Zedd- Años atrás (octubre del 2011)
Me gustaba dibujar a lápiz, lo que se me cruzara por la mente. Dibujar personas. Dibujar paisajes. Dibujar objetos. Así mismo, había pintado algunos lienzos, que se encontraban empolvados en mi gélida habitación, a excepción de uno, que se hallaba colgado en la sala de estar. Mi madre lo había puesto ahí. Ya que, en aquel cuadro, mostraba un hermoso paisaje, que había logrado captar desde mi ventana. El puente de Brooklyn se encontraba en este, en el cual los edificios y unas densas nubes, lo rodeaban. Era el cuadro favorito de mi madre.
La gente decía que tenia talento para dibujar, para pintar. Y yo les creía. Mi sueño, era dedicarme a aquel noble arte por el resto de mi vida, ser feliz, y vivir de ello.
—Puedes cumplir cualquier cosa, si te lo propones—solía decirme mi madre.
Y yo, haría lo imposible por cumplir mi sueño. Por darle una vida mejor a mi madre. No es que viviéramos del todo mal, sin embargo, desde que tenia uso de razón, habíamos vivido en el mismo humilde departamento en el barrio de Williamsburg, en Brooklyn.
Solo éramos nosotros dos. Mi padre, se había marchado de casa mucho antes de que yo naciera. Nunca más lo volví a ver. Pero, no era algo que me afectara. Esa solo era una de las desgracias de mi madre, que por alguna razón, nunca le iba bien en sus relaciones amorosas.
Varios novios de mi madre, se habían cruzado en nuestras vidas, en donde no habían traído mas que sufrimiento. Odiaba ver sufrir a mi madre. Me prometí a mí mismo, jamas sufrir por amor. Definitivamente, era un sentimiento, el cual jamas quería llegar a experimentar. Pues dicen que no hay como un corazón roto.
Odiaba las relaciones amorosas. Creía que tarde que temprano, todas se tornaban igual de tóxicas. Como las relaciones de mi madre, con aquellos tipos que solo la terminaban lastimando física y emocionalmente. Odiaba a los tipos violentos. Odiaba a los tipos, que solo veían a las mujeres como un objeto, sintiéndose superiores. Era algo, que verdaderamente detestaba. Mas, por suerte, en algunas ocasiones, el karma se había encargado, de que algunos ex novios de mi madre, pagaran por todo el sufrimiento causado.
Ya hacían varios años, que mi madre no se relacionaba con nadie, en el aspecto amoroso. Gracias a eso, una paz había llegado a nuestras vidas. Estábamos mejor solos. No necesitábamos de nadie. Así era mejor.
Me gustaba aquella etapa de mi vida, en la que por fin se podía respirar paz, en donde residíamos mi madre y yo, en aquel departamento de Brooklyn.
Me consideraba una persona a la que se le dificultaba relacionarse con los demás, y no por los traumas de mi infancia, que existían, atormentándome todos los días, simplemente era tímido y ya. Mi expresión siempre lucia como si estuviera enojado. Las personas pensaban que era un tanto imponente.
Gracias a mi timidez y a mi mala expresión, no tenia muchos amigos. Sin embargo, no me causaba conflicto aquel hecho. Me gustaba estar solo y convivir con mis propios pensamientos. Prefería no lidiar con otras personas; consideraba que estando solo, conmigo mismo, me evitaría un sin fin de conflictos. Y viceversa. Pues sentía que si las personas llegaban a conocerme a profundidad, conociendo quién realmente era yo, les aterraría lo que podrían llegar a encontrar. No era por exagerar. Pero aveces, yo mismo me aterraba de la persona que era. Así que, por eso mismo, prefería evitarles el conflicto de conocerme, a las demás personas. Es por eso, que en la escuela, no le dirigía la palabra a casi nadie. Mas que nada, me limitaba a refugiarme en mis dibujos y en mi música.
Me encantaba el rock alternativo y el genero indie. Era de esperarse, ya que Williamsburg, el barrio en el que vivía, era conocida por ser la zona hipster, en donde ademas, este era un punto influyente de indie rock. Williamsburg era una extensa comunidad que emanaba arte en cada esquina. Arte callejero, expresado en sus murales y edificios. Arte en todas las maneras posibles. Yo era feliz viviendo ahí. Pues el arte, los dibujos y la música, eran lo único que necesitaba.
Al no dirigirle la palabra a nadie, solo proseguía a observar lo que sucedía todos los días a mi alrededor. Observaba los escenarios, lo que ocurría, lo que la gente hablaba y decía. Observaba a la masa de estudiantes, que caminaba por las instalaciones de la escuela. Observaba sus gestos, sus expresiones y la forma en la que se desenvolvían. Sus vestimentas y calzado. Podía discernir la personalidad de la gente, solo con divisar sus zapatos. El ser observador, detenidamente, me había ayudado a conocer con profundidad a las personas y lo que estos eran, sin la necesidad de tener que entablar una monótona conversación, que muchas veces podía resultar ser incomoda. Observaba y solo observaba. Y a veces, se me iba el día entero observando. Descifrando las vidas de las personas, de mis maestros y compañeros de clase. Observaba, tratando de leer sus pensamientos, motivaciones y rutinas.
Observaba al profesor Delawere, que siempre lucia un tanto cansado. Su camisa manchada de café y sus zapatos un tanto desgastados. Me decían que llevaba una vida ajetreada, en donde todos los días se levantaba temprano, tomándose un taza de café con rapidez, prosiguiendo luego a caminar con paso agitado por el mismo trayecto de siempre hacia la escuela. Era joven, pero lucia como si fuera mayor de lo que realmente era. Se encontraba poseído por acciones programadas que tenia que realizar en su día a día. ¿Le gustara aquella monotonía en la que se encuentra inmerso?
Observaba a Daniel y a el trio de lobos, como solían decirles. Sus rostros reflejaban una enorme inseguridad y falta de aceptación, que desahogaban a través de molestar a los chicos con quién más se sentían inferiores. Daniel, sintiéndose inferior, haciéndose pasar como el chico malo, cuando por dentro no lo era tanto. Pero se empeñaba en ser un abusador y un hablador de primera. Ana, queriendo nivelar su autoestima a las de las demás chicas, buscando la aprobación de Daniel. Y Evan, que solo buscaba encajar en el trio. Sus miradas me decían toda esa información y más. La forma en la que se desenvolvian. Su vestimenta. Las vibras que estos lanzaban. Aquellos tres chicos me decían mucho con sus simples miradas y forma de comportamiento. ¿Cómo será la verdadera esencia bondadosa de tras de toda la inseguridad de Daniel, Ana y Evan?
Observaba a la profesora McAdam, siempre con un ceño fruncido sobre su rostro. Siendo la profesora más injusta y menos querida por los alumnos. Parecía que mientras más odio y quejas recibía, ella mas se empeñaba en mostrar aquel lado oscuro. Me preguntaba qué era lo que escondía de tras de aquel enojo y de aquella arrugas que emanaban de su rostro. La forma en la que tomaba el gis, apretando con fuerza al escribir sobre la pizarra. La forma en la que miraba. Su voz déspota. La forma en la que azotaba la puerta al salir del salón de clases. ¿Alguna vez, la profesora McAdam fue feliz?
Observaba a Lisa. El mejor promedio de la clase. Parecía un robot programado para saber qué decir, cómo actuar, e incluso como vestirse, dependiendo el día de la semana. Los lunes, amarillo. Los martes, azul. Los miércoles, rosa. Los jueves, verde. Y los viernes, rojo. Era una niña muy predecible. Notaba que yo le gustaba. Nunca dejaba de mirarme, embobada, con un rostro un poco tonto. No me desagradaba. Era bonita. Lista. Pero, había algo en ella que no me hacia sentirme atraído. Cuando coincidíamos miradas, no percibía una conexión, un sentimiento, sintonizando mis latidos a los suyos. Era simplemente una mirada normal y ya. De igual manera, no estaba interesado en una relación, y ciertamente, no sabia si en algún punto de mi vida, cambiaría de pensar. Lo más evidente era que no. ¿Sabra Lisa que no existe una conexión entre nosotros?
Observaba a Sara. Una de las chicas mas populares de mi clase. Siempre vi a Sara, como una chica más. Una simple chica, que trataba de ser popular, tratando de llamar la atención, metiendose en problemas con los profesores, bromeando con la gente, haciendo reír, entablando amistades con facilidad, para tratar de encajar y ocultar su dolor o alguna triste parte de su realidad. No la conocía mucho. Mas, esa impresión me daba, cada vez que su impetuosa voz, invadía el salón de clases, con alguna de sus bromas o comentarios. Cada vez que ella reía, escandalosamente. Cada vez que la veía pasar por los pasillos de la escuela, saludando con una emoción falsa, a cada persona que se encontraba. Esa impresión, solía darme, cada vez que yo la observaba. Sin embargo, a pesar de ser tan evidentemente transparente y extrovertida, con su forma de ser y relacionarse, percibía algo en ella. Percibía, que tenia un mundo acaeciendo, dentro de sí. Un mundo. Que solamente ella conocía. Un mundo. En dónde Sara podía ser, con libertad, quien realmente era. ¿Cómo será aquel mundo que habita en su interior?