El frío invernal había llegado para quedarse, la estufa desprendía la calidez reconfortante de su querido hogar, y un niño de nueve jugaba con sus animales de granja en la alfombra.
—Mami ¿Quieres jugar? —imploró Simón repentinamente.
—Ya te dejé, nene, es una vaca gorda y asquerosa. —gritó la madre, arrojando la vaca de juguete al suelo. Comenzó a reír a carcajadas estruendosas. Alguien la interrumpió.
—Simón ve a tu cuarto por favor. —dijo Alan, con amabilidad. Cuando el niño se alejó, continuó hablando. —Ali, ya contrólate.
—Puedes dejar de hablar, bola de excremento parlante. Vaca allá, vaca aquí, vaca asco me da. —decía Ali, a los gritos, con los ojos fijos en su cuñado. Tomó el palo de escoba y empezó a hacer señas obscenas. Posteriormente emitía gemidos exagerados y gritos de auxilio. —Ay que pena, ay, ay.
—Ya para, por tu hijo, o algo. —Alan blanqueó los ojos. —Tendré que darte más medicación.
—Dame, dame, dame. —Continuó haciendo gestos con la escoba.
—Quédate en tu cuarto entonces, voy a llevar más medicación. —Le dijo, y ella obedeció, caminando lentamente hacia su habitación. —Sal de ahí, sobrino.
—¿Ya pasó todo tío? —murmuró el niño, con un elefante de peluche en brazos.
—Si… Yo espero… Vamos ver la televisión, creo que hay galletas en la alacena. —miró hacia la despensa, con ánimos de dispersar tanta incomodidad. —Trata de olvidarte de esas cosas Simón, no te harán ningún bien.
—¿Lo olvidaré viendo la tele?
—No creo, pero al menos te divertirás por un rato. El doctor dijo que encontrará la manera de hacer que tu mamá este mejor, supongo que falta poco. —Desvió su mirada hacía otra parte, se sentía mal por el niño.
—Ojalá sea pronto… —Susurró el niño para sus adentros, abrazando el elefante con fuerza.
En el comedor, el televisor inundó de sonidos el ambiente. Al pequeño le gustaban los dibujos animados que tenían animales como protagonistas, y también los de peleas de karate. Pasaba muchas horas frente a la pantalla, y había momentos en que no se despegaba de ella ni por un segundo, por miedo de ver a su madre.
Lo mejor para el eran las tardes, donde su tía volvía del centro con una sorpresa para él. Casi siempre se trataba de algún dulce o un pequeño juguete, y eso lo hacía muy feliz. Por las noches cenaba en su cuarto, porque su madre siempre andaba rondando ya que se acostaba muy tarde. Ali sufría de un insomnio terrible, y le provocaba alucinaciones agresivas. La dejaban que anduviera por toda la casa, y el resto de la familia se retiraba a comer a su cuarto. Simón intentaba a veces, cuando debía ir al baño, pasar y abrazar a su madre, pero ella le gritaba y en ocasiones lo empujaba.
Era preferible quedarse dormido temprano, para no oírla insultar en voz alta, ni arrojar cosas contra el suelo. Había días buenos, al menos uno a la semana, donde solo se quedaba callada. Sentada en el suelo, lagrimeaba y balbuceaba. No permitía que nadie la consolase, quería la soledad entera, oscura y fría. En el suelo, cuando se acostaba, contemplaba estrellas imaginarias que intentaba tomar. Cada manotazo para intentar quitarlas del cielo, le propinaba una descarga eléctrica. Quería tomarlas, a pesar de ser ficticias, brillaban tanto.
Simón la observaba oculto detrás del armario de la vajilla, se preguntaba porque actuaba así, tan distinta a otras madres. En la escuela siempre lo interrogaban, los otros niños lo tildaban de pobrecito y le preguntaban cómo era la vida con una madre desequilibrada.
—Es como ser un agente secreto, debes tener cuidado y andar en silencio.
Una respuesta inteligente para un niño muy brillante, pero que acarreaba sufrimiento. Ocultaba sus sentimientos con todo el mundo, aparentando fortaleza a tan corta edad. Siempre tenía problemas con los otros chicos, se metía en peleas y a menudo regresaba a casa con un ojo morado. A veces volvía serio y lloraba en secreto en su cuarto, cuando regresaba de la casa de algún amigo. El recelo hacia las otras familias lo corrompía y lo volvía violento.
Sus tíos llevaban la situación bastante bien, lo criaban como podían y con mucho amor, sobre todo. El los veía con admiración, pero no eran sus padres. Le pesaba más el hecho de que tampoco conocía a su padre, y ese misterio hacia que sintiera más rabia. Pensaba que quizá también estaría loco, o algo por el estilo.
Su tía Tatiana era para él, su confidente y amiga, aparte de ser su tía y madre sustituta. Se desvivía por su sobrino, jugaban, salían al parque, lo cuidaba y alimentaba desde hacía tantos años. Lo amaba más que a su propia vida, lo protegía de todo lo malo que tenía el mundo. A veces tanto, que parecía que intentaba que viviese en un mundo de fantasía. Simón fingía vivir en ese cuento de hadas, para que ella fuera feliz, pero jamás se despegaba de la realidad. En su mente de niño, imaginaba que, si se creía eso, caería por un agujero n***o.
Cuando dibujaba a su familia en la escuela, siempre hacía a su madre pequeña, en un costado. La dibujaba con la cabeza rapada por completo, sus ojos hacia abajo, la boca pintada de rojo y desprolija, y su campera negra con flecos, que nunca se quitaba. La gente creía que era una broma, hasta que la veían salir a la calle a insultar a los que pasaran, cuando se escapaba unos minutos de la casa.
El doctor iba a llegar en cualquier momento, y el niño creía fervientemente, que cada vez que los visitaba arreglaría algo en su madre. Como si fuera un cirujano que extirpara algo que está mal, y lo desechara con facilidad. Como todo niño, Simón añoraba una madre y un padre.
Su tío Alan le decía que algún día pasaría, pero había algo que no le estaban contando y lo sospechaba a pesar de ser tan pequeño.
Escuchó el timbre y salió disparado a la entrada, el medico siempre lo saludaba y le hacía chistes, por lo que le caía bien. Entró caminando con elegancia, un hombre alto y fornido, bronceado, de ojos color miel.