Capítulo 19 Simón en su adolescencia

1178 Palabras
No lograba respirar con facilidad, el dolor lo inmovilizaba y tampoco podía conciliar el sueño. En el hospital, el frio de a ratos le calaba los huesos y tenían que taparlo con una manta. Su tía lo acompañaba en la silla de al lado, de a ratos la observaba sollozar. No podía hablar, por su mandíbula rota y hasta que no se la operaran no podría soltar palabra alguna. Su vista se nublaba de a ratos y tenía los ojos muy hinchados, morados y casi no podía ver. Todo su cuerpo había sido maltratado, había recibido la mayor golpiza de su vida y su vida aún corría peligro. Tenía varios órganos comprometidos y muchos estudios pendientes, los médicos hacían su mejor esfuerzo en salvarlo. Se sentía incómodo y por momentos el dolor lo enloquecía. El abdomen fue el más golpeado de todos, y lo hacía pagar el precio de la confianza cada vez que respiraba. Sus recuerdos, al principio fueron borrosos, pero pronto recordó todo a la perfección, para su desgracia. Más que cualquier dolor físico, su orgullo dañado lo llenaba de una cólera incontrolable. Intentaba no pensar en ello, porque incluso llegó a pensar que los pensamientos también le dolían. La voz de la chica resonaba en su mente, como una serpiente que se mofaba de él y de su sufrimiento. Había caído en sus encantos, y aquella noche se habían ido juntos a un sitio “más tranquilo”, luego de tener una pelea en los vestidores. Ella lo volvía loco y quería tenerla, por un corto tiempo, pero quería tenerla. Se había propuesto esa meta desde que la vio, una chica a la cual nunca había visto en la ciudad. Se habían separado unos minutos antes de ir a la casa de la joven, que le dijo que sus padres no se encontraban en casa. Caminaron bastante antes de llegar, y él tuvo una extraña sensación de peligro que debió oír. Pensó que alguna vez había ido por allí, porque esa casa le resultaba familiar, pero no lograba atar los cabos que unirían todo su destino. La habitación estaba limpia y era amplia, no parecía pertenecer a una chica. El acto había sido rápido, ella dejo que el la desnudara fácilmente y ambos estaban desenfrenados. El amor no rondaba en el aire, pero si el deseo de parte de ambos, y el frenesí cautivaba los ojos de la joven desvergonzada, gimiendo en voz alta. Él también se dejó llevar, disfrutando del cuerpo de la joven que apenas había conocido, y ya encontró en flor. Cayeron desplomados sobre las sabanas, el cerró los ojos relajado y la vio a los ojos, algo andaba mal en ella. —Vístete chico. Me has gustado mucho. Vaya que tienes chispa. Una vez terminada su frase, supo que algo terrible se avecinaba, lo sintió con cada hueso. Se vistió rápidamente para irse, incluso corrió, pero nada fue suficiente. El golpe en la cabeza lo mareo, e intento defenderse en vano, un rostro conocido lo enfrentó con una sonrisa de vencedor, su antiguo compañero de boxeo con el que había peleado hacia un tiempo, al que había hecho enfadar. Le inyecto una droga que lo mantuvo inmovilizado, y gracias a eso el dolor no lo invadió tan bruscamente. Primero lo sorprendió el golpe en la mandíbula, que su compañero le profirió con un bate de béisbol. El crujir de varias muelas se hizo notar. Por consecuencia, quiso escupirlas a un lado, recibiendo otro golpe en el abdomen, que lo hizo doblarse, y no contento con ello, le proporciono tres más en el mismo lugar. Luego otros dos en el pecho, uno en la entrepierna y por ultimo un tajo en la pierna. Después de eso pudo sentir muchas patadas, pisadas, alguien le jalaba el cabello. Después de eso, oscuridad, una corriente eléctrica recorría todo a su alrededor y se creyó morir. Lo arrojaron sobre alguna calle, con su chaqueta negra rajada y maltrecha. Abandono su conciencia para caer en un sueño largo y repleto de pesadillas. En ellos, mucha gente extraña jalaba de todas sus extremidades hasta arrancarlas, y él no podía hacer nada para evitarlo. Suponía que era el precio a pagar por meterse siempre en problemas, las advertencias que siempre le daba todo el mundo. Su tía estaba destrozada cuando se enteró de la noticia y junto con su tío acudieron de inmediato al lugar donde los vecinos lo habían encontrado. El suspenso fue terrible para ellos, el hecho de no saber si su sobrino sobreviviría a semejante paliza y no poder hablar con él ni siquiera un minuto. Rezaron toda la noche, buscando consuelo en las palabras de los médicos, haciendo lo imposible para salvarlo. Desde el primer día de internación, su tía le había estado leyendo el único libro que alguna vez le había gustado, uno bastante sencillo e infantil que trataba sobre un caballero que se convertía en león cuando el tiempo apremiaba. El escuchaba por momentos y se entristecía, lo invadía la culpa y el deseo de que nada jamas hubiese ocurrido. Pero ya era irreparable, ahora solo podía intentar mejorar en el futuro, si lograba salir del hospital. Aquel placer que vivió de refilón en un amorío inesperado acabo con una amargura tediosa y el peligro lo acechaba. También debía interrogarlo la policía, pero el decidió que cuando pudiese declarar, no daría ningún nombre. Lo que menos quería era traerle problemas a su familia, si esa gente llegara a querer tomar represalias con ellos. Seguramente lo harían si los denunciaba, habían demostrado no tener límites. Esperaba estar bastante lucido para hablar con la policía si todo mejoraba, para que no creyeran que estaba mintiendo. Por supuesto que para su tía todo era aún más difícil, los rumores corrieron con rapidez y todo el mundo ya sabía de lo acontecido. Tatiana, al tiempo en el que lloraba por su sobrino, rememoraba aquellas épocas en donde todo el vecindario hablaba de su hermana Ali, y como había perdido el juicio por completo. Las teorías iban acrecentándose, y Ali daba tanto de qué hablar. Aun recordaba las palabras de algunos de los vecinos que la trataban de prostituta, narcotraficante, ladrona, mitómana e incluso asesina. Nunca pensó volver a repetir la historia con su amado sobrino, claro que eran diferentes, pero los rumores siempre estaban en su contra. Sin embargo, pese a todas sus heridas severas y los golpes en su cuerpo, algo en Simón le murmuraba al oído que su tiempo aun no acababa. Quizá le quedara mucho por vivir. El así lo deseaba, quería remontar su camino y sanearlo. Por aquellos que amaba y había lastimado. Por sus errores en el pasado que siempre le estaban pasando factura, por el tiempo que había perdido en peleas callejeras, enojándose por insignificancias y agrediendo a personas que no valían la pena. Lamentablemente no podría borrar nada de eso, pero podría intentar crear algo nuevo, algo sano. Lo haría incluso por su madre, a quien veía en sus sueños y lo acunaba, como cuando era un niño pequeño.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR