Capítulo 9 De Ali en su juventud

1207 Palabras
“Tentaciones” Ali Paviano salía de su curso como de costumbre, un poco tarde en la noche. Al divisar los faros de un auto frente a ella, imaginó que sería Aarón, y se dirigió al auto para entrar. Cuando vio que no se trataba de su amante, ya era muy tarde, ya había reconocido al conductor. —Ali, te llevo, sube. —Una voz familiar la llamó desde la ventanilla. —Estas en la otra punta de la ciudad. Reconoció la voz de Andrés, su ex novio, al que no veía desde hacía seis años. Estaba irreconocible, su barba recortada y clara realzaba sus ojos color verde, y combinaban perfectamente con sus enormes brazos bronceados. Se notaba que había estado yendo al gimnasio seguido, en especial en su espalda que casi había duplicado su tamaño. Ella accedió a subir por cortesía, después todo habían quedado en buenos términos. Él provenía de una familia muy adinerada, pero siempre lucía bastante humilde, aunque no podía ocultar su lujoso auto. Uno demasiado caro para el sueldo de un médico. —Hola Ali, ¿Cuánto tiempo? —dijo, abriéndole la puerta. —¿Cómo estás? —Andrés, todo bien en mi caso. ¿Tu? Oí que te fuiste por un tiempo a otro país. —Los latidos de la mujer se aceleraban. —Yo estoy bien, siempre viajo por un tiempo para cambiar de aire. Estuve pensando ir a Marruecos. —Arrugó la frente de una forma interesante. —¿Qué es de tu vida? —Estudio y trabajo, por ahora, supongo que me ascenderán a fin de año. —Lo miró fijo, quería observar sus ojos con más detenimiento, hacía mucho que no lo veía. Era su antigua obsesión, que solo logró superar después de un tiempo, a pasear de que se habían separado en malos términos. Lo amaba tanto, amaba su aroma y todo su cuerpo, amaba su forma de ser más que a todo. Olvidó a Aarón por un momento fugaz, pero vino a su memoria rápidamente. No estaban comprometidos, ni siquiera en pareja, por lo que se dispuso a ponerlo en pausa por un día. Aarón había tardado tanto en fijarse en ella, que en ese momento sintió una punzada de ira al pensar en la posibilidad de que ella hubiera sido su última opción. Solo había sido una noche de sexo y algo más, pero nada formalizado. Sintió un cosquilleo en la entre pierna que la hizo estremecerse, como si su sexo estuviera pidiendo algo a gritos. Lo analizó por un rato, mientras charlaban, y no le dio tiempo a reaccionar cuando se lanzó encima de él, cuando el auto frenó por unos segundos. No sabía si él se molestaría, pero al ver que luego de besarlo por cinco minutos comenzó a quitarle la camiseta, se dejó llevar. El sujetaba sus senos con fuerza, y pasaba sus labios por sus pezones hasta endurecerlos por completo. El auto estaba helado, antes de que la chispa del deseo y la pasión encendieran el calor en ambos. La desnudó enteramente en cuerpo y alma, y la sentó en el asiento del acompañante para realizar sus “juegos tradicionales”. Ella los conocía perfectamente, y estaba ansiosa por comenzar. —Quiero que estés lo más húmeda que pueda ser posible físicamente. —Comenzó a acariciar sus piernas. —Sino, no habrá nada más. —decía, al tiempo en que ataba las manos de Ali contra el asiento, y vendaba sus ojos. —Lo que tú quieras, todo lo que quieras. —contestó ella, que ya estaba sumamente excitada. Al estar a oscuras ella se estremecía más, y estaba completamente cómoda al saber que los vidrios eran polarizados y nadie los vería. La noche iluminaba el fulgor de las pasiones antiguas, cubriendo con su brillo toda la gran ciudad. El comenzó a acariciar su sexo, primero sutilmente, y luego más profundamente. Por momentos abría sus piernas con sus brazos para que ella le pidiera más, y entonces el introducía su boca en cada rincón de su entrepierna. Besando cada parte, humedeciéndola a mas no poder. Se formaba algo más profundo que el placer, y los dominaba aquel sentimiento inexplicable. Cuando ella gritaba que quería que la penetrará, el rozaba su sexo con su m*****o suavemente, para que lo deseara más. Introducía su cabeza entre sus senos, y pellizcaba levemente sus pezones para que siguiera pidiendo que completara el acto. Ya había eyaculado cuatro veces, e iba por la quinta vez, solo había experimentado eso con él. Su sexo parecía ya no aguantar, pero él seguía y se tornaba una adicción para ella el estar completamente empapada. Ella se movía hacía arriba y hacia abajo, sus gemidos iban en ascenso, dejando escapar algún grito sin ningún tipo de vergüenza. Él le susurraba que aún no estaba lista, e introducía su lengua nuevamente, luego sus dedos, y de nuevo al adictivo roce. Cuando ella gritó que consumaran el acto con más fuerza, él introdujo su órgano viril firmemente, hasta el fondo. Era el más grande que el de cualquiera de los amantes que había tenido, y tenía que probarlo nuevamente el mayor tiempo posible. Parecía que su cuerpo lo estaba esperando, lo añoraba y lo deseaba de todas las formas posibles. El acabó en un buen tiempo, y las embestidas que le propinaba eran firmes. Solo descansó unos minutos, y luego volvió a penetrarla, ella estaba tan excitada que no quería descansar. Su pene se introducía de tal forma que rápidamente se le volvió una adicción. No lo soltaba, y se movía ferozmente para tomarlo, y el la poseía al mismo tiempo. Cuando al fin se agotaron, el volvió a sumergir sus dedos en ella, para cerciorarse de que estuviera más excitada, y volvió a hacer que se humedeciera. Le quitó la venda de los ojos e hizo que tocara su m*****o, ella quería seguir. El la desató, para terminar el asunto y comer algo. Pero Ali se le trepo encima, y concretaron otro acto más. Fue hasta que se percató de la persona que los estaba grabando, por la ventanilla del auto que siempre había estado abierta. —¡Apaga eso! —gritó ella, cubriendo su desnudez con sus manos. —Solo tengo una condición nena, no te molestará. El mundo giratorio de Ali se quedó inmóvil, estaba helada del susto y no lograba razonar. En un arrebato de furia, se arrojó sobre el espectador para quitarle el móvil, sin importarle que no llevaba puesta ropa. El sujeto logro escapar fácilmente, y empujo a Ali a un costado. Ella creyó que todo estaba perdido, pero el tipo le gritó desde lejos que se estaría comunicando. La estabilidad trastabillaba, el castillo de Ali Paviano parecía pender de un hilo y Andrés no emitía ni una sola palabra. Se había quedado mudo, contemplándola ahí en el suelo. La situación los había tomado por sorpresa a ambos. Ella desenredaba su cabello con nervios, las hebras negras azabache le caían entre los senos y aun así también seguía inmóvil. Pensaba en los miles de posibles desenlaces para la situación y ninguno era alentador. Estaba recobrando la conciencia, y se encaminó al auto para vestirse, cuando se percató de que el auto ya no estaba.
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