Capítulo 12 De Ali en su juventud

1145 Palabras
La joven, desparramada en el suelo, lloraba sin consuelo ante las consecuencias de sus descuidos. Sin soluciones en sus horizontes, y con hambre en el estómago, se ocultó en una construcción abandonada. Logró hacerlo antes de ser vista, debía urgentemente conseguir ropa, pero se encontraba en shock. El olor a basura y a podredumbre reinaba en aquella construcción, junto con lo que parecía ser la ropa de algún casero que cuidaba en algún momento. Pero allí no había nadie, solo Ali, y no contaba con toda su lucidez. El trauma fue tan fuerte e inesperado que le llevaría unas horas recomponerse. Se sentó en una esquina, en la que se veía más segura de algún derrumbe. Las paredes precarias se desgranaban si las rozaba, por lo cual debía tener cuidado de no ser aplastada. Su mayor miedo era que alguien la encontrase, que la vieran en ese estado o se aprovecharan de ella en su fragilidad. La imagen se desfiguraba, el panorama se tornaba frío y desalentador. Comenzó a morder sus uñas y su cabello, cada vez más nerviosa, pensando una alternativa. Su melena negra estaba sucia, opaca, sin vida. Sus ojos reflejaban decepción y tristeza, el trago más amargo de entre todas las copas que su cielo le tendió. En su corazón la bruma inundaba su espacio, antes lleno de magia, pronto a extinguirse por las dosis de dolor y rabia. Se agregaba de a borbotones la impotencia, la más peligrosa de todas. Su ex novio dorado, con los ojos como el sol radiante de verano, todo había sido una jugarreta del destino. Andrés, un nombre tan corto para una insensatez tan amplia. Lo odiaba, y no podía comprender que lo había deseado tanto hacía tan solo unas pocas horas. Quería enfrentarlo, pelear hasta el final. Su resiliencia sería más fuerte, pese a que se encontraba destruida por dentro en esos momentos. Juntó la fuerza necesaria para levantarse buscando alguna prenda o trapo para cubrirse, la posibilidad loca de que alguien viniera a rescatarla no la esperanzaba, no creía en cuentos de hadas. Encontró una pila de prendas en un costado de la parte trasera de la construcción, donde también se veían hierros y alambres oxidados. Los inspeccionó con cuidado, y se percató de las extrañas manchas en los hierros más gruesos. La sangre los había teñido por sectores, el olor era nauseabundo. Se quedó perpleja, con los pies helados apoyados firmemente en el suelo rugoso y regado de fragmentos de vidrios. Pudo oír a tiempo unas voces que se acercaban, para correr hacía lo que parecía ser el proyecto de un baño. Sus pies se lastimaban a cada paso, pero no era momento de pensar. Se encerró allí y observó por los agujeros de la pared. Miedo, otra vez ese sentimiento terrible. Otra vez la bruma cayendo sobre ella, traicionando su corazón. Se vistió con la ropa que afortunadamente había encontrado, dio las gracias por eso para sus adentros. Sentía que detrás de ella venía el más aterrador viento, que se llevaría todo a su paso, y la realidad que estaba viviendo tomaría todos los rincones de su vida. Su vestimenta fue una bendición, un punto para ella en la carrera. Una camisa a cuadros holgada y unos pantalones con bolsillos, un listón amarillo para su cabello tan maltratado, no podía ser más conveniente. Su suerte estaba mejorando, solo debía cuidarse de las personas que se acercaban, y trató de hacer el menor ruido posible. —Abel, de prisa. —dijo una voz ronca y severa. —La maldita perra se escapó de nuevo. Esconde todo de una vez. Comenzaron a oírse ruidos, cosas en movimiento, chocando entre sí. —Joel, por ahí. —Otra voz nerviosa decía, una voz femenina. —Que fastidio, tengan cuidado que no los vea la anciana que vive en frente. —Ah sí, siempre está chismoseando. —dijo la voz masculina y ronca. Carraspeó para aclarar su garganta. —Vámonos, ya está hecho. Ali esperó pacientemente a que se fueran todos, y se fue rápidamente de la construcción. Tenía curiosidad por saber que estaban escondiendo, la tranquilidad escasa que había recuperado sería triste de perder, por lo cual abandono la idea. Se retiró de allí sin volver la vista hacia atrás, dejando también atrás lo sucedido. Se dijo a si misma que no comentaría con nadie lo sucedido, mucho menos a su hermana. Quería volver a iniciar, al menos hasta que el sujeto comenzara a extorsionarla. Seguiría su vida, por mucho que todo el asunto la preocupase. La camisa a cuadros holgada la hacía sentir fresca, un poco más de alivio, para llegar a casa con más ánimos. El camino se tornó lento ante las miradas ajenas, juzgantes. Ali caminaba con la cabeza gacha y los pies descalzos, tan lastimados. Parecía una adicta o algo por el estilo y sus ojos cansados aportaban al desmejoramiento de su rostro. Llegó con las fuerzas de acostarse en su cama y dormir un día entero, después de todo era sábado y al día siguiente tampoco trabajaba. No quería ver a nadie. Tatiana la recibió, con los brazos rígidos sobre sus caderas, sin poder disimular el enfado. —Estoy cansándome de tu conducta, nena. —su boca se fruncía en un gesto nervioso. —Sigues igual que en la escuela. —¿Por qué te importa tanto Tatiana, es tu vida acaso? — Ali le arrojo una mirada fulminante. —Vives de una forma insana para cualquiera, nuestros padres querrían que no fuese así. —contestó Tatiana, subiendo el tono. —A ti jamás te ha importado nada. —Insana, oh por Dios, ¿Has analizado un poco tu vida? —La hermana menor crecía en tempestad. —Olvídate por un segundo de mí y ocúpate. —Eso quieres ahora, pero no sabes cuánto te he cuidado. Sin mí ni siquiera tendrías empleo, ni nada. —Su mueca de enojo se transformó en una sonrisa soberbia. —¿O no te acuerdas de eso? —Pues no creo que me despidan porque tú se los digas. —Fue la fría respuesta de Ali. Las interrumpió el silbido de la puerta al abrirse, y la voz de Alan, que llamaba al perro. —Coto ¿Dónde estás?  Ali aprovecho y subió a su habitación. Dejo salir una cascada de insultos en voz baja para desahogarse y cerro con llave la puerta. Se zambulló en su cama y se sintió inmediatamente mucho mejor. Tendría su sueño reparador, luego se ducharía y volvería a empezar. Podría dejar atrás todos esos malos momentos y traiciones, o los enfrentaría, pero ahora estaba muy cansada. Tenía el presentimiento de que debía revisar su casilla de mensajes en su ordenador, pero por el momento era hora de descansar. Se apagaron las luces, para marcar el inicio de los días de la ciénaga errante, que sería su nuevo hogar. 
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