Capítulo 13 De Simón en su adultez

1545 Palabras
El restaurante chino Amaba ese lugar, iba frecuentemente allí los fines de semana y la comida que servían le parecía de lo mejor. La parte del frente era de color rojo, con dibujos de flores y hojas muy llamativos, y los faroles complementaban la estética más peculiar. El techo puntiagudo le recordaba las caricaturas que veía cuando era niño, cuando era aficionado a las caricaturas orientales. Adentro todo era muy cálido, y los aromas a especias inundaban su inmensidad. Simón usualmente pedía cosas que jamás hubiese probado, porque siempre estaba interesado en comer comidas nuevas. Siempre le decía a su tía que aquel lugar le encantaría, era de su estilo, mágico y hogareño. Sentía un vacío de forma frecuente, extrañaba a su familia y por sobre todo se preguntaba como estaría su madre. Sus tíos lo llamaban todas las semanas y las novedades no eran alentadoras, la locura de Ali iba de mal en peor. El día que Simón partió, ella fue a despedirlo, cosa que lo tomó por sorpresa. Primero le jaló el brazo con fuerza, con la mirada desencajada, y luego hizo ademan de entregarle algo invisible en la palma de su mano. El vio un vestigio de sonrisa en el rostro tan desmejorado de su madre, pero la luz ya se había extinguido casi definitivamente. Había bebido de la copa de los más pesados desequilibrios y el daño era irreversible. La abrazó con fuerza, para tener ese recuerdo en su mente cuando extrañase su hogar, y dejar a un lado todos los otros. Su tía había llorado mucho, le rogaba que no se fuera, que lo extrañarían mucho, era la alegría de la casa. Pero su decisión ya estaba tomada, se iría con su amigo Gael en esa oportunidad de obtener una vida nueva, fresca y emocionante. Su amor por su familia era abundante, pese a ello no abandonaría sus sueños tan anhelados. Los visitaría seguido, esa fue su promesa y la cumplió con honores. Su vida en su antiguo vecindario había quedado atrás, y ahora, entre medio de las montañas blancas, su camino mutaba cada día. Ahora estaba por almorzar con Alana, la chica a la que no recordaba ni siquiera un poco. Había intentado hacer memoria inútilmente, porque ni siquiera recordaba su rostro ni su nombre. Si se acordó de su amiga Ileana, con quien había tenido una relación fugaz en sus días de estudiante. Se sentía atraído por la chica de su viejo hogar, a pesar de ser tan distintos. Sus ojos le parecían intrigantes, su cabello alocado que intentaba sujetar en peinados ajustados y maravilloso y su boca radiante, llena de alegría. Algo en la chica le despertaba curiosidad, su forma de hablar lo hipnotizaba y hacía que no parase de pensar en ella en todo el día. En el contraste del restaurante, el rostro de Alana refulgía de entre los colores eléctricos del lugar, y el ambiente le sentaba bien. Para Simón era como si estuviese posando para un cuadro, en perfecta armonía, pero intentaba disimular su fascinación. Se habían conocido hace poco y no tenía idea si ella estaría interesada en alguien como él. —¿Qué vas a ordenar? —preguntó Alana, sonriendo mientras leía el menú. —Espera unos segundos que termine de leer… Veamos, tenemos para elegir entre rollos primavera… Chow mein, dumplings, pastel de arroz. Yo ya he probado casi todos. —sonrió y se encogió de hombros. —Pero bueno, a mí me gusta la comida china. También hay variedades de pollo. —¿Acaso los dumplings son como los de las caricaturas? —preguntó divertida. —Si. —Simón rio animado. —Son muy buenos, creo que te gustaran. —Bueno, pediré algunos para probar… ¿Tu qué pedirás? —preguntó ella, arqueando una ceja. —Zongzi. —Replicó Simón, usando un tono de voz que intentaba parecer importante, luego dejó escapar una risa. —Te daré la mitad de mi plato para que pruebes, no te preocupes. Tu puedes darme un dumpling. —Volvió a reír, divertido. —Oh, está bien. —dijo Alana, extrañada, estaba acostumbrada a almorzar con gente muy acaudalada, a quien esa idea le parecería espantosa. Sonrió al pensar que dirían sus compañeras de trabajo si vieran algo así. El mesero trajo el pedido en un corto tiempo, y la mesa quedo repleta de comida. Era muy abundante y de colores muy vivos. Los aromas se filtraban por doquier y complementaban el popurrí exquisito de aquel restaurante único. Los precios no se comparaban con los altísimos de los lugares que frecuentaba Alana. La chica cada vez se ensuciaba más con la comida, por los nervios y porque jamás había comido algo con palillos. Eso divertía a Simón, que ya estaba acostumbrado a comer con palillos, pero que también le había costado mucho trabajo dominarlos. —Soy un desastre. —dijo la chica, tapándose la cara con una servilleta. Pero sin poder ocultar la risa. —Vaya que sí. —respondió el, haciendo un gesto de desaprobación. Que interrumpió al instante con una sonrisa. —Eres una enemiga de los palillos. Pero descuida, seré tu héroe. —dijo al tiempo en que le entregaba un tenedor, que tenía en el bolsillo. —Oh, ¿Pero no nos regañaran? —preguntó con timidez. Luego, al ver lo despreocupado que él estaba, se sintió mucho más a gusto. —Creo que estarán aliviados, al menos dejaras de ensuciar todo. —Guiñó un ojo, y ella recibió el tenedor. —Es el mejor regalo que me han dado. —Sonrió y le dio uno de sus dumplings, aceptando sus zongzi para probar. —Ya te regalaré algo mejor, no me lo perdonaría si solo le hubiera dado un tenedor a una chica tan linda. —dijo el, mirándola con sus ojos negros, que brillaban a la luz de los faroles de colores. Ella se sonrojó, y se concentró en su comida, estaba encantada con el joven y también con la comida. No se sentía acomplejada y estaba comiendo a gusto, sin sabotearse a sí misma. El la miraba con sus ojos tan penetrantes, que hacía que se pusiera nerviosa. Conversaron sobre toda clase de temas, y también sobre el trabajo. Alana se interesó mucho por el trabajo de Simón y le parecía sumamente interesante todo lo que relataba. A él también le gustaba oírla hablar de la Boutique, donde había comprado su elegante saco. —Espérame un momento Lana… O ¿Cómo te digo? —La gente suele llamarme solo Alana. —contestó ella, encogiéndose de hombros. —Ya se… Puedo llamarte “Ala”, como un ala de pollo. —rio y luego volvió a hablar.  —O puede ser Lan… —Podría ser Ali. —dijo la joven, provocando un cambio de semblante en Simón. —Así se llama mi madre, en realidad es Alicia, pero le decían así. Mejor te diré de otra forma, pero ya se me ocurrirá algo bueno. —Explicó el, librándose de la tensión. —Genial. —Tomó una pausa para observar el lugar nuevo que había conocido y en el cual se había divertido más que nunca. Se maldijo a si misma por no recordar el nombre de su madre, que era tan famosa. —Ya debo irme, me gustaría tomar una siesta. —sonrió, con una mirada apasionada, callando un poco el revoltijo que tenía en su estómago por los nervios. —Si yo también tomaré una. —restregó sus ojos en señal de cansancio. —Parecemos dos ancianos. —soltó una risa. —Vaya que sí, tu pareces un anciano motociclista amante del rock. —devolvió la risa. —Tu pareces una anciana muy bonita. —Volvió a mirarla fijamente, ella le correspondió la mirada, y centraron su atmosfera de romance incierto. —Puede que tú también. —Ella agacho la cabeza, sacudiendo levemente su cabellera rebelde. —Aguarda aquí por un momento, le encargué algo al dueño del lugar. —dijo mientras se retiraba rápidamente a la cocina. Ella aguardó ansiosa, estaba muy feliz y no quería que la jornada terminase. Pero aun así le había dicho que debía irse, temiendo parecer molesta o algo así. Quería que ese encuentro nunca terminase, o poder verlo todos los días. Se sentía cómoda allí, podía ser ella misma y divertirse. Volvió en pocos minutos, con un pequeño cofre de madera labrada en sus manos. —Le encargué esto a uno de los meseros, realiza algunas cosas decorativas que me parecen muy buenas… Abre el cofre en tu casa. —Se lo entregó, mientras la tomaba del brazo fingiendo elegancia, para llevarla a la salida. —Muchísimas gracias, yo no te compré nada. —Lo miró un poco avergonzada. —Será la próxima, tu puedes elegir el próximo restaurante. —le dirigió una tierna sonrisa, tan despreocupada como de costumbre.  Simón pensó todo el día que debería de haberla besado, pero aun no sería el momento. Llegó a casa y le platicó a su amigo sobre todo lo que había ocurrido. Gael se mostró feliz por él, pese a estar muy ocupado trabajando en su ordenador. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía alegre y activo, veía el mundo con ojos amables, cosa que en ningún tiempo había experimentado. 
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