Capítulo 45 De Ali luego de ser madre

1079 Palabras
Un chillido le invadía la gran parte de la cabeza, se sentía dormida y al mismo tiempo despierta, como en un trance. En sus sueños, parecía estar despierta, cuando buscaba a su pequeño por toda la casa, como un ente solitario. Gritaba su nombre, pero de su boca no salía ni un sonido, los ojos parecían salirse de sus cuencas y no podía ver con claridad. Como si el mundo se hubiera vuelto completamente n***o y sombrío, un trance eterno. Derramó unas lágrimas al descubrir que se hallaba drogada, un pensamiento lúcido entre tanta confusión, que se apagó al instante de nacer. Lo único que mantenía de forma constante en su mente, era el rostro de su hijo, el nombre de Simón y una canción que sonaba constantemente, su canción favorita. “La costumbre tan dulce, el abrazo más fuerte no hay quien pare el andar de un amante valiente” Las horas no pasaban, como si viviese en una nube aislada de cualquier realidad, flotando entre sus miedos y certezas. Cuando los días pasaron, en sus cuatro paredes, comenzó a crear imágenes en su cabeza, que se transportaron a su cuarto, en una mente corrompida por el desamor y la traición. Una enfermedad que iba más allá de cualquier diagnóstico y su dolor era único, tan penetrante como una aguja cubierta de veneno. Llegó a olvidar incluso su propio nombre, bautizándose como un fantasma, un número, una letra, nadie importante. —Si te acercas a tu hijo, te enviaré tan lejos como no te imaginas. La voz de Alan de cada día, le ponía los pelos de punta, entre medio de la fantasía en la que se hallaba, comprendía que aquello era real. —Te alejaras de él, por el bien de ambos. Cada día, una nueva advertencia, una cantidad más pequeña de comida y una gran cantidad de medicamentos en su cuerpo, suministrados por su cuñado, la única persona a la que veía. —Estás loca. —Completamente loca. —Perra. —Ingenua. Los meses pasaban, donde los recuerdos de un pequeño rondaban su cuarto, incluso podía percibir su voz, llamándola, entre sus pesadillas. —Estas prácticamente muerta. —Eres incapaz. —O no vuelves a acercarte a nadie o nunca podrás salir. Algunos golpes le marcaban la espalda, cuando decidía gritar por socorro, en sus pesares más profundos. El niño estaba allí para ella, junto a su cama, sonriendo y jugando con algunos animales de granja. —Imbécil, ramera. —Tú no tienes hijos. —Si gritas, el niño sufrirá, ya no existirá. —Estás enferma, completamente loca. El año transcurrió en un abrir y cerrar de ojos, en su pequeño cuarto, donde tantas cosas y aventuras había vivido. La fortaleza se había esfumado, dejando su cuerpo lleno de pena, la mente se nubló tempestuosamente. Una tormenta reinaba en su interior, derramando su pena en sus ojos. El oír los pasos que se dirigían a su habitación le provocaba tantas nauseas. —¿Por qué no entiendes? Él no te quiere, no lo hará nunca. Nadie te amará jamás. —Has perdido la cabeza, nunca has estado bien. —Eres tan tonta, estás loca. —Si vuelves a gritar, no saldrás nunca. La lluvia devoraba sus paredes, sus recuerdos se esfumaban con cada pastilla, cada golpe y cada estupefaciente. Su espejo le mostraba un mundo aterrador, donde los monstruos luchaban por secuestrarla, lastimarla, debía luchar con ellos. El monstruo más aterrador, entraba todas tardes a su prisión con palabras terribles. —Estás muerta. —Eres grotesca y estúpida. —Nunca fuiste inteligente. —¡No vuelvas a hablar en tu vida! El frío le calaba los huesos incluso en verano, el miedo se apoderaba de todo su ser por las noches y su alegría se había extinguido. Solo recordaba algunos vestigios salidos de su conciencia. “El niño, su nombre es Simón” “El que aplasta, Alan” “El verdugo, Andrés” “La ladrona, Tatiana” “El más cruel, Aarón” En su mente, formaban parte de los cuentos diversos que su mente creaba en la habitación. Como si fuesen personajes de ficción, de algún mundo inventado. El dolor que la alimentaba, adormecía su juicio para mantenerla a salvo en aquel teatro imaginario. No habría salvador, ni príncipe que la rescatase de la torre que la mantenía cautiva. —Estás loca. —Eres asquerosa. —No deberías existir. Con cada visita sus insultos iban cada vez más en ascenso. La rueda la aplastaba, la vida la aplastaba y no percibía ninguna salida por donde escapar. Solo sus cuatro paredes, la ilusión de un pequeño, un elenco de personajes fantásticos y un teatro sin fin. “Los pasos en falso pueden consumir a un perro viejo” Su canción de fondo, la cantaba para crear su ambiente, para iniciar su obra. Dormir a veces era la forma más rápida de embriagarse, en la rutina más extraña que alguien pensase. Su fe, en ruinas, se desdibujaba en su apariencia, con el cabello tan enmarañado que no podía pasar sus dedos entre medio, su ropa pestilente y su piel agrietada. Los años se le habían venido encima atropellando cada uno de sus sueños. —Aprende algo, estúpida, aprende a callarte. —Estás demente, ramera. —¿Con quién demonios hablas? —¿Ves? Tal como te lo dije, Tatiana, ella siempre estuvo loca. —¿No puede irse a un psiquiátrico? –Solo la mantenemos aquí por ti, si hace algo tú serás la responsable. Las voces se fundían en su cabeza, formando parte de alguna obra que su cabeza crease, con un cielo lleno de estrellas luminosas. —Ahora escúchame, tu hermana quiere que te dejemos salir un poco. No puedo creerlo. —dijo Alan, sosteniendo la cabeza de Ali con fuerza, lastimando su cuello. Ali escuchaba con algunos gramos de lucidez, esforzándose por no crear una laguna o divagar en su cuento de hadas. —Si el niño se te acerca, el sufrirá. Si tú te le acercas, te juro que te arrepentirás hasta el final de tus días. Piensa un poco. —Zamarreó su cuerpo con brutalidad, tanta que Ali estuvo a punto de llora. —¿Entiendes? Ali no recordaba con certeza quien era el niño del que le hablaba, pero en su mente, obedeció a Alan sin chistar. Quería protegerlo, como en los cuentos, y quizá podría ser la heroína de este, alejando al niño de su presencia para salvarlo.
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