Su novio salió huyendo de su casa ni bien tuvo oportunidad, y aunque, la cosa no salió del todo mal, necesitaría tiempo para procesar todo lo ocurrido. Ella sintió una punzada de vergüenza cuando él se despidió con la cabeza agachada, como si ambos fueran adolescentes que estaban desobedeciendo a sus padres. Lo cierto es que el hecho que sus padres quisieran prácticamente manejarle la vida la estaba agotando, pese a que comprendía que seguramente lo hacían por amor. Por suerte para ella, Paloma seguía los pasos que su madre le había marcado y sería su consuelo para afrontar lo que su mente consideraba como una amarga decepción.
El terror de haber espantado al amor de su vida la mantenía en vela, sin poder pegar un ojo. Simón no le había escrito ningún mensaje y eso la apenaba, porque aún tenía vestigios de una personalidad absorbente. Tuvo la fortuna de que su padre se portara de maravilla al igual que su hermana mayor, pero su madre por poco había sufrido un infarto. Le parecía todo tan exagerado, más al pasar en limpio esa situación, donde solo había presentado a su novio a su familia, que era un muchacho con un trabajo estable y lo trataban como si fuese un vagabundo o un asesino. Siempre juzgado por las acciones de su familia, incluso desde pequeño y eso a Alana le provocaba mucha impotencia.
Le cayó una lagrima cuando pensó como harían para viajar todos juntos en paz, serían prácticamente una multitud. Toda su familia viajaría, el prometido de Paloma y también Simón y Gael, la paz sería complicada. Alana pensó que la mejor solución sería ir en distintos aviones, con diferentes horarios, intentaría que pareciese una coincidencia.
¿Seguiría queriendo ir con ella?
Ese pensamiento la rodeaba de tempestad, en plena madrugada y se sentía más sola que nunca. Se percibía egoísta y quería destruirse lentamente, la sensación en su vientre era tan fuerte, que en su interior creyó tener un líquido que iba carcomiendo todo su cuerpo lentamente. En muchas ocasiones se sentía así, una depresión tan fácil donde caer y tan inimaginablemente difícil de salir. Su pecho se encogía ante las incontables posibilidades malas en las que podía derivar su historia de amor, la incertidumbre le abría los ojos para no dormirse y descansar.
Quiso detener aquello que podía destruirla, que yacía dentro de ella desde hacía tanto tiempo, como si fuera una parte suya irremplazable. La belleza del mundo permanecía oculta a sus ojos, complementado su mirada a una niebla que todo lo cubría, un velo doloroso y destructivo. No pudo detenerse a sí misma a tiempo, antes de que el vómito se le escapase de la garganta. Los sentimientos encontrados guiaron su mano al espejo más cercano, estrellándolo para cortar su depresión. Así y tal como sucedía cuando era más joven, sus pies acabaron sangrantes, ardiendo entre los cortes, que para ella nadie jamás descubriría, porque era su forma de ocultarse ante cualquier mirada. El dolor esta vez fue demasiado para soportarlo, la tristeza la pudo y la estrechó entre sus brazos, provocando que soltara un llanto sonoro, que despertó a todos en la casa.
Así la encontró su madre, ensangrentada y cubierta de vómito, envuelta en sus propias lágrimas. Alana no respondió a sus preguntas, ni a su desesperación, en aquel estado de shock. La madre la acunó entre sus brazos para calmarla.
—Hija por amor de Dios, contéstame. —La voz de su madre se quebraba por la impresión.
—Ya, no pasa nada… —Alana balbuceó, con los ojos enrojecidos y un dolor de cabeza intenso.
—¿Tú te hiciste esto? —señaló los cortes horrorizada, pero al hacerlo, contempló las cicatrices de cortes antiguos, profundos.
El silencio reino la totalidad del cuarto, rasgando el misterio de una madre perdida, afectando la herida de una joven enamorada.
—¿Es que yo jamás…? —Su madre la vio con la mirada cargada de culpa, dando paso a la amargura.
—No es tú culpa, mamá. —Alana bajó la mirada al suelo, el dolor de cabeza la impedía ver la luz.
La madre calló por unos segundos, preguntándose cómo es que no se había percatado de todo, de cuanto permaneció dormida en sus pensamientos y solo aquel suceso tan drástico había logrado captar su atención. Se culpó por siempre creer que su hija podía con todo solo con su fortaleza, había necesitado su apoyo en más ocasiones en las que se la brindó.
—Cuanto lo siento. —Sollozó, besando a su hija en la frente.
—Tranquila mamá, ya me encuentro bien. —dijo Alana, escondiendo sus heridas.
—Debemos ir a que recibas atención médica.
—Mamá, no es nada, solo fue ansiedad… Suele sucederme en algunos momentos difíciles. —Sujetó su cabeza con ambas manos.
La madre volvió a bajar la cabeza, eran muchas cosas angustiantes que digerir, pero pudo ver que su pequeña hija le estaba brindando una última oportunidad para estar unidas. La alegría de verlas la había cegado casi al punto de perderla, jamás se lo hubiera perdonado. Todo sucedía tan rápido, como una montaña rusa que podía resultar mortal si uno se descuidaba.
Alana fue al lavabo unos segundos para limpiarse, luego fue de vuelta con su madre, que aguardaba nerviosa sentada sobre su cama. Le dio un abrazo que pareció infinito para las dos, en una reconciliación silenciosa y mágica, como en un sueño. La rueda de la fortuna continuó girando para dejarlas vivir en paz por un tiempo más. Mientras las cartas del castillo se reconstruían y madre e hija contemplaban el cielo estrellado de una fresca madrugada.
—Es curioso que tu padre no se haya siquiera levantado, tiene el sueño más pesado que nadie. —le dijo su madre, entre risas.
Alana también soltó una risita, al percatarse de ello, ver sonreír a su madre seguía sin tener precio.
—Hija, debemos planear las cosas para el viaje, será maravilloso. Estoy segura.
La madre abrazó nuevamente a su hija y la besó en la frente, aceptando su camino, en la calma antes de la tormenta.