Capítulo 38 De Simón en su adultez

1672 Palabras
Gael estaba seguro de que su amigo no alucinaba, por lo cual decidió llamar a su madre unas cuantas horas para averiguar algo que los ayudara. Era su mejor amigo, casi un hermano para él, y no quería que arruinara su relación con Alana con sus problemas familiares. Nunca lo había visto tan atrapado con una chica, y parecía que ella sacaba lo mejor de él. En secreto, a veces cuando eran adolescentes, temía que se volviese loco como su madre, pero con el tiempo comprendió que Simón no era ni de cerca alguien desequilibrado, sino un chico con problemas de la ira, pero con buen corazón. Su madre tampoco lo juzgaba, es más, jamas hablaba de Ali con desprecio como las otras personas, incluso no quería hablar sobre ello para no incomodarlos ni hacerlo sentir mal. En su casa, Simón era uno más en su familia, y por ello sabía que su mamá lo ayudaría con aquel delicado asunto. Primero decidió contarle lo de su viaje de visita de regreso, que la puso tan contenta que casi no pudo seguirle hablando. Cuando al fin sacó el tema, su madre se oía confundida. “—¿Es que…? ¿Él no lo sabe?” Le había preguntado, y fue ahí cuando Gael supo que se avecinaba una tormenta. Su madre le dijo que, desde los tres años del niño, su madre cayó en los problemas mentales que ahora padecía, pero que no fueron desde siempre, tuvieron un origen. Lo importante es que el niño había pasado tres años con su madre sana, de los cuales casi no recordaba nada en su adultez. Su madre quiso saber más, pero Gael no quería exponer toda la situación que su amigo le había confiado. Con toda la información, pensó en cuál sería la mejor opción para él, para que no saliera herido y más confundido de lo que estaba. Tuvo que hacerle la pregunta nuevamente, la que le había hecho en innumerables ocasiones en su juventud y ahora volvía a intentarlo. “—Mama, ¿Tu sabes quién es su padre?” Sabía que, si hallaba esa respuesta, Simón desbloquearía un capítulo crucial en su vida, pero jamas tenía éxito. Otra negativa, debía buscar por otros lados. “—Mama, ¿A él lo drogaban?” Esta era una pregunta completamente nueva. “—Su familia decía que era necesario, pero no decían mucho sobre ello, no al menos a mí.” Ahora tenía sus certezas bien puestas, pero era una realidad muy cruda para volcarla toda sobre la mesa. No quería seguir indagando por miedo, quizá podría haber más y se sentía tonto al no preguntar antes. Pero antes él no había hablado sobre ese tipo de cosas con él, es más, jamas siquiera se refería a su madre de ningún modo. Volvió a preguntar, para acumular más información. “—¿Desde hace cuánto lo medican?” Silencio, su madre trataba de hacer memoria esforzándose, pero había pasado tanto tiempo que no recordaba tan fácilmente. También para ella era un asunto delicado. La respuesta llegó después de una espera que se le hizo eterna. “—Gael, por favor, no juegues con estos temas serios. Él es medicado desde que es muy pequeño, quizás desde los tres años por lo que recuerdo, desde que a su madre le ocurrió lo que todos ya sabemos. Piensa que un niño no puede controlar sus emociones. En el barrio se decía que el niño era difícil desde muy pequeño y debían controlarlo de alguna forma.” Otra pausa agravada por la tensión de las palabras de su madre. “—Si tú vas, y le cuentas todo eso. ¿Quién sabe cómo va a reaccionar? ¿Y si te hace daño a ti? ¿Y si pierde el control? No dimensionas lo que puede llegar a ocurrir si trastabillas el mundo donde él ha vivido.” Gael se despidió de su madre prometiendo escribirle antes de subirse al avión, pero estaba tan cargado de problemas que se había puesto de mal humor. Cuando salió de su trabajo, compró una buena cantidad de cervezas y tres pizzas para llevar a su casa, realmente necesitaría mucho valor para tomar alguna decisión. Le comunicó a Simón que llevaba el almuerzo por teléfono. Comenzaba a ponerse muy nervioso, con las advertencias de su madre retumbando en su cabeza. El miedo podría petrificarlo si se lo permitía y nunca se lo perdonaría. Llegó primero a su casa y se quedó esperando a Simón en el comedor. Pasaban las horas, pero su amigo no llegaba. Le pareció que la espera se hacía más insoportable conforme pensaba en que le iba a decir y como lo haría para no desestabilizarlo, ya que comprendía que no la estaba pasando bien. Estuvo a punto de enviarle un mensaje, pero cayó en la cuenta de que ambos eran adultos y sería exagerado hacer algo así. Esperaba, mientras veía la televisión sin poder concentrarse en el programa que transmitía, como si estuviese viendo con los ojos cerrados. Cuando el hambre lo venció, tomó varias rebanadas de pizza y las engulló tan nervioso, que le produjeron dolor de estómago. El haber bebido la cerveza solo le estaba provocando sueño, pero no podía dormirse antes de verlo. Por otra parte, Simón había pasado a ver a Alana a su trabajo, por lo cual estaba muy demorado. Alana lo puso al día sobre lo ocurrido con su hermana y su nuevo enamoramiento, omitiendo que aquel sujeto iba a ser presentado a ella en primer lugar. Alana se sentía culpable al iniciar una relación en base de mentiras, pero no creía que hubiese otra opción mejor. Simón por su parte, presentía que algo no cuadraba en los ojos de la chica, pero no quería meterse en su vida ni tomarse tantas atribuciones. Simón caminaba hacia su casa lentamente, aflorando en su corazón nuevamente el amor. Nuevamente se sentía más calmado, luego de estar unas pocas horas con su enamorada, el alma le volvía al cuerpo. Quiso pasar por el restaurante chino, para encargarle a su amigo una artesanía para su tía, para llevarle de regalo. Allí pasó casi media hora, entre charlas y esperas, porque aquel sitio siempre estaba repleto de clientes, pero Simón ahora contaba con toda la paciencia del mundo. Sentía el viento sobre su piel como una sensación fresca y agradable, viendo todo a su alrededor con ojos más amables, contrario a su pasado, donde sus ojos oscuros y hostiles lo juzgaban todo a su alrededor con su instinto de supervivencia al límite. Pensó en cuanto había cambiado, en tan poco tiempo, y casi no se reconocía a sí mismo. Era cierto que ya había cambiado un poco al mudarse, cuando el cambio de aires lo hizo adaptarse a la sociedad en la que debía vivir. Aplacando un poco su carácter explosivo, que le traía siempre tantos problemas, y casi le habían quitado la vida alguna que otra vez. También se había propuesto dejar el cigarrillo, pero era una meta a largo plazo. Se llevaba bien con Gael desde hacía muchos y jamás se habían peleado, cosa de la cual estaba agradecido consigo mismo. Entró por la puerta de entrada, directo al living, donde encontró a su amigo con cinco latas de cerveza junto a él, casi dormido, con el televisor encendido y una caja de pizza vacía. —Desgraciado. Te comiste todo. —Simón lo zamarreó, no aguantando la risa ante la situación. Gael abrió los ojos como platos, pensando que aun soñaba. —Desgraciado tú, que te esperé por horas. —dijo Gael entre dientes, fastidiado. Se acomodó en su asiento y abrió otra lata. Simón lo imitó. —Hay otras dos cajas en la cocina. —Gracias al cielo. —Simón fue hacia la cocina rápidamente, luego depositó las cajas en la mesa del living. —Este, como decirlo… —Farfulló Gael, con el tono de voz embriagado, asustado y al mismo tiempo encorajado. —Déjame pensar. —¿Qué? Estas muy ebrio viejo, y es día de semana. —Simón ladeó la cabeza, mientras cambiaba de canal en el televisor. —Es necesario. —replicó Gael con determinación. —Tú no sabes nada. —Ya se, nunca fui muy listo. —le dijo su amigo sarcásticamente, al tiempo en que engullía tres porciones al hilo. —No hablo de eso, cállate que me confundes. —Gael se agarró la cabeza con ambas manos. —Bueno está bien, ya me asustas. —Simón lo miró confundido. —¿Qué te ocurrió? —Pues a mí nada, pero antes que diga cualquier cosa… Prométeme algo. —le dijo con seriedad. —¿Es en serio? Parece que has enloquecido… —Simón soltó una carcajada. —Tu di que sí o que no. —Insistió Gael apurando su lata de un sorbo largo. —Sí, sí. —Hable con mi madre ¿Si? Tus “sospechas” resultaron ser ciertas. —hizo una pausa para ver cómo estaba reaccionando, pero Simón no decía palabra alguna. —Hablo de TODAS. —¿Cómo que todas? —Lo que dije, todo en lo absoluto, incluso lo de las drogas. Simón quedo estupefacto, paralizado ante tal averiguación dicha a la ligera. —¿No es una broma? —preguntó con el ceño fruncido. —No, imbécil. Como crees eso. —contestó Gael, ofendido. —No te vuelvas loco. —¿Cómo mi madre? —Simón lo observo desafiante, con sus enormes ojos negros fijos en él. —Aja, no me pongas esa cara. —Gael le devolvió la mirada inquisidora. —Te lo dije porque eres mi amigo. Punto. —¿Por qué me lo dices ahora? —Simón, con los ojos enfurecidos, apretaba los puños. —Es simple, sé que no eres listo ahora que lo mencionas. ¿Qué no ves que se lo acabo de preguntar a mi madre? —Gael suspiró y terminó su lata, mientras tomaba otra rebanada de pizza, que ya se encontraba completamente fría.
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