Capítulo 15 De Ali en su juventud

1335 Palabras
Precauciones La jornada laboral comenzaría en pocas horas, con lo que eso conllevaba. Los hilos se anudaban en torno a las expectativas de la joven Ali. Los nervios paralizaron sus piernas cuando intentó salir de la cama. Estaba cansada, frustrada y enojada, en especial con Andrés. Hizo una nota mental de que jamas pasaría ni de cerca por su trabajo, que estaba del otro lado de la ciudad. Él trabajaba en una clínica privada que tenía fama de ser muy buena, pero debía resistirse a ir alguna vez, si se lo cruzaba tal vez querría enfrentarlo. Se vistió de la forma menos sensual que pudo, se sentía sucia y ultrajada. Una camisa ancha y un pantalón de vestir Oxford, tampoco pudo maquillarse. Su orgullo había sido destrozado en pocas horas, su hermana la atacaba sin parar y su cuñado le traía problemas. Pero no quería caerse ni flaquear, esa no era la niña que sus padres habían criado. No pasaba ni un solo día sin recordarlos, con amor y fortaleza. Debía resurgir a como diera lugar, y llorar a solas, para que nadie se aprovechara de su debilidad. Su madre le diría que todo iba a remontar, como un barrilete y sus ojos siempre brillarían. Ella siempre era incondicional y una gran confidente, hasta su ultimo día. Ambos habían fallecido cuando Ali tenía dieciséis años, en un accidente de avión, cuando iban de vacaciones al Caribe. Desde ese entonces solo eran Tatiana y ella, solas contra todo. Sobrellevar esa pérdida requirió fuerza sobrehumana, y como hermanas se unieron más que nunca. Aquellos días sombríos volvían cada vez que se sentía desprotegida, y hostigada, como ahora. Esperó a que todos se fueran de la casa para desayunar, aunque sea rápido, pese a que no poseía mucho apetito. Cada vez que cerraba sus ojos se le venía al cuerpo la desesperación de estar desnuda, en medio de la ciudad, intentando cubrirse. También rememoraba todo lo sucedido dentro del auto, con sentimientos intensos, fuertes, inolvidables para ella. Generaba en ella cierta excitación, que apagaba a la fuerza recordando la traición. Los juegos habían desembocado en una pesadilla, y sin embargo no podía olvidar lo bien que se la pasó en aquella húmeda noche. Quería suprimir esos recuerdos a como diera lugar, pero en lugar de eso cada vez que pensaba en aquel encuentro su entrepierna se humedecía y al corroborarlo con su tacto, lo deseaba más. Recordó de refilón que debía revisar su casilla de mensajes y así lo hizo antes de partir hacia la oficina. Un correo nuevo escrito en un formato de carta muy peculiar avisaba de una próxima tormenta, preocupaciones nuevas y una sensación de peligro. “Querida Ali: Estoy tan encendido mientras escribo esto, no puedo parar de pensar en cómo te veías esa noche, tu desnudez me puede y hace que me vuelva loco. Quiero que no te olvides de nuestro trato, que estoy armando y te mandare en estos días. Mientras, seguiré pensando en ti y en todas las cosas que hacías. Vaya, ahora mismo estoy perdiendo el control de solo visualizarse allí en el suelo, completamente desnuda y queriendo perseguirme. No hay nada que quiera más que tener mi cabeza entre tus enormes senos, y no salir de allí nunca. Saludos y espera novedades.” Quedó inmóvil por unos instantes, atónita ante semejante correo, el miedo tomó todo su cuerpo y los temblores reinaron. Quiso sentarse y trastabilló, cayendo al suelo. Se dejó llevar por los nervios, soltando el llanto que tenía acumulado. El sonido del timbre la alarmó aún más y fue hacia la puerta con cautela. No sabía que haría si se trataba del sujeto demente del correo, lo más sensato sería esconderse y llamar a la policía. El frío recorría cada parte de su cuerpo y los temblores no disminuían, sino que se acrecentaban cada vez que pensaba en alguna desastrosa posibilidad. Le pareció que pasaba una eternidad hasta que llegó a la sala y vio por el ojo de la puerta, que la persona detrás no era ningún acosador, sino Aarón. Parado allí, con unas margaritas y una caja de chocolates, esperaba a Ali con paciencia. Ella se tomó unos minutos para tranquilizarse, y decidió invitarlo a tomar un café antes de entrar a la oficina. Les quedaba una hora aproximadamente antes de que el horario laboral comenzara. —Linda, buenos días. —dijo el, entrando a la casa. Le dio un beso cálido en los labios, quebrados por el dolor, y le dirigió una sonrisa seductora e irresistible. —Buen día, ¿Cómo has estado? —¡De maravilla! Me he levantado temprano y quise pasar a desayunar contigo, si no es atrevido de mi parte. —La miró y le guiño un ojo. —Sera genial, prepararé café. —¿Tu que tal estas? —preguntó el, sentándose en la silla del comedor. —Fatal. —Ali no pudo evitar ser sincera. —Es que… No he podido dormir bien. —dijo, disimulando ante su ataque de sinceridad. La incomodidad tomaba terreno, las piernas de la chica flaqueaban al compás de la traición. Los temblores se localizaban en sus manos al preparar el café. El tiempo avanzaba lentamente. Aarón le daba muchos temas de conversación, que terminaban en respuestas cortantes por parte de la dama. La tensión que se sentía contagió al caballero, que bailaba otra danza totalmente diferente al de las trampas. —Lo siento si fue descortés venir sin avisar… No te preocupes, a mi madre también le fastidia la gente que llega sin invitación. —Le dirigió una sonrisa comprensiva. Ali no podía oírlo, se sentía tan culpable, pese a que aún no eran una pareja oficial. Cada vez que hacía contacto visual con aquellos ojos tan fijos en ella, palidecía y su presión bajaba. La cosa no estaba yendo para nada bien. El comedor, bañado en una luz cálida de mañana, contemplaba a los amantes deshonrados. —Ali, ¿Te encuentras bien? —preguntó el, observando su palidez sepulcral. No obtuvo respuesta, la mente de Ali comenzaba a tomar rumbo hacia los montes más divagantes. Allí nadie podría dañarla nunca más, no caería ante los placeres que quizá fueran pecaminosos. Entre cortinas azules de seda y palpitaciones aceleradas, la muchacha flotaba en sus sueños despierta. Un piquete de araña le devolvió la realidad que necesitaba, pero le otorgo una cantidad considerable de dolor. Pero, no obstante, la salvó de quedarse en el mundo imaginario que estaba formando. —¡Ay! —gritó ella, con los pies sobre la tierra otra vez. —Santo cielo. —dijo Aarón divisando a la araña junto a su amada. —Déjame ver eso. La pantorrilla se había hinchado, pero no de forma grotesca. Por suerte, como el joven era médico, reconoció que no era una picadura severa. —La lavaré y desinfectaré para que no pase nada. Por eso estabas tan rara… Debiste decirme que aguantabas el dolor. —Su mirada se centró en la chica, con gentileza, mientras esperaba que se quitara los pantalones para estar más cómodos. Ella sintió aún más culpa por su amabilidad que la destrozaba, y aunque quizá no había cometido ningún delito, sentía la obligación de contarle todo lo acontecido. Tomó un largo sorbo de café antes de extender su pierna para que el la curase. Cerró los ojos en busca de una alternativa, o algún tipo de excusa para sacarse ese veneno que traía encima. Era irónico que dentro de ella combatía el veneno de la araña con el veneno de su alma. El parecía tan comprensivo, que estaba casi segura de que la entendería. Aun así, debía seguir pensando, aunque fuera unos segundos más, a cuentagotas. No quería condenarse al abismo de ser considerada una mujer traicionera y a la que le gustaba dar lástima. Tomó el coraje más grande que había corrido por sus venas jamás en su vida, y dijo firmemente las primeras palabras para su amado. –Tengo que hablar sobre algo importante contigo.
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