Capítulo 40 De Alana en su adultez

1469 Palabras
Sus padres y Paloma, junto con Aarón, estaban a punto de irse de paseo por los sitios turísticos del lugar. Alana había decido quedarse, para poder limpiar un poco la casa y de paso relajarse un poco. La noche culminó exitosamente, con Paloma feliz y sus padres conformes con la situación, por lo cual ahora podía estar tranquila. Sumado a que, cada hora, se comunicaba por mensajes con Simón y estaban muy unidos. El la pasó a visitar antes del almuerzo, y pasaron juntos como dos horas hasta que tomaron conciencia del horario, se compenetraban hablando tanto que perdían la noción del tiempo. Cuando volvió a casa se encontró sola, y su hermana le había mandado un mensaje comunicándole que se irían a almorzar a un restaurante, para luego ir de paseo y la invitó a acompañarlos, pero Alana quería estar en casa sola por un rato, por lo que decidió quedarse. Sacó del refrigerador macarrones congelados, y los preparó con queso para comer rápido. Una vez terminada su comida, se propuso limpiar un poco antes de descansar. Le envió un mensaje a Simón para mostrarle su plato con macarrones, porque sabía que él era fanático de ellos, pero aun no le contestaba. “—No me encuentro bien, luego te hablo.” Esa fue su respuesta, Alana pensó lo peor, también pensó que quizá le había ocurrido algo a su madre o que algo de ella le había molestado. “—¿Qué sucede? ¿Puedo ayudarte en algo?” Silencio, como si el tiempo se detuviese, Alana sentía un cosquilleo en el estómago. Su autoestima se reducía y se sentía egoísta, afectándose por algo que no comprendía. Al verse en el espejo del baño, el reflejo le devolvió una imagen sumamente desagradable, donde se odió profundamente, con el reflejo atravesado en el corazón. No quería molestarlo, tampoco ser desubicada ante una situación tan delicada, pero de desmoronaba por dentro. Uno de sus miedos se encarnaba, se estaba volviendo dependiente de él y temía que empeorase. No podía depender emocionalmente de su atención, porque él era un ser humano con sus propios problemas y sería tan egocentrista de su parte pensar que debía prestarle atención en todo momento. Debía ser independiente, como siempre lo fue y podía seguir siéndolo, evitando la parte de cubrir sus tormentos e ignorarlos para que en algún momento de la semana explotasen. El timbre sonó, cortando su dialogo interno. —¿Puedo pasar? La voz de Simón le devolvió el alma a su cuerpo, se aproximó corriendo a recibirlo cuando se percató de que se encontraba en su casa, y sus padres no sabían de su relación. Pero aquel era un riesgo mínimo y no gastó atención en ello. —¡Cuánto me alegra verte! —Le dijo mientras se lanzó a abrazarlo, él le devolvió el abrazo, sosteniéndola entre sus brazos por un rato largo, tampoco quería soltarla. —¿Es que me extrañaste? —Simón sonrió, entrecerrando los ojos. —Solo pasó una hora. —Ya lo sé… —Alana lo miró apenada. —Lo que pasa es que… Simón la interrumpió con un beso muy largo, apasionado en el cual transmitía la seguridad que lo caracterizaba, la hacía sentir resguardada. —No me expliques nada, me gusta que me extrañes. —Guiñó un ojo y volvió a sonreír, ella estaba perdidamente hechizada. —¿Puedo pasar? —Claro. —Alana abrió la puerta y de inmediato, sacó de la nevera un recipiente con helado, era lo único que se le ocurrió ofrecerle para liberar su vergüenza por parecer posesiva. —Oh, genial, vaya que me quieres. —dijo el cuándo vio el recipiente que la chica traía entre sus manos. —Es que no se me ocurre nada, podemos tomar un café. —Alana lo miró sonriente, un tanto apenada. —Me parece bien, estoy colapsado. —Simón se desplomó sobre la silla. —¿Quieres contarme? —Alana comenzó a preparar el café, lo miró por unos segundos, parecía el chico de su ciudad, con una sudadera negra y el cabello revuelto, con su palidez característica.  —Como quieras, es un completo disparate viéndolo así, pero Gael está como loco y quería estar solo… —¿Es que le sucedió algo a tu amigo? —Alana se desconcertó. Luego de beber café, Simón desahogó toda la historia con la mujer a la que amaba, ella lo escuchaba atentamente. Lo que él le estaba contando era algo impresionante para ella y no caía en la cuenta de que le estuviera pasando todo esto ahora, cuando su madre estaba al borde de la muerte. Él tenía los ojos nublados, un tanto enrojecidos y tristes, pero ella sostuvo su mano para darle apoyo. —Entonces debes ir con más razón. —le dijo al terminar. —Debemos, quise decir. Simón sonrió y su semblante se iluminó por unos minutos. —Genial, ya tengo todo planeado. Pero luego te explico mejor. —También he pensado en algo… Podemos armar un buen plan. Ambos se encontraron en sus miradas, ahogados de conflictos internos, por una grieta que los estaba liberando, limpiando, uniendo. El la contemplaba con fascinación, encontrando en ella todo lo que lo enamoraba, Alana estaba hechizada por su forma de ser y sentía que no podría volver a respirar sin su presencia. Se fundieron en otro beso, que se multiplicó constantemente, ella sabía que estaba despertando a la bestia que yacía en él. Tomó su cuello y lo besó, al tiempo en que lo mordía, quería que despertara, lo deseaba y su fuerza la llenaba por completo. No pensaba en que aquel era su hogar, ni que sus padres podían volver en cualquier momento, su excitación ya no podía encontrar un límite. Su sexo se humedeció cuando él devoró su cuello con ferocidad, tomándola por la cintura hasta bajar a sus muslos. Ella pensó que la devoraría al sentir su fuerza, tan implacable y parecía que iba a prenderse fuego. Su cuerpo parecía de porcelana y él la poseía con los ojos enrojecidos, como si se tratase de un demonio al que no podía negarse, porque estaba completamente entregada a su placer. Su corazón latía con el ímpetu de una fiera y el acto comenzó casi de inmediato. Sentirlo dentro suyo no tenía precio, su interior elevaba su temperatura a dimensiones irrisorias y la hacía sentir tan a gusto con todo a su alrededor. Parecía como si estuviese hecha de espuma y el la dominaba a la perfección, sintiéndose liviana y tan excitada que pensó que podía desarmarse nuevamente, que no había un límite cuando estaban juntos para disfrutar. No quería que se fuese de su lado nunca, quería envejecer con él y tener pequeños hijos que los acompañasen, quería todo junto a él. Mientras llegaba a la plenitud, experimentó la mayor de las consciencias de su vida, contemplando que solo existía el momento exacto en el que estaba viviendo, y que todo lo demás se arreglaría solo, porque estaba en sincronía, así es como se sentía el amor. Él se desplomó a su lado, en su cama con sabanas rosas, ella rio al pensar porque habría comprado siempre las mismas, con los mismos colores. —Vaya, estoy agotado. —susurró Simón a su oído. —También yo. —Alana no podía borrar la sonrisa de su rostro. —Me siento tan feliz. —Yo también estoy feliz. —Hizo una pasa para acariciar el cabello de la chica. —Nunca creí que ser feliz se sentiría así de bien. Alana lo besó, pensando en que quizás sus palabras fuesen literales, y que jamas hubiera experimentado la felicidad. Lo besó en la frente y se recostó sobre su pecho. —¿Estas emocionado por nuestro primer viaje juntos? —preguntó ella, entre risas. —Sí, sí. Después de todo, viajar con mi novia será algo nuevo para mí. Seguro que la pasaremos bien. —Simón guiñó un ojo, y le hizo cosquillas en el cuello. Alana se ruborizó al oír que la consideraba su novia, porque no se lo había propuesto, por lo cual ella creía que aún no tenían nada formal. Era la propuesta de noviazgo más extraña que hubiera visto alguna vez. —Bueno, creo que podemos tomar algo en algún sitio, antes de que vuelvan tus padres… —Simón bajo la cabeza. —No quiero que te sientas incomoda, sé que no me aprobarían. Alana titubeó, mirando al techo compungida, pero al mismo tiempo tan cómoda en su pecho. —No quiero que te vayas. Simón la observó con sus ojos negros profundos fijamente. Ella sonrió con determinación. —Te quedaras, te presentaré con mis padres y anunciaremos el viaje. Alana soltó una pequeña risita, pese a tener mucho miedo por dentro, la aterraba todo lo que podría pasar.
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