Capítulo 37 De Ali en su juventud

1308 Palabras
En el prado de las almas más mezquinas, no podía desactivar su prisión, en su laberinto cumplía cada orden que le llegaba por correo. Las fotos seguían siendo enviadas, cada vez más subidas de tono, cada vez cumplía más las perversiones que se le exigía el verdugo, dejando un trozo de su alma y espíritu en cada una. Al final del día su cansancio era tan grande que le impedía seguir de pie, y se desvanecía en su cama, deshecha en lágrimas que intentaban limpiarla de aquella carga que portaba en sus hombros. Que la destruía desde su corazón, interrumpía la poca paz que afloraba, exterminaba los recuerdos felices. Su tiempo la atormentaba y la vergüenza la corroía. Se pasaba horas con la mano sobre su vientre, observando por la ventana de su cuarto. Cuando iba al trabajo, no hablaba con nadie más que con Sofía, su única confidente. Se sentía tan impúdica, que no podía ver a nadie a los ojos sin avergonzarse. La pena la inundaba por momentos, cuando rememoraba su tierna e intensa historia de amor, cuyo final había sido el más trágico e impensado para ella. El hecho de ver a Aarón coquetear continuamente con Leila, le hervía la sangre, pero no era capaz ni siquiera de verle a los ojos, luego de todo lo ocurrido. El bebé que se gestaba en ella era tan violento, que la hacía retorcerse del dolor, como si estuviera enojado desde su vientre. La asustaba pensar que su hijo o hija crecería sin un padre que lo reconociese. Ali no soportaba la idea de ser considerada una ramera obscena ante los ojos de todas las personas de la ciudad, y que su hijo crezca acompañado de aquellos rumores terribles. Todo pendía de un delgado hilo, toda su reputación se tambaleada, siendo sostenida por las fotos que le enviaba por correo al sujeto que tenía la llave de su futuro. No quería ni siquiera pensar hasta donde llegaría el asunto, o cuando acabaría, porque la incertidumbre la mantenía segura de una realidad en la cual todo saldría terriblemente mal. Tatiana se había portado muy bien con ella, había sido el único consuelo que la acompañaba en su momento más difícil. Antes se peleaban tanto, que no habría imaginado que podrían llevarse tan bien. Su hermana se encontraba muy entusiasmada con el nacimiento de su sobrino, que solo se la veía alegre y feliz por su llegada. Cada día volvía a casa con bolsas de compras para bebé, repletas de ropa, juguetes y accesorios. Estaba convencida de que sería una niña, y también había pensado en nombres femeninos, le gustaba mucho el de Laura, o Jazmín. Su cuñado no se veía tan feliz que digamos, pero como su carácter habitual era frio, no les preocupaba en lo absoluto. Aquel día había recibido otro correo con otra petición, la costumbre hacia esa rutina humillante le drenaba la sangre, hasta dejarla vacía. El correo decía tantas frases desagradables, que estuvo a punto de vomitar. Tatiana le había aconsejado que no debía volver a hablarle a Aarón, porque no se lo merecía y ella concordaba, pero lo extrañaba tanto. El calor de su piel la complementaba tanto que sentía que no podría seguir viviendo sin él. Como pareja había pasado los mejores meses de su vida, colmados de placer y cariño, que ahora se sentía absorbida por la soledad cortante y abrumadora. Aarón casi ni la registraba, la ignoraba, la despreciaba y suponía lo peor de ella. Se preguntaba si tenían posibilidades de recuperar su relación, que se pintaba de color de rosa y se había desbaratado de forma tan simplista. Al día siguiente de su ruptura, la ida al trabajo se había convertido en un infierno. El arrojaba veneno a su paso por toda su oficina, con un gran desprecio hacia ella en específico. Incluso compró café para todos sus compañeros menos para ella, cosa que le pareció muy inmaduro de su parte. Era como si se tratase de otra persona completamente distinta, irreconocible y cruel. Su lado sensible quería echarse a llorar todo el tiempo, pero no perdería la poca fuerza que le quedaba ante tal pequeñez, en comparación a sus otros problemas. —Ali, ¿Te quedas el día de hoy? Recordó en su mente, cuando culminaron su pasión eufórica en su casa, antes de la cena. Él tenía una creatividad infinita para la intimidad, se derretía ante él y jugaban a los más intrépidos juegos que los desvanecían de placer. La luz azul del ensueño los envolvía cuando estaban juntos, y ahora se esfumaba entre desdenes y uñas rotas. —¿Cómo puedes estar tan feliz? —decía la voz de Alan desde el cuarto de su hermana. Ali podía oírlos si no hacía sonido alguno. —Basta Alan. —contestó su hermana. —¿Qué no ves que no es capaz de sostener su propia vida? Es irresponsable, no puedes dejar todo así. —No es de tu incumbencia. —Claro que sí, yo soy responsable por ti y, por ende, por ella y el bebé. ¿Están locas o qué? —Alan perdía la paciencia. —Soy capaz de ayudarla yo sola, Alan. —Ya sé, no dudo de ello. ¿Consideras que ella es capaz de cuidarse sola? ¿Cómo lo hará con un niño? —Por eso te digo que voy ayudarla. —Tienes que pensar con claridad, Tatiana, te estas volviendo como ella. —¿Qué tratas de decir? —Tatiana comenzaba a enfadarse. —No se puede hablar contigo, estas fuera de ti misma, ya entenderás. Ojalá no sea tarde. —La voz de Alan se tornaba cada vez más severa. —Ya déjame un rato a solas, no quiero hablar más. —Tatiana se afligía. —No quiero hacerlo. —Alan se hallaba más frio que nunca. —Entonces yo me iré. —replicó Tatiana con firmeza, retirándose del cuarto. Ali escuchó la puerta principal abrirse y comprendió que su hermana se había ido, tal como le había dicho a su pareja y no volvería por un rato. La puerta de su cuarto se abrió. —¿Te das cuenta todo lo que haces? —Alan entró violentamente, azotando la puerta. —No quiero que me hables. —Contestó Ali, reservada. —Pues tendrás que oírme de igual modo. —Hizo una pausa para carraspear. —No creas que no te conozco y no sé qué es lo que eres. Ali lo miró desconcertada, escudriñando a su cuñado para ver qué es lo que tramaba. —Sé que tienes las bragas sueltas casi todo el día, no te hagas. —Soltó una risa cínica. —¿O que crees que soy imbécil? —Cállate Alan, deja de hacer suposiciones. —La voz de Ali se quebraba por la vergüenza. —Si… Intenta callarme, pero yo sé que te entregas a cualquiera que pase por ahí, por eso te embarazaste del tipo con el que salías hace menos de dos meses. —Alan la miró fijamente de pies a cabeza, ella llevaba puesto un camisón de seda, el parecía como si la despreciase más a cada segundo. Ali calló, no encontraba palabras para defenderse, la cegaba la posibilidad de que descubriese algo sobre los correos. —Abre la boca, di algo, dime que no traerás esa criatura al mundo a sufrir por tus perversiones. —la vio con furia, mientras apretaba los dientes. —Tienes suerte de que tu hermana sea tan considerada contigo, si fueses mi hermana ya te habría echado a la calle. Aquello fue demasiado para Ali, que se echó el cabello para atrás y lo enfrentó. —Esta casa es mía y de Tatiana, aquí el extraño eres tú. —dijo Ali, con fortaleza en su mirada, la poca que aún conservaba. —Y también será de mi bebé.
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