Acostada en su habitación, la joven divagaba entre sus sueños y aspiraciones nuevas. Era aquel el amor del que tanto había escuchado y jamás había vivido. Los juegos que en su juventud experimentó no se asemejaban a lo que ahora sentía su corazón. Su pecho se agitaba y la sonrisa no se inmutaba en su rostro. Le pareció que el perfume a jazmines la seguía a donde quiera que fuera.
El cofre era maravilloso. Labrado con delicadeza, una verdadera obra de arte. Dentro albergaba una flor de cristal, junto con una leyenda que explicaba su origen. La flor era de un color rosa claro muy bonito, pese a que Alana nunca había simpatizado con ese color. Mientras leía la leyenda, se preguntaba cuanto trabajo le habría costado al hombre del restaurante fabricar esa pieza. Realmente era un regalo interesante y fuera de lo común, a pesar de no haber sido comprado en una tienda de renombre.
“Su nombre chino es «sho yu», que significa la más bonita. Se identifica como el símbolo de la felicidad, la riqueza y la suerte.”
Sonrió al leer la última palabra, “suerte”. Tenía una connotación negativa en ella, que portaba la creencia de que siempre la buena fortuna la dejaba a un lado. A unos pasos de la victoria, volvía a caer en el abismo, desgastada y quebradiza. Lo cierto es que no podía quejarse de su vida, a pesar de los sucesos que había vivido, le estaba yendo bien. Pero se cuestionaba por cuanto tiempo sería, antes de que algo saboteara sus pasos.
Sostuvo la flor entre sus manos tan descuidadas, con uñas mordidas por la ansiedad que cargaba. La pieza de cristal estaba fría, y le proporcionó una sensación de frescura muy agradable. Era el adorno más hermoso que había visto y se moría de ganas de contarle todo a su hermana. Qué le diría Paloma, quien frecuentemente se alegraba por ella y la había ayudado tanto.
Sin ella no viviría ni siquiera en aquel país tan lejano, tan inesperado. Su hermana la apoyaba en todo desde que era una niña y estaba profundamente agradecida por ello. Sus padres siempre eran tan estrictos que junto a ellos no habría podido concretar sus sueños. Pero claro que no tenía definido cuales eran sus sueños en concreto, aun así, había logrado cambiar de aires y tener un buen empleo.
Se miró en el espejo para contemplar su aburrido traje refinado, que antes había luchado tanto por tener. Cayo en la cuenta de que quizá se dejaba influenciar cada vez más por gente como Marina. Incluso a veces usaba expresiones muy propias de ella, y eso la asustaba. Marina era muy cruel y engreída, eso la caracterizaba, además de ser muy hermosa.
Le recordaba tanto a su pasado, a sus horribles actitudes que le generaron tantos problemas que derivaron en su sufrimiento. También se le presentaba la imagen de aquel delantal que portaba su antigua secuestradora, a modo de advertencia de que su destino estaba trastabillando. La presencia de Simón remarcaba las palabras que aquella anciana le había dicho el día de su fiesta de cumpleaños de dieciséis.
“Tus horas felices no serán eternas,
los cabellos rubios de tu cráneo se tornarán grises antes de tiempo,
y cuando hayas encontrado al amor de tu vida
descubrirás a un viejo conocido.
Pero ambos padecerán males irrisorios,
que los perseguirán hasta el fin de los tiempos.”
Ella no era en lo absoluto supersticiosa, y la vida se encargó de mostrarle que esas palabras serían verdaderas, sobre todo en su adolescencia. Se dio contra la pared tantas veces que perdía la cuenta y subestimaba su resiliencia. Y era ese espíritu el que la impulsaba a no rendirse ante las adversidades que se le presentaran.
Con los ojos aun en su reflejo, comenzó a encontrar defectos en sí misma, como era su mala costumbre habitual. Criticó su cabello entre dientes, viéndolo de una forma horrible. Se decía a si misma que lo traía demasiado despeinado y era feo para cualquier peinado. “Ni lacio ni ondulado, una cosa grotesca”, eran sus palabras habituales. También observaba con desprecio su cutis con pequeñas pecas, sus labios no tan gruesos y sus ojos grandes, que para ella eran saltones.
Ya empezaba con su ronda de críticas cuando su celular sonó.
“—¡Hola! Espero te haya agradado la flor.”
Aquello provocó una sonrisa inmediata en el rostro de Alana, y por un momento olvido toda su autodestrucción. Decidió contestarle de inmediato.
“—¡Hola! Me la pase súper bien, y la flor esta bellísima. Un regalo inusual y hermoso.”
Contestó Alana a la velocidad de la luz, estaba muy contenta de que le estuviera mandando mensajes.
“—Igual que tú.”
Aquello hizo que la chica se ruborizara notablemente.
“—Gracias.”
Su respuesta fue cortante, otra vez los miedos la invadían. ¿Y si él estaba jugando con ella? ¿Si solo quería burlarse o realmente la consideraba fea? Decidió escribir otro mensaje más.
“—Me tienes sorprendida, realmente eras el chico rudo de la escuela. No me esperaba tanta ternura.”
Para sus adentros, la joven se resignó a intentar desenmascarar a aquel muchacho, por si tenía alguna mala intención. El celular tardó en volver a emitir sonido.
“—Bueno, no morimos igual que como nacemos. ¿No?”
Eso lo esperaba, era una respuesta ingeniosa para un chico que siempre había sido brillante. Volvió a llegar otro mensaje.
“—No te preocupes, solo estoy siendo amable. No tengo malos sentimientos.”
Alana rio al imaginarse la cara que estaría poniendo Simón mientras escribía eso. Siempre era tan gracioso. Otra vez sonó el teléfono.
“—Este… Esto es incómodo, pero… Si quieres no uso más el saco…”
Alana se echó a reír, su corazón le decía que debía confiar en él, se lo pedía a gritos. Solo había visto en sus ojos sinceridad, y no podía negar eso por más que su mente quería boicotear todo lo que la hiciese feliz. Se apresuró a contestar antes de cambiar de opinión.
“—Simón, me gusta ese saco. Quiero que almorcemos juntos el jueves, sería pasado mañana, si tú quieres”
Luego de enviarlo se sintió algo mal, porque se decía a si misma que parecería desesperada. Una seguidilla de mensajes hizo que pusiera sus pies bajo la tierra.
“—Cielos, será el mejor maldito día de mi vida. Genial.”
“—Quizá deba comprar otro saco, sería bueno.”
“—Tú eliges el lugar donde comeremos, llevare un tenedor de más por las dudas.”
La joven volvió a reír esta vez más relajada, se arrojó sobre su cama y apoyó suavemente la cabeza en la almohada. Pensaba en el día siguiente, en cuan emocionada estaba, en que ropa se pondría, cuando un ruido la interrumpió.
La puerta de entrada se abrió y su hermana entró rápido, directo al tocador. Conocía perfectamente a Paloma, siempre se aguantaba en el trabajo hasta llegar a la casa, por lo cual se apuraba mucho. Alana también corrió a su encuentro, esperándola sentada en la sala. Apenas salió del tocador la anestesió con la plática de todo lo que había sucedido. En un principio, su hermana estaba contenta, pero luego su semblante cambió repentinamente.
—Maldición. —dijo Paloma haciendo una mueca de desagrado.
—¿Qué? ¿Qué sucede? — El mundo de Alana se desmoronaba.
—No recuerdas… —Hizo una pausa para mirar a su hermana, realmente lo había olvidado. —Mañana vienen mamá y papá. Dijiste que estarías dispuesta a conocer al candidato que te tienen preparado.
—Maldita sea. —Alana recordó de golpe, suprimía a menudo los sucesos que le desagradaban y este era uno de ellos. Sus padres siempre le decían que llevarían un candidato con un buen pasar para ella. Nunca aceptaban una negativa con respecto a nada y estaba segura de que sabotearían su nuevo interés amoroso si se llegasen a enterar de que era periodista.
Él no tenía un mal pasar, pero no era millonario ni nada por el estilo, y en el barrio donde vivían todos sabían que su madre estaba desequilibrada y era agresiva. Para sus padres sería terrible que su hija anduviera con un tipo cuya familia tenía mala reputación. Ya estaba al borde de las lágrimas, con la desesperación en la mano.
—Bueno achís. Creo que se me ocurrió una idea. —dijo su hermana, después de pensar un buen rato.
—¿En serio? — Un rayo de esperanza alumbró el rostro de Alana.
—Si… Supongo. —Hizo una pausa para tomar aire. —Yo conoceré al candidato, después de todo quizá tenga mi edad o algo así, no será mucha la diferencia. Y Mamá estará conforme.
Estaba en lo cierto, pues Aarón Lettario era casi de la edad de Paloma, que contaba con treinta y nueve años. Y era acaudalado, en los últimos años había amasado una fortuna tras abandonar su trabajo de oficina y forjar su propia empresa.