos intentar hacer esa tortilla. Vamos a ver si logras recordar más de eso, significará que es verdad, supongo… —Es buena idea. —Simón abrió los ojos como platos, a veces a su amigo se le ocurrían ideas ingeniosas. —Así no enloqueces, y de paso me cuentas sobre la chica. ¿Me has dicho su nombre siquiera? — Gael sacó las papas de la nevera. —Alana. Si la conoces, creo… Las papas iban en rodajas, las freímos y después las mezclamos con huevo crudo para que quede armada. —Explicó Simón, recordando perfectamente la receta de la tradicional “tortilla española”.
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