La preparación de su viaje era inminente. Su último año en la escuela sería también su último año en la ciudad. Nunca podría terminar de agradecerle a Gael por la oportunidad de ir a vivir con él a otro país. Quizá no fuera lo más lógico ni lo más seguro, pero había realizado tantas capacitaciones periodísticas, que la posibilidad de viajas a un lugar nuevo, y estudiar mientras trabajará sería fantástico para él. El tío de Gael era una persona muy importante en la ciudad a la que se mudarían, y le había prometido ese trabajo.
Todo estaba saliendo tan bien, y las cosas mejoraban cada vez más. Para el sería siempre uno de sus mejores años. No se comparaban a los anteriores, donde se encontraba perdido entre calles oscuras, golpeando a quien lo provocase, hundido en los estupefacientes baratos y no volviendo a casa por días. Todavía recordaba a su tía llorar, y la impotencia de no tener la capacidad de cambiar. Ahora seguía con algunas de sus viejas adicciones, que intentaba equiparar con el ejercicio extremo, pero que no podía hacer desaparecer.
La mirada cansada y triste de su tía cuando lo veía llegar tan enfadado, lo carcomía por dentro. El comprendía que ella se había hecho cargo de su crianza desde que era un pequeño niño y así se lo pagaba, con cuotas de sufrimiento en largas madrugadas sin llamadas atendidas. En su corazón sabía que debía irse para arrancar sus demonios, alejarse de su madre para respirar en paz, y de la tensión que siempre vivía instalada en su casa. Estaba harto de esa ciudad, de esa escuela, en la que pasaba tantos años extra por mala conducta que derivaron en tener que repetir el curso varios años. Se sentía mayor que todos y más incomprendido que nadie.
Se prendía fuego tan rápidamente con cualquier cosa y frecuentemente terminaba en pleitos que ni siquiera le incumbían. Los golpes que daba no eran tantos como los que recibía, pero no por falta de capacidad. Tenía mucha fuerza, pero a veces se dejaba golpear como castigo para sentirse un poco mejor en su alma corrompida. Su tío le decía que no debía dejarse ganar nunca, porque lo haría parecer débil y quedaría completamente expuesto. Sin embargo, él no quería parecerse a su tío en ningún aspecto, no se llevaban del todo bien.
La cólera lo conducía por caminos sombríos, y tenía la oportunidad de tomar un aventón hacia una mejor vida. Su madre peleaba muchísimo con su tía y casi siempre se escuchaban golpes y maltratos, que él quería dejar de oír. Lo peor era cuando el doctor iba a hacer su revisión semanal, y su madre se ponía tan furiosa que no dejaba de gritar. Las medicaciones intentaban dormirla la mayor parte del día, pero las horas que despertaba se la pasaba fatal.
Quería aprovechar el tiempo para hacer las cosas que le gustaba hacer en la ciudad que lo vio crecer, despedirse de una buena forma. Todas las etapas que vivió se encontraban allí y quería recorrer un poco ese camino nuevamente antes de partir hacia nuevos horizontes. También quería pasar más tiempo con sus tíos. Les había prometido que los visitaría seguido, a pesar de que la distancia era considerable.
Solo le quedaba un mes, y decidió poner en marcha sus planes. El primer día fue al lugar donde practicó boxeo casi toda su vida, hasta que un terrible día lo expulsaron por problemático. No había vuelto a poner ni un pie allí, porque su orgullo era muy fuerte. El profesor más experto era uno de los mejores amigos que jamas había tenido y haber dejado de hablarle radicalmente, a veces le dolía.
Entró con la capucha sobre los ojos, para que no lo reconocieran. Observó a los nuevos estudiantes desde los escalones de los espectadores. Aquel era un lugar tan grande y siempre estaba lleno de personas. No era un sitio tan agresivo como parecía, todos comprendían que el deporte no era excusa para ser violento.
Divisó a algunos de sus antiguos compañeros entrenando, con el esmero con el que el también solía hacerlo. Sintió un poco de incomodidad ante sus actitudes impulsivas que lo alejaban de las cosas que lo hacían feliz. Observó a una chica nueva, a la que jamas había visto ni siquiera en la ciudad. Su cabello era crespo y oscuro y su cuerpo estaba bien formado, era casi tan alta como él. Tenía esas piernas largas que siempre lo hacían perder la razón. Se preguntó si sería nueva en la ciudad, parecía tener diecisiete o dieciocho, por lo que podía tenerla en la mira.
Centró su vista un buen rato en la esquina donde solía practicar sin parar por horas. Evocaba sus recuerdos en aquel gimnasio, cayendo en la cruda cuenta de que allí había vivido muchas de sus horas más felices. Mientras más recordaba, más vergüenza sentía por su actitud pasada.
No entendía porque su reacción desemboco tal violencia dentro de él, que luego mutó en llanto al llegar a su casa. El malestar no desapareció con los golpes que le dio a su enemigo, ni tampoco con los que le proporcionaron a él. No hubo gozo ante su victoria fuera del ring, la cual estaba prohibida, ni tampoco felicitaciones. Los ojos del chico de campera negra y desdeñada se nublaban en una tierra neblinosa donde todo era confusión y desamor. Por ello la adrenalina jamas sería suficiente, y la insaciable bestia correría para atrapar algo con lo cual descargar todo ese dolor. Cuando lo expulsaron, caminó sin parar casi quince kilómetros, donde se quedó durmiendo en una plaza desolada.
Pero se encontraba nuevamente en ese sitio, agazapado y cabizbajo. El cabello le tapaba sus enormes ojos oscuros. La ira supurante de su corazón quería brotar de a borbotones nuevamente, se preguntó si así sería siempre, si era algo de su personalidad que nunca podría cambiar. Si aquellas manchas en su legajo compartirían con el su destino eternamente, y su mochila cada vez crecería más. Suponía que tarde o temprano su vida terminaría en un desastre, por mucho que quisiese arreglarla y cambiarse a sí mismo. Había heredado la mala fortuna de su madre, e incluso su médico le decía frecuentemente que eso lo condicionaría mucho en sus decisiones. Algo estaba mal con él, lo comprendía y lo dejaba salir cuando el rencor le atrapaba la razón.
—Chico, ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó una voz detrás de Simón, colocando una mano sobre su hombro.
—Ah… Ya me iba. —tragó saliva al reconocer a su viejo profesor, agachó la cabeza y se dispuso a empezar a caminar.
—No, no me malinterpretes, solo quería preguntarte cómo has estado. ¿Cómo estas Simón? —preguntó el profesor, dirigiéndole una mirada severa.
—Aja, bien, supongo. —Simón desenfoco la mirada, decidió cerrarse para que no viera su nostalgia. —Me queda poco tiempo aquí en la ciudad, y decidí pasar a ver como seguía todo.
—Me parece genial, quédate lo que quieras chico, mientras no busques peleas innecesarias. —Volvió a mirarlo con severidad.
—Entendido. —dijo mientras sonreía con humildad, cuando el hombre estrecho su mano, el chico apoyó su cabeza en el hombro de su maestro, que tenía casi dos metros de alto.
No fue una despedida emotiva, pero fue lo que necesitó Simón para aplacarse un poco. Siguió observando a sus ex compañeros, y por un momento se dejó llevar para ir a golpear la bolsa que tanto amaba. Se deslizó por el lugar con sigilo hasta encontrar una disponible y profirió a golpearla con fuerza, sin guantes que lo protegieran. Golpe tras otro, limpiaba sus heridas internas. No pensaba en nada, solo aquella sensación de estar en un mundo distinto, sin pesares. Era lo que tanto temía su tía, al mundo imaginario al que su madre se había mudado una vez para siempre. Nadie se enteraría si se iba de vez en cuando, después de todo aún tenía el control.
Al terminar volvió a la realidad, mirando al techo repleto de humedad. Fue al vestuario como de costumbre, olvidando que sus cosas ya no estaban allí. Al reparar en su error se echó a reír.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó una voz femenina. Se trataba de la chica de cabello oscuro.
—Ah, nada. Es que antes venía todos los días y olvidé que ya no soy bienvenido. —contestó, revoleando los ojos hacia arriba. —Creo que no soy bienvenido en muchos lugares. —sonrió.
—¿Tu eres Simón Paviano? —preguntó abriendo los ojos como platos. —Vaya, tu sí que eres un tipo popular.
—¿Si? Pensé que ya me habían olvidado. —dijo el chico mientras se apoyaba en la pared.
—Para nada, todos los días alguien dice algo de ti. Parece que eras muy bueno, el profesor te pone de ejemplo de talento y mala conducta. —soltó una risita. Dejó caer su cascada de cabello rizado hacia atrás.
—Tiene bastante de cierto. —entrecerró los ojos. —Entonces no deberías hablar conmigo, soy muy problemático.
—Me gustan los problemas. —dijo la chica, guiñando un ojo. —¿Quieres practicar? ¿O estas oxidado? —se puso en posición de pelea.
—Oh, espero que no. —respondió el, con una risa irónica.
Ella arrojó varios golpes que el cubrió con facilidad, pero no contaba con tanta fuerza como para hacerle daño. El notó que la chica era una principiante, por lo que la venció rápidamente y antes de arrojarle un golpe final, la besó para sorprenderla. Parecía como si ella lo hubiera querido desde un principio. El continuó besándola apasionadamente, hasta que le propuso ir a un sitio más tranquilo. La joven le contesto que debía avisarles a sus padres que llegaría más tarde, por lo cual el la espero afuera del gimnasio por unos minutos.
Simón no esperaba todo lo que le sucedería aquel día, en el cual su curso en su destino cambiaría para siempre.