Tocó la puerta más de diez veces, hasta que se agotó. Decidió que entraría a como dé lugar a la casa de la anciana, le preguntaría que había ocurrido y porque no recordaba nada.
Las rejas estaban muy altas, pero con esfuerzo pudo trepar, y pasó al otro lado. El jardín era bellísimo, había jazmines por todas partes y el aroma regaba todo a su alrededor. Las plantas de zarzamora atraparon su pierna y maldijo en voz alta. Tenía suficiente con el día y todo lo que había ocurrido, estaba muy cansada. No oía a la mujer por ninguna parte y estaba empezando a oscurecer.
El lugar era más amplio que lo que parecía desde afuera, era una casa grande y sofisticada. Las ventanas también poseían un gran tamaño, casi asemejaban al de una puerta, y pudo ver a través de ellas. Por dentro la casa era más lujosa aun, con ornamentos de plata y cortinas de encaje fino. Los muebles eran de madera maciza y lustrada, había espejos redondos en cada habitación, y adornos de porcelana por doquier. Alana notó que no se escuchaba ninguna mascota, por lo cual estaba a salvo de ser mordida por un perro.
Husmeó por media hora, hasta que la noche cayó sobre ella y decidió partir. Los hilos del sol ya no la protegerían y corría más riesgos de que nadie la escuchará o la viera si pedía auxilio. De repente la noción del miedo llego a ella, y el terror la invadió. Se preguntó si le habrían hecho daño, quizás no se daría cuenta hasta que fuera al doctor, o quizá el daño se lo harían ahora cuando la atraparan merodeando. La curiosidad le había ganado y la condujo a desobedecer todas las reglas de su madre.
“Jamás hables con extraños, nunca vuelvas tarde a casa, y mucho menos entres a casa de quien no conozcas”
Pero claro, que había olvidado por completo las otras reglas.
“Eres una chica decente, no puedes salir con ningún muchacho hasta que lo presentes en casa”
Sus ansias de rebeldía habían llegado muy lejos, todo parecía un mal sueño y quería levantarse. Se apresuró por saltar la reja, tan abruptamente que su pantalón quedo enganchado y al jalarlo, fue a caer al suelo. Otra vez del lado de la casa, en el lugar misterioso que había sido aprisionada por un corto tiempo, donde su cabello había cambiado.
Se incorporó rápidamente para volver a intentarlo, cuando una mano sujetó su hombro.
—Linda, aquí está la llave, no hace falta que te esfuerces tanto. —La anciana le dirigió una mirada cálida.
—Usted… —Dudó por unos instantes, pero encontró el coraje necesario. —¿Qué demonios me hizo en el cabello? Esta flor… —Se detuvo con la conclusión que la flor provenía del jazmín.
—Yo no te he hecho nada niña… Me confundes con alguien. —contestó con amabilidad, sonriendo. —Estas muy alterada, debes volver a casa.
—Sí, eso haré y volveré con la policía. —La rabia la ensombrecía, y tocaba la parte calva de su cabeza con enojo. —Ya verá.
—Mm, ¿Entonces le digo a los policías que una niña entro a mi casa a inspeccionar cada habitación por las ventanas? ¿Cómo está grabado en mis cámaras de seguridad? —volvió a sonreír con dulzura, su cabello canoso estaba recogido en una trenza, con un listón amarillo.
Alana reflexionó, y se topó con sus otros problemas, y centró sus pensamientos en Santiago, junto con las explicaciones a sus padres. Debía volver de inmediato.
—Bueno, ya pensaré en algo, usted no es lo que parece. —dijo la chica, con el ceño fruncido.
—Cuídate linda, debes descansar, estarás emocionada por tu fiesta de cumpleaños. —Está última frase la dijo entre dientes, pero la joven alcanzó a oírla.
Cuando quiso responder, la mujer ya se alejaba. Todo era tan extraño, y estaba asustada, por lo cual salió por la puerta de rejas, agradeciendo que la mujer la hubiera dejado abierta. Se largó a correr con todas sus fuerzas, pensando en las mentiras que debía crear.
El camino tan oscuro la llenaba de ansiedad, y no quería toparse con nadie conocido, mucho menos con Santiago. Llegó a su casa luego de parar a descansar tres veces, y su madre la esperaba fuera de su casa, con la mirada severa y los brazos cruzados.
—Te parece que esas son horas de llegar. —La mujer la miraba seriamente a los ojos, antes de reparar en la calva que poseía. —¡Por Dios! Entra ya.
Ambas entraron a la casa, Alana con la cabeza gacha, intentando ser lo más pequeña que pudiese. Se había propuesto enfrentar a su madre, contarle todo con astucia y hacerle ver que ya no era una niña. Sin embargo, solo pudo llorar desconsoladamente en sus brazos, y balbucear la historia de a pedazos. Omitió muchos detalles importantes, pero aun así su madre se horrorizo y le dio una gran reprimenda.
—Eso te pasa por andar desobedeciendo hija, ¿Cómo se te ocurre? Podrías estar muerta.
—Quizá eso sería lo mejor para ti, ya que soy una decepción. —Los ojos de Alana estaban cubiertos de lágrimas. Se había puesto un suéter azul largo hasta las rodillas, y se estaba comiendo las uñas.
—No digas eso por Dios, hija no creas que una cosa quita la otra. Yo te amo. —La madre sollozó, y la abrazo. —Pero no permitiré que lleves tu vida por donde tú quieras, es evidente que no eres para nada responsable. Y eso no quita que te amé y lo sabes. —La observó con ojos comprensivos, y dejó que siguiera llorando en sus brazos, mientras la abrazaba.
Madre e hija platicaron un buen rato sobre las responsabilidades, y la joven pudo centrar su mente para tranquilizarse. Acordaron no contarle a su padre y cuando él llegó dejaron el asunto atrás. El tema de conversación fue la fiesta de cumpleaños de Alana, para la cual faltaba muy poco tiempo.