La chica lo había dejado boquiabierto, su seguridad peligraba y él siempre estaba acostumbrado a vivir a la defensiva. Aquello era nuevo, tan nuevo que lo asustaba, se sentía amenazado. Una parte de él quería salir huyendo lo más rápido posible de aquella casa y dejar el asunto atrás. La cosa se complicaba cada vez más, acrecentando su personalidad dispersa y volátil. Se replanteó como quería seguir, si estaba dispuesto a enfrentarse a toda esa gente, que lo estaría juzgando y denigrando, como era quizá más que evidente.
Ella seguía sobre su pecho, con la respiración agitada, también se hallaba nerviosa. Su cuerpo estaba tibio y sentirla al tacto lo tranquilizó, pero no estaba estable. Ella volteó a verlo con sus grandes ojos claros, y comprendió que no tendría opción, estaba conectado a ella y haría lo que fuera, por más que desafiara todo lo que él era. Vio en ella, su corazón al descubierto, su alma expuesta frente suyo, el solo debía protegerla. Sin embargo, él también se sentía en carne viva, cualquier cosa podía dañarlo ahora que estaba enamorado perdidamente y quería obtener la fuerza necesaria para cuidarla. No podía imaginar todo lo que estaba por pasar y prefería no hacerlo, en vez de ello, encendió un cigarrillo cerca de la ventana y cerró los ojos.
—Tranquilo. —Ella lo tomó de las manos. —Veras que no son monstruos.
—Solo sé que tú no eres un monstruo, guapa. —le dio otra pitada a su cigarrillo. —Sobre los demás no tengo idea.
—Mi hermana debe estar contenta, por ende, mis padres también. —Alana suspiró. —No se molestarán, estarán demasiado felices para hacerlo.
—Supongo que ya es tarde para arrepentirme. —Simón sonrió, con una mueca divertida. —Estoy listo para mi sentencia final.
—Basta. —Alana soltó una risa, aunque algo nerviosa. —Te peinaré un poco.
—Adelante. —Simón se agachó para le fuese más sencillo, Alana hizo lo que pudo para que quedase más presentable. —¿Y?
—Te ves genial. —dijo al tiempo en que lo abrazaba. Él se refugió en ella por un rato, buscando su paz. No quería tener ningún arrebato de locura.
—Gael se morirá de la risa cuando le cuente esto, jamas lo va a creer. —Simón arqueó las cejas, de una forma que enloqueció a Alana.
—Saldrá bien, anda, vamos a esperar al living.
Simón asintió y se sentaron en uno de los sillones del living, ella había preparado té y lo depositó en la mesa para que él lo tomase, pero él ni siquiera lo miró. No había llegado nadie aún, pero dentro de él la ira se multiplicaba, porque en su modo los recordaba, y veía sus miradas desdeñosas, en especial de la madre, como si estuviesen allí, como en el pasado. Aquí en su nuevo hogar jamas había recibido esas miradas, esos comentarios a su espalda o esos desprecios, pero ahora volvían a él y no podía cambiarlo.
—Relájate. —dijo ella, tomándolo nuevamente de las manos.
Pero el ya no contestó, sino que, en silencio, buscaba la mayor paciencia que tuviese, para aguantar lo que el preveía que sucedería.
Alana escuchó las voces provenientes de fuera, y se anticipó a su llegada, recibiéndolos en su puerta. La madre, quien entró primero, le dirigió una mirada sorpresiva.
Con tan solo dos o tres oraciones, Alana presentó a su pareja, pero sus padres lo reconocieron de inmediato. Paloma se sentía nerviosa por la situación, pero no estaba acompañada de Aarón. El padre sonrió con amabilidad, aparentando tranquilidad, la madre por otro lado, estaba estupefacta.
—¿A qué te dedicas, muchacho? —Le pregunto el señor, con voz calma. Al parecer su presencia no le disgustaba tanto.
—Soy periodista, trabajo en el canal local y también en un diario digital. —contestó el tímidamente.
—¿Cuál es el diario? —El hombre parecía interesado.
—Se llama Entre-tiempo, más que nada es…
—¡Lo conozco! —El padre lo interrumpió. —Es más que nada de deportes. ¿Verdad?
—Sí, yo redacto los artículos y realizo las notas…
—Qué bueno, debe ser un trabajo muy divertido. —Le dijo, entusiasmado con la conversación.
Simón seguía a la defensiva.
—Escúchame hija, hablemos en privado. —dijo la madre, ignorando la presencia de Simón y tomando a su hija del brazo.
Alana obedeció, fueron hacia el jardín. En el living solo quedaron el padre, Simón y Paloma.
—¿Entonces, como se conocieron? ¿O ya se conocían? Yo te conozco desde que eras un niño.
—Fui a hacer una entrevista en su trabajo… Así fue como nos conocimos.
—¿En serio? —El hombre sonrió. —Te ves bien, hijo, mucho mejor que la última vez que te vi.
—Simón, ¿Cuándo piensan viajar? —Paloma intentó generar una conversación. —Se me ha ocurrido una idea.
—Supongo que la próxima semana, tengo que apresurarme para ir a ver a mi madre. —El chico hablaba, solemne, con su mirada penetrante clavada en cualquier persona que lo mirase.
Aquello conmovió al padre, también a Paloma, pero ambos se quedaron en silencio por un rato.
—Papá, ¿No te parece que podemos ir todos juntos?
—Es una gran idea hija, me parece bien. —El padre sonrió amablemente. —Podemos acompañarte, para que puedas sobrellevar esta situación tan difícil.
Simón, por primera vez en mucho tiempo, le sonrió a un desconocido.
La tranquilidad duró poco tiempo, cuando los gritos de la madre llegaron incluso hasta el living, los gritos de Alana, se oían aún más fuerte.
—Discúlpenme, iré a tratar de ayudar. —dijo Paloma, alterada, retirándose.
—Bueno, las cosas no siempre son fáciles. —El padre le dio una mirada amable, paternal.
—Supongo, no esperaba menos. —Simón hizo una mueca de sonrisa, el padre lanzó una risa.
—Se le pasará, desde luego. —hizo una pausa. —¿Cómo se encuentra tu madre?
—La verdad no tengo idea. —Simón subió la vista al techo. —Nadie me dice nada, pero mis tíos jamas hablan sobre ella, estoy acostumbrado.
El padre lo miró extrañado, como si hubiese oído un disparate.
—¿Es que no te cuentan nada sobre ella?
—Absolutamente nada. Solo dicen que está bien, y eso es lo máximo que se. —El tono de Simón se tornaba más relajado.
—Debe ser terrible, bueno, ahora que somos familia intentaré ayudarte con eso. Después de todo también somos vecinos con tus tíos.
—Gracias. —Simón estaba bastante más tranquilo, al menos el padre no parecía detestarlo.
Madre e hijas entraron rápidamente, sin verse entre ellas, la madre hizo ademan de sentarse no sin antes hablar.
—Bueno, me he llevado una profunda decepción, pero la vida es así. —Blanqueó los ojos. —Tengo el consuelo, de que mi hija mayor es mucho más sensata y gracias a ello, puedo aceptarte, chico. —Le dirigió a Simón una mirada severa. El padre ladeó la cabeza, avergonzado por aquellas palabras.
—Bienvenido a la familia Simón. —dijo el padre, intentando limar las asperezas.
—También conocerás a mi prometido, Simón, de seguro se llevarán bien. —la voz de Paloma se cargaba de ilusiones y esperanzas de paz.
Simón supo que todo había salido mejor de lo planeado, pero la calma antes de la tormenta siempre parecía dócil y apacible.