Los entredichos, las peleas y los gritos abundaban en la casa de Alana. Se avecinaba la gran fiesta de cumpleaños, y los nervios del momento se hacían notar. Las paredes y ventanas de la casa se estremecían ante la histeria de esa familia, tan conservadora y pulcra, que debía ser excelente en sus festejos. Su hermana ya no vivía con ellos y su ausencia era muy notoria. Realmente era buena y colaboradora, no como su hermana menor, que aparentaba ser tan inmadura como un niño. Fuera de casa Alana era conocida por ser divertida, inteligente e intelectual, pero dentro de su casa era prácticamente un infante, que no colaboraba en nada.
Sabía que a sus padres les fastidiaba, pero no concretaba su proyecto de ser más atenta en ese tipo de cosas. Por el momento estaba ocupada en ocultarle a la gente lo que había sucedido con Santiago, que ahora la avergonzaba mucho. Su parte calva de la cabeza era disimulada muy bien con un pañuelo n***o que tenía desde hacía años, pero no podía sacarse de la mente lo acontecido con la anciana. Algo en ella no volvería a ser libre y lo presentía con cada hueso de su cuerpo. Se sentía como un pájaro que salía de su jaula usualmente y era obligado a volver, con pequeñas horas de vuelo y largas de encierro. Sin embargo, en su corazón latía la euforia por romper reglas, por hacer todo aquello que se le había prohibido. Quería estar dentro del fuego, sentir la pasión y quebrar su rigidez.
Su madre la esperaba para desayunar, era un domingo cálido y de a ratos una brisa refrescaba todo. Se encontraba sentada en la punta de la mesa, con el cabello rubio recogido en una trenza cocida. Desayunaba pan fresco con pasta de aceitunas untada, acompañados con un café n***o. A su lado estaba la pila de invitaciones, que debían completar con una escritura a mano para rellenar los nombres. Era la actividad que su madre había planeado para estar juntas.
Eran ciertamente bellísimas. Con el fondo beige, las letras principales se lucían en cursiva con adornos de pequeñas plumas doradas y moradas. Las ornamentaban unas preciosas flores con un diseño en acuarela de color azul, con el centro de un rosa delicado y con toques luminosos. Solo quedaba no arruinarlas escribiendo con fea letra, y ambas poseían una caligrafía floja. Pero hacían su mayor esmero.
—Mira hija, creo que la primera debería ser para tu abuela, Indira. —dijo la madre, contenta y entusiasmada.
—Sí, aparte es un nombre muy bonito, dará gusto escribirlo. —Alana anotó el nombre con cuidado. —¿Qué otro invitado sigue? ¿La tía Eugenia?
—Ah sí… Bueno eso lo haré yo. —respondió, al tiempo en el que dibujaba una letra t con concentración, fallando y manchando todo. Soltó una maldición. Alana rio, por lo cual se enfadó a un más.
–Ya, no es nada… Quedará diferente. —dijo, divertida, mirando a su madre con picardía. —La convertiste en algo único, supongo…
—Graciosa, iré mejorando. —Continuó escribiendo, esta vez mucho mejor. —¿Has pensado en lo que te pregunte el otro día, los sabores del pastel?
—Vaya que sí, me gusta con crema arriba, para la decoración. Y las estrellas de colores que vimos el otro día, las que dentro son de chocolate. —Tomó una pausa para beber de su capuchino. —El relleno me parece que aún no me decido.
—¿Quieres que tenga nueces? Sera más crocante y aportara más sabor.
—Sí, sería genial. Ojalá sobre después de la fiesta, así podemos comer en casa.
—Yo solo quiero que sobren los bocadillos que encargue, los sándwiches de ternera que me encantan. Pues, no creo que quede ninguno, a todos les encantan. —La mujer suspiro y subió la vista al techo.
—Me había olvidado de eso. Uf de solo pensar en esos bocadillos, también las patitas de pollo me encantan. —La hija también suspiro.
Las horas pasaron, y cuando el padre llegó, ambas estaban agotadas. Se habían retirado al living a ver películas juntas, mientras comían palomitas de maíz. Eso fue un buen recuerdo que Alana atesoraría para toda su vida. Su padre también estaba de buen humor, y había incluso sumado más invitados a la fiesta. Luego la chica fue a su cuarto, dispuesta a escribirle a su amiga Ileana, para saber cómo estaba y charlar un rato.
Cuando prendió su teléfono, cosa que había olvidado hacer, se llevó una terrible sorpresa. Su amiga le había mandado cerca de treinta mensajes. La noticia era abrumadora.
“Alana, pero que demonios estás pensando”
“Amiga, contéstame ya”
“Tenemos que arreglar esto urgente, conéctate”
Y así sucesivamente, y adjuntaba el link de una publicación. Allí se veía el perfil de Santiago, que había subido unas fotos subidas de tono que parecían ser de ella, pero que solo Alana pudo identificar que estaban trucadas. Fue una jugada agresiva y repentina, pero se lo había imaginado. Cualquiera que las viera pensaría que eran reales, ya que su rostro era el suyo, pero en la foto original no estaba desnuda. No contaba con que el muchacho tuviera conocimientos en la edición de fotos.
Las fotografías ya estaban en todas partes, se habían virilizado en unas pocas horas. Su corazón dio un vuelco profundo, la atrapo el miedo y la vergüenza instantáneamente. Las lágrimas brotaron en consecuencia, y no supo controlarse. Le envió un mensaje a su antiguo amigo, donde le proporcionó la mayor cantidad de insultos que había dicho en toda su vida. Sabía que no le repercutiría en nada más que en risas, había cumplido su venganza en corto tiempo. La ira que sentía no podía apagarse con nada, era su palabra contra la suya, y la gente creería en lo más escandaloso.
Sus padres la comprenderían, puesto que se darían cuenta que aquella no era una foto real. Ella tenía una mancha de nacimiento en el vientre, que Santiago no se molestó en replicar pese a conocerla, sería un descuido. Aun aclarándole eso a su familia, nada volvería a ser lo mismo. Pensar en ello la incomodaba, no quería ni pensar cómo iba a ser ir a la escuela después de todo eso.
Sobre las mantas suaves blancas y negras de cebra, se desconsoló ante los nervios y siguió llorando. Cada que recordaba se lastimaba pensando en el que dirán, en las interminables explicaciones que tendría que inventar y en la incertidumbre de intentar que le creyeran. Ojalá su hermana, su principal confidente y amiga, estuviera allí para ayudarla. La extrañaba tanto y se hallaba tan lejos, en otro país totalmente diferente. Quizá algún día podría ir allí para vivir con ella, lejos de esa ciudad, cambiar de aires. Pero no sería opción por el momento, aun le faltaban años en la escuela y sus padres no la dejarían irse de ninguna manera. A pesar de que los amaba, veía en ellos mucha rigidez y obsesión que por momentos la hería. Las formas en las que su madre trataba temas como la alimentación, eran confusos y dañinos. El amor muchas veces se engulle todo a su paso.
El cielo cubierto de estrellas no le devolvía a Alana su valentía, y era tan propensa a caer en la depresión. Había decidido quedarse en cama todo el resto del día, mientras veía televisión, tampoco les escribió a sus amigas ni hablo con sus padres. No quería hacerlo, solo tenía la intención de dejarse caer en las almohadas de su cama todo el tiempo que fuera posible. De a ratos su mente se iba y se torturaba con temas absurdos, se odiaba a si misma otra vez.
Todo había comenzado cuando su desarrollo empezó a notarse, y recibía tantos comentarios sobre eso. Algunas platicas con sus amigas un tanto malintencionadas, cuando le decían que estaba gorda por tener tantas curvas, o que su trasero estaba creciendo sin medida. Su madre también la acomplejaba, cuando comía más que lo de siempre y soltaba algunos comentarios desafortunados. No amaba su cuerpo, alto y curvilíneo, que todos tanto quisieran tener. Siempre procuraba vestirse con ropa ancha, para que nadie le dijese algo que no podía ignorar.
Su cuarto era iluminado por la luz de la televisión, que pasaba un popular programa para adolescentes. El volumen estaba muy fuerte, para cubrir un poco los pensamientos. Se sentía muy cómoda en su cama, y pensó en la posibilidad de no salir jamas. Su teléfono sonaba tanto que se vio en la decisión de apagarlo, aún no tenía ánimos de hablar con nadie. Su amiga Ileana seguro la regañaría, todos le preguntarían si era ella, y sería un ciclo sin final que no quería afrontar.
Escuchó algunos gritos que provenían desde afuera de la casa, y miró por la ventana. En el transcurso de unos minutos su padre golpeó la puerta.
—Hija, vamos a ver que ha sucedido, dicen que al hijo de la loca Ali lo encontraron casi muerto en la otra cuadra. —dijo su padre, un tanto agitado.
Pero esa noche Alana no salió a ver que sucedía, sentía demasiada vergüenza para hacerlo, y el peso de las palabras de aquella anciana que le había profetizado que jamas sería feliz latían en su mente.