Capítulo 20 De Ali en su adultez.

1000 Palabras
—Cata cata, baila para mí. —La mujer, en el suelo del patio trasero, les hablaba a las hormigas. Ali se encontraba tendida en la parte de cemento del patio, donde generalmente hacían parrilladas los fines de semana. En aquel momento, se sentía agitada. El sol le calaba la espalda y ella no parecía reparar en ello, el sudor le empapaba la espalda. Pensaba en los pedazos de césped que había arrancado, y que ahora tenía en su mano, pensó que ella era como una hormiga. Le costaba trabajo mirarlas con atención, se dispersaba con facilidad y su vista se desenfocaba por consecuencia de la ingesta excesiva de medicamentos. En aquel mundo, pequeño, que observaba, se creaba a ella misma como a una hormiga roja, valiente y fuerte. Sostenía en sus brazos un bebe, también rojo como ella, y la abrazaba. En carne y hueso sentía el calor de su amor. De su boca comenzaron a salir fragmentos de canciones, que guardaba en su corazón con esmero, recuerdos que atesoraba entre los pliegues de una mente colapsada. “La costumbre tan efímera, el abrazo más fuerte no hay quien pare el andar de un amante valiente” La voz se le quebraba de a ratos, factura de gritar continuamente, pero la letra continuaba exacta, jamas se le olvidaba. “Los pasos en falso pueden consumir a un perro viejo las horas que se nos pasan a los que perder si sabemos, préndeme en la luz más tenue, para que no se me vea el alma desnuda” Era su canción favorita en el mundo, y la cantaba casi a toda hora, cuando estaba de buenos humores. Donde terminaba el ocaso de las deliradas frases que brotaban de sus labios. Quería cantarles a las pequeñas hormigas coloradas, viéndose allí con ellas, igual de diminuta y caminante. Cuando se visualizó con el bebé, una sonrisa se dibujó en su rostro. Se vio caminando hacía su hormiguero, con seguridad y alegría. Los pasos de la hormiga se hacían más lentos, tanto que parecía que jamas llegaría. —¡Ya! —gritó, portando un inicio de ansiedad. —Apúrate por favor, deben llegar. —comenzó a morder sus uñas y la piel de los costados con desesperación. Pese a su aliento las hormigas no avanzaban, sino que bajo su vista se habían detenido por completo. Un pequeño grupo comenzó a moverse en círculos, planeando algo. Ella vio que su hormiga temblaba de miedo, a punto de soltar al pequeño que llevaba en sus brazos. El grupo la rodeó y comenzaron a acercarse cada vez más. —¡Estúpida! Te devoraran. ¡Haz algo! —Esta vez gritó con más fuerza. En su mente unas palabras resonaron. “Quedan separados del acuerdo, imposibilitados de obtener su justicia, una pena.” —¡Alguien ayude! ¡Los van a matar! —Su voz volvía a quebrarse. Las lágrimas le humedecían las mejillas, por un momento creyó que se quemaba su rostro, confundiendo al calor del sol con las llamas de un horno. Quiso hacer a un lado al grupo con sus manos, pero fue en vano, ya no podía moverse. Otra vez esa terrible parálisis, el pánico se acrecentaba, su corazón latía con fuerza. Las palabras flotaban en el panorama tan desalentador, la madre y él bebe eran próximos a un destino fatal. “Custodia a los condenados” “Reclusión” El estómago comenzó a dolerle, como de costumbre, próximo a unas nauseas terribles. Su camiseta empapada de sudor apestaba, y mientras el sol volvía a golpearla, seguía gritando auxilio a esos pequeñines, en busca de algún oyente. El dolor cesó, cuando la hormiga tomó valor y huyo hacia el hormiguero, Ali festejaba bailando en el suelo, tarareando su canción. Era posible, se dijo, huyo y serán felices, el hogar los mantendría a salvo. El grupo no intentó seguirlos, sino que solo observaba. El sonido se apagó de golpe, y las luces cayeron, cuando un zapato aplasto a los sobrevivientes de repente, con un golpe en seco. “Finalización de la acción, rotundamente” Ali mordió con fuerza la pierna del atacante, sin dejar de gritar la palabra “asesino”. —¡Basta loca! Ya te toca la medicación. —La voz de Alan interrumpió el momento de ira, pese a ello Ali seguía enfurecida y no paraba de llorar. Mordía y arañaba, luchando por que no la llevaran a su cuarto, pero allí fue cargada por su cuñado a la fuerza. En su cabeza borboteaban las aguas más saladas y turbulentas, la vista se le volvía a nublar. —¡Desgraciado, mataste a mi familia! —dijo entre dientes, antes de que el la depositase en su cuarto. —Ya cállate, voy a cambiarte, hueles horrible. —le dijo el a secas, sin mirarla. Estaba de mal humor por lo que le había sucedido a su sobrino, y lo fastidiaba haber tenido que quedarse a cuidar a su cuñada. Ella lo maldecía con la mirada, luego de orinarse encima, cuando él quiso quitarle los pantalones para cambiarla. Lo odiaba tanto, y su odio crecía aún más, cuando el pasó sus manos por sus pechos, que seguían tan pronunciados como siempre. Los sujetó y jugó con ellos un buen rato, y la pobre Ali a penas se daba cuenta, bajo los efectos de los somníferos suministrados. El no tuvo reparo en que se había orinado, solo pensaba en someterla un poco, para que no le volviese a hacer ningún escándalo. Siempre había hecho eso con su demente cuñada, ya que nadie le creería si llegase a contarle a alguien. Cuando se despertaba, se sentía muerta por dentro luego de soportar tales castigos. Mientras dormía con los ojos abiertos, la mujer que antes era una bella chica inteligente, trabajadora y excelente madre, sufría en silencio los abusos de un presente funesto. Donde las bestias la acorralaban y no podía entender toda la historia, porque se nublaba su juicio cada vez que intentaba despegar.
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