Capitulo 6 - Sara

4461 Palabras
Años atras… (octubre del 2011) Sara En la secundaria, cuando tenia aproximadamente 14 años de edad, era una niña un tanto traviesa, que le gustaba meterse en embarullados problemas. Solía escaparme de las clases o hacerles bromas a los profesores, cuando estos llegaban a ser injustos. Un típico comportamiento inmaduro de un adolescente temperamental. Ya que, ¿quién era yo para castigarlos de esa manera? Pero en esa etapa, en donde, de un día para otro, dejábamos de ser niños, para convertirnos en una inestable especie de prototipo de joven, en lo cual éramos lo suficientemente grandes para dejar de ser infante, pero no lo suficientemente grandes como para convertirnos en jóvenes, mucho menos en adultos, nos lográbamos sentir sabelotodos e invencibles por el mundo, capaces de causar alguno que otro embrollo, para a consiguiente reír, obtener un justo regaño y finalmente aprender de ello.  A diferencia de cuando estaba en el jardín de niños, le caía bien a la mayoría de mis compañeros de clase, podía decirse que era popular, mas que nada por mi excesiva carisma y mi buena facilidad para hacer amigos. Era la graciosa de la clase. Todos me saludaban cuando recorría los pasillos de la escuela, me lanzaban sonrisas o halagaban mi cabello de rizos embarullados, que lucían un listón color n***o, así adornando mi cabellera castaña. Sin embargo, había tres chicos, con los que no me llevaba en lo absoluto. Uno de ellos, llamado Evan, de cabello rojizo y sonrisa torcida, con un pequeño bigote sobre el contorno de sus labios, era el que menos me fastidiaba, mas siempre se encontraba con sus dos amigos inseparables: Ana y Daniel. Ana, de ojos chispeantes y cabello lacio, extremadamente perfecto, era la típica niña, que me miraba de pies a cabeza, con una envidia escabrosa; haciendo comentarios de mi cabello rizado. Por otro lado, Daniel era el líder del trío de conflictivos adolescentes, a los cuales les apodábamos: el trio de lobos.                                                                                                                                                                                                 Daniel, de ojos oscuros, un tanto turbios, que te hacían temblar, si los mirabas muy de cerca, y una tez, casi pálida, blanquecina, solía llevarme la contraria en todo lo que decía y expresaba. Él era aquel chico que solo molestaba, ofendiendo por cualquier cosa que dijera o hiciera, aquel chico que jaloneaba mi cabello o incitaba a sus fieles secuaces a molestarme. La verdad, no recordaba la razón en particular, por la cual habíamos empezado a llevarnos de tal modo, cayéndonos mal, con odio y repudio, sin embargo, solían desde acusarme del desastre que ellos mismos ocasionaban dentro del salón de clases, o echarme miradas conflictivas, hasta levantar rumores falsos acerca de mi. La mayoría de los chicos de la escuela, decían que la razón por la cual Daniel se comportaba de ese modo conmigo, era a causa de sus secretos sentimientos de amor profundo hacia mí. Claro que por su puesto, él lo negaba rotundamente. La verdad, no entendía cómo mostraba un supuesto amor a través de insultos. Era ilógico. Suponía, que era lo que los chicos de mi edad solían hacer, por falta de madurez. Sin embargo, en lo absoluto estaba interesada por Daniel. Ademas, en aquella etapa de mi vida, no me encontraba lista para una relación. No había un chico que me llamara la atención.                                                                                                                                                                                                             Por otro lado, Evan solo se llevaba así conmigo, por seguirle el jueguito a su amigo, mientras que, Ana lo hacia, por el amor no correspondido que ella sentía hacía Daniel, ese era el por qué de su repudio y sus miradas inundadas de envidia escabrosa hacia mi persona. Mas, a pesar de lo que estos podrían decirme o hacerme, no permitía que me afectara en lo absoluto. Claro que tras sus insultos y comentarios no me quedaba callada y a consiguiente les respondía, o molestaba de regreso, era como una clase de guerra, sin embargo, sus comentarios o manera de ser hacia mí, no me afectaban de ninguna manera.                                                                                                                                                                                                          Trataba de no prestarle mucha atención a esas peleas tontas sin sentido, así viéndolo todo como un juego o una competencia, donde solo me quedaba reír, seguir y fluir en medio del ambiente de una secundaria más de Nueva York, sobre la 26 Broadway. No permitía que aquel trío de lobos pubertos se metieran en mi vida. Tenia dos mejores amigas. Lisa Roberts, la mejor estudiante de la clase. Alta, rubia, con unos hermosos ojos oscuros. Lisa era la chica impecable. La que siempre sacaba buenas notas y daba ejemplo con su comportamiento. Los profesores solían compararme con Lisa. Era extraño que nos lleváramos bien. Sin embargo, así lo era. Casualmente, ella vivía en el mismo edificio que yo. Así que, todos los días, tomábamos el mismo camino al departamento. Así fue, como logramos hacernos amigas. La ida y el regreso a la escuela, era menos tediosa, con su compañía. Lisa y yo, éramos como el ying y el yang, mas de alguna manera, solíamos encajar perfectamente bien.                                                                                                                                                                                                    La amistad con mi vieja mejor amiga, Clara, me había enseñado, que se podía ser amigo de alguien completamente distinto a ti. Si algo bueno me había dejado Clara, era eso.                                                                                                                                                                                                              Lisa siempre me ayudaba en clase, cuando no lograba entender algo o me apoyaba cuando tenia que hacerlo. Ella siempre estaba ahí para protegerme, y yo, de igual manera, estaba ahí para protegerla de regreso. Por otro lado, mi otra mejor amiga, era Kim Chang, una chica asiática, pequeña en estatura, de ojos grandes rasgados, y cabello cortito, que vivía en el barrio chino con toda su familia. Ella, al igual que yo, no era la estudiante perfecta, sin embargo, era una excelente pianista.                                                                                                                                                                                               Kim y yo nos habíamos hecho amigas en la primaria, cuando no solía tener muchos amigos, y me refugiaba en los libros y en la música, a la hora del recreo. Hasta que un día, desplazándome por los pasillos de la escuela, escuche como alguien tocaba una hermosa pieza de piano, a lo lejos, en el salón de música. Para mí, alguien que le encantaba todo lo relacionado al arte, me fue imposible no acercarme, a presenciar mas de cerca aquella pieza de Chopin, que alguien recitaba de manera satisfactoriamente perfecta. Para mi sorpresa, al entrar al salón de música, me encontré con Kim, que se encontraba absorta en cada tecla de piano que ella tocaba. Era como si hiciera magia, con el simple hecho del toque de las teclas con sus dedos. Desde ese día, Kim y yo comenzamos a ser amigas.                                                                                                                                                                                                          Y así, era como se conformaba mi grupo mas intimo de amigas. Lisa y Kim a mi lado. Apoyándome. Estando para mí, incondicionalmente, sin importar lo diferentes que podíamos llegar a ser. Las tres nos llevábamos muy bien.  Después de clases, nos gustaba ir al pequeño parque Bowling Green, ubicado en frente de las escuela, donde platicábamos, desahogándonos, sobre cómo estuvo nuestro día. Y si hablamos tenido un mal día, nos dirigíamos hacia el emblemático toro de Wall Street y a la enorme masa de gente, que casualmente, al igual que el Bowling Green y la famosa estatua de la niña sin miedo, en la ciudad de Nueva York, se hallaban frente a nuestra escuela, y como era de imaginarse, cientos de turistas circulaban por ahí, todos los días, con el único propósito de irle a tocar sus partes privadas, a la estatua en forma de toro, ya que, según decían, al hacerlo, te daba suerte, en el ámbito económico.        Así que, cada vez que habíamos tenido un mal día, un problema o una mala calificación, nosotras nos abríamos paso entre la muchedumbre, y en lugar de tocarle sus partes a la estatua, le dábamos una fuerte patada a este, así descargando toda la frustración acumulada del día.                                                                                                                                                                                                      Era algo divertido de hacer. Y más, el divisar las caras que las personas ponían, al vernos hacer tal acción.    Raramente, darle una fuerte patada al toro de Wall Street, ayudaba a sentirte menos agobiada. Era como una pequeña costumbre que teníamos Lisa, Kim y yo. Algo, que solamente nosotras entendíamos y poníamos en practica. Sin exagerar, consideraba que Lisa y Kim, eran las mejores amigas que una chica de secundaria, a los 14 años de edad, podía tener.  —Chicas, necesito desahogarme hoy, al final de clases, ¿me acompañan?—nos dijo Lisa, a mí y a Kim, en medio de la clase, mientras clavaba sus ojos sobre una hoja, que parecía ser un examen.  —Ay, no me digas, ¿volviste a sacarte una horrible B?—repuso Kim, riendo, en tono sarcástico.  —Ja-ja, no es gracioso, Kim. Tal vez para ti no sea tan mala una B, pero para mi madre, créeme que sí lo es—dijo Lisa.  —No te preocupes, Lisa—dije, tocando el hombro de mi amiga,—ahorita te acompañamos a darle una buena patada a ese toro. Lisa agradeció, mientras que simultáneamente, la clase se suscitaba en el entorno, donde algunos chicos se encontraban conversando, acerca de la clase, mientras otros trabajaban y otros reían. La profesa Teresa Mc Adam, se hallaba escribiendo sobre la pizarra. Y poco a poco, los murmullos se fueron desvaneciendo, hasta que, la profesora Teresa interrumpió el silencio. —Muy bien, estudiantes, quería comentarles acerca del viaje de fin de cursos que tendremos este año. Nos iremos de viaje a Long Branch—dijo la profesora, mientras todos celebrábamos emocionados. Aquella pequeña escapada de fin de cursos, que organizaban cada año, era emocionante, ya que era pasar 3 días en un bonito hotel, ubicado en dicha playa de Nueva Jersey. Era una clásica tradición. Y era la primera vez, que los chicos de mi generación y yo iríamos.—Así que prepárense para no dormir y para las bromas, que de seguro la señorita Sara Wolfman, les querrá hacer..—siguió diciendo, lanzándome una mirada frívola.  —Mas bien, prepárese usted, profesora McAdam, que es a la que, sin falta, le haré tantas bromas como pueda—dije en tono malvado, mientras los estudiantes reían y la profesora se sulfuraba. Ya era parte de mi rutina, molestar a aquella profesora amargada, que solía ser injusta y grosera con todos sus estudiantes. Claro que por mi rebeldía y por nunca quedarme callada, ella me odiaba a un mas. Las risas de todos invadieron el salón de clases, riéndose de mi contestación hacia la profesora.  Mis compañeros sabían, al igual que yo, qué aquel viaje escolar en Long Branch, significaba una guerra interminable de bromas, juegos y mucha diversión. Estábamos a nada de la preparatoria. Teníamos que disfrutar todo lo que podíamos, nuestros últimos meses como adolescentes.  Mas, note que al fondo del salón de clases, el famoso trío de lobos, que solía molestarme, compuesto por Daniel, Evan y Ana, me divisaban, cuchicheando cosas mías, entre ellos y mirándome con mal aspecto, como la mayoría de las veces solían hacerlo. Percibía sus pesadas miradas, calando sobre mis hombros, y un pequeño sentimiento de inseguridad me invadió en aquel momento, haciendo que apartara abruptamente mis ojos de ellos, para así tratar de ignorar por completo, sus patéticas miradas. A veces no era lo suficientemente ruda y fuerte como todos creían que era. A veces, en lo más profundo y recóndito, me encontraba sintiéndome vulnerable y afectada por la manera en la que aquel trio me podía llegar a tratar. Mas, prefería no pensar en eso. Así que, aparté mi vista hacia un punto lejos de donde estos se hallaban.  Al hacerlo, mis ojos se encontraron con un cuerpo rígido, que llevaba una chaqueta de mezclilla que tenia un estampado de calavera sobre él. Mis ojos se encontraron con un cuerpo, delgado y de estatura normal, poseedor de unos cuantos mechones rizados sobre su cabellera, y unos ojos almendrados de color verde. Se encontraba sentado sobre su lugar, absorto, perdido en su propia realidad, mientras dibujaba en una libreta de papel. Aquel individuo, en aquel momento, logro captar mi atención, provocando que por alguna inexplicable razón, se me hiciera imposible apartar mis ojos de él. Y me quede ahí, enmudecida e inmóvil, ante un chico de cabellera rizada y complexión delgada, que dibujaba y dibujada, trazando un misterio del cual yo quería ser parte. Me quede ahí, enmudecida e inmóvil, preguntándome la razón por la cual no podía hacer otra cosa, mas que mirarlo fijamente. Preguntándome, quién era ese misterioso ser, que se hallaba perdida en otra realidad.  En su realidad, ¿podrá escuchar mi voz?, me pregunte, al mismo tiempo, que aquel chico, reaccionó, ante la realidad actual, apartando sus ojos del dibujo que trazaba, lanzando un par de miradas a sus alrededores.  Y fue ahí, cuando me vio. Cuando me sorprendió escudriñando cada parte de él. Fue ahí, cuando compartimos miradas mutuas, por primera vez, viéndonos por unos segundos, para luego, seguir dibujando sobre su libreta, volviendo a su propia realidad, nuevamente, desconectándose de la actual.  Sabía quién era aquel chico. Estaba en mi clase. Lo había escuchado hablar. Lo había visto desenvolverse en el ámbito escolar. Y viceversa. Sin embargo, me di cuenta que nunca le había prestado tanta atención, como en ese momento. Su nombre se coló en mi mente. Era Zedd Anderson. Era de Brooklyn. Dibujaba increíble. Casi no hablaba. Y eso era lo único que sabia de él.  La clase prosiguió, con la maestra McAdam hablando y hablando, de temas de los cuales no estaba muy interesada. Zedd siguió dibujando en su libreta. Y yo trate de no voltear a verlo, las veces en las que me invadía el deseo. Era una sensación extraña. Como si de la nada, me hubieran puesto un imán, que me atraía hacia él. Una sensación que corría dentro de mí, y que por más que lo intentara, no podía escapar de ella. Mas, solo permanecí, sobre mi lugar, en medio de la aburrida clase y la voz de la profesora McAdam. Permanecí, intentando poner atención lo más que podía.  El tiempo transcurrió y deje que aquella extraña sensación, que aquel imán que me atraían hacía Zedd, y hacía el deseo por conocer de su realidad, se disiparan, desapareciendo por completo, para así olvidarme del todo, de aquellas inesperadas sensaciones que comenzaban a resurgir, de un momento a otro, desde lo mas profundo. Y seguir con mi vida, enfocándome en otras áreas, en la escuela, en mis amigas, en el próximo viaje escolar y en el plan que quería idealizar para hacer las mejores bromas a mis compañeros y profesores, disfrutando del poco tiempo que me quedaba, antes de ser una adulta de preparatoria.  Al finalizar la clase, mientras mis amigas y yo, caminábamos en los pasillos, se percibían las voces de los estudiantes, hablando sobre el viaje que se avecinaba. Muchos comentaban sobre lo que harían, las bromas, los juegos; hablaban sobre que llevarían, con quien se irían en el metro, incluso con quién dormirían, o que experimentarían. Hablaban de cosas que eran estúpidamente emocionantes en aquella edad. —Odio la playa—se quejo Kim, mientras caminábamos las tres, al unísono, dejándonos envolver por los distintos timbres de voz que resonaban.  —¿Creen que el trio de lobos, nos piense hacer alguna broma pesada?—titubeó Lisa, mirando hacia todos lados, como sí de alguna manera, de un momento a otro, Daniel, Evan y Ana, salieran de las paredes..  —Es un hecho—dije, esperando que de un instante a otro, el tonto trío de lobos se apareciera frente a nosotras—Pero, no hay por qué temer. Nosotras iremos mucho más preparadas que ellos.  Como lo esperaba, los tres lobos, se aparecieron sin previo aviso, así provocándole un escalofrío a Lisa, mientras que a mí, solo me provocaron una risa burlona.  —¡Ja! ¿Mucho más preparadas? Acaso, ¿están tontas?—dijo Daniel, mientras él y sus secuaces, se reían.  —¿Más tontas que ustedes? No lo creo—conteste, sin apartar mis ojos de la profunda mirada de Daniel.  —Pobrecitas, no saben lo que les espera. Van a desear no haber ido nunca al viaje de fin de curso—dijo Ana, en tono malévolo. —¡Todo lo contrario..!—contesto Kim, tragándose los nervios.  —Por algo me dicen la reina de las bromas, así que no discutiré esto con ustedes—dije, lo mas segura que podía—Mientras tanto, apártense, que nos estorban—volví a decir, mientras, mis amigas y yo, nos abríamos paso, entre Daniel, Evan y Ana, dándoles empujones, con toda la intensión. Los tres molestos chicos, se quedaron inmóviles, de tras de nosotras, lanzando quejidos y tontas amenazas acerca de quién lograría hacer las bromas más pesadas en el viaje. Era una absurda pelea. Pero supongo, que así lo era siempre con ellos. De esto se trataban nuestros conflictos. Era una clase de competencia monótona, sobre encontrar quién era mejor o peor, de que habilidades éramos capaces y de cuales otras no, y así sucesivamente. Una competencia, en medio de insultos y desagrado mutuo, en forma de una guerra constante.  —Ya ni saben qué contestar—se burlo Lisa, mientras seguíamos caminando por el largo pasillo, en dirección a nuestra próxima clase.  —La verdad es que si queremos ganar esta batalla, tenemos que planear las mejores bromas—dije, en tono competitivo.  —No hay manera de que ellos se salgan con la suya—repuso Kim—¿Deberíamos de ponerlos a flotar sobre el mar, mientras duermen, aplicando aquella famosa escena de la película de juego de gemelas?—volvió a decir Kim, en tono de broma, mientras reíamos al unísono.  El día transcurrió. Un día cansado, normal y aburrido en la secundaria Lower Manhattan Community. Todos nos apresurábamos a bajar las escaleras del edificio, dirigiéndonos hacia la salida de las instalaciones.  Como habíamos quedado en clases, Kim y yo, acompañaríamos a Lisa, apoyándola, a descargar todo el estrés que tenia, con la estatua de bronce en forma de toro. Sin embargo, para antes de salir de las instalaciones, divisamos una pequeña pelea que se desenvolvía frente a nuestras narices.  Los estudiantes, se detenían, observando atónitos el intercambio de múltiples golpes y empujones, que dos individuos daban, con un dejo de furia y frustración, invadiéndolos, haciendo que la interminable pelea se intensificara, al igual que los gritos de los estudiantes a nuestro alrededor y las palabras inaudibles que estos lanzaban. En cuanto mis ojos presenciaron aquella escena, pude reconocer a los dos chicos que se enfrentaban a puño contra puño. Se trataba de Daniel y Zedd. Pude ver el rostro magullado y ojeroso de Daniel. Su cuerpo, tratando de defenderse, lanzando todos los golpes posibles. Mientras que, Zedd, llevaba ventaja sobre su oponente, usando toda la fuerza posible, el cual, solo tenía gotas de sangre cayendo de sus pequeños labios.  Nuevamente, me sorprendí sintiéndome atraída, como si fuera un imán, hacia el misterioso chico, de ojos verdes almendrados.  —¿Qué habrá ocurrido?—musito Kim—Van a meterse en serios problemas, si alguien de los profesores los ve. —No pensé que se llevaran mal—repuso Lisa, clavando sus ojos sobre Zedd—¿No creen que Zedd luce muy atractivo..? Sí, luce muy atractivo, respondí para mis adentros.  Había algo en Zedd, que llamaba mucho mi atención. Sus interesantes ojos verdes. Su cabellera rizada de un color similar al castaño. Su porte. Su ser. Todo lo que lo conformaba a él, desde ese día, por alguna extraña razón, había comenzado a atraerme, como si existiera una especie de conexión. Pero, ¿por qué?, ¿por qué apenas ese día?, ¿por qué no antes?  ¿Por qué ahora?  —¡Paren chicos!—una voz gritó, interrumpiendo la pelea, los gritos y el caos—¡Mi padre, el director, se dirige para acá!—volvió a exclamar la voz, que era de Michael, un chico de mi clase, de tez morena y altura prominente; hijo del director de la escuela secundaria Lower Manhattan Comunity.  —¿Te crees mucho por ser hijo del director?—exclamó Daniel, agitado, mientras ponía todo de él para virar hacia donde se hallaba Michael—De seguro tu mismo mandaste a hablarle a tu padre—volvió a decir Daniel, impactando su puño contra el rostro de Michael.  La pelea se intensificó más de lo que ya se encontraba, mientras Daniel, furioso, golpeaba, una y otra vez, a Michael, que se encontraba inmóvil, atemorizado, sin responder a ninguno de los golpes recibidos. En esos instantes, mientras todos seguíamos observando, perplejos y alterados, la pelea se comenzó a intensificar, cada vez más y mas, intensificándose e intensificándose. Zedd, trató de apartar a Daniel de Michael, zarandeándolo bruscamente, al mismo tiempo que los gritos de los estudiantes daban lugar, aumentando, haciendo de la escena un reverendo caos. Hasta que la bomba exploto.  Distintos chicos, que no tenían nada que ver con la pelea, comenzaron a unirse al encuentro, golpeándose entre ellos. Poco a poco, más y más se les unían, peleando unos contra otros, haciendo de la escena un tremendo combate enérgico, que se avivaba, con cada golpe que salía despedido. Era la tercera guerra mundial misma, siendo vivida por adolescentes conflictivos.  Ninguna de las chicas había entrado a participar en aquel intenso enfrentamiento, hasta que, de la nada sentí como alguien jalaba abruptamente, el listón n***o que se hallaba adornando mi cabello, haciendo que este volara por los aires, perdiéndolo de mi vista, cayendo en alguna parte del suelo. Lo supe en ese instante. Era Ana. ¿Quién más podría ser?  En ese momento, percibí una ola de furia invadiéndome por completo. Rápidamente, gire, estampando mi puño contra su perfecto rostro, lanzando un fuerte grito de dolor, sintiendo como si mi muñeca se hubiera fracturado. A partir de ahí, las chicas también nos unimos al caótico enfrentamiento, donde todos eran parte de una pelea, sin aparente final, en la cual aprovechábamos a agredir a aquella persona con la que teníamos un problema sin resolver. Desde luego, Lisa y Kim también se unieron a la pelea, para defenderme, al ver cómo las amigas de Ana se abalanzaban contra mí. Peleábamos, exasperadas. Rivales contra rivales. Unas contras otras. —Esto es mejor que patear al toro de Wall Street—exclamó Lisa, enérgica, mientras estrujaba de un lado a otro a una de las amigas de Ana, que trataba de pellizcarle.  Aquel momento se sentía sacado de una película adolescente. Era como si nosotros fuéramos parte de una escena, donde todos se peleaban contra todos.  Nosotros éramos aquella escena. Solo que no ers algo actuado. Realmente estaba ocurriendo. Afortunadamente, más por el lado de las chicas, aquellas peleas eran un poco tontas, pues eran más empujones o jalonadas de cabello, que golpes o algo peor.  La intensa batalla, que parecía ser sacada de una película, seguía y seguía,. Hasta podía escuchar la música de fondo, ambientando aquel caótico momento. Sin duda, una canción de Queen, The Killers o Radiohead. Mas, de un momento a otro, la batalla llego a su fin.  —¡Si no paran esto ahora, queda cancelado el viaje de fin de cursos!—exclamó el director Wilson, interrumpiendo la caótica pelea grupal, donde afortunadamente nadie se encontraba ileso. Solamente nos hallábamos cubiertos de sudor y de rasguños. Y algunos cuantos, como Daniel, con el rostro morado e hinchado.  El directo Wilson, prosiguió a decir que se tomarían medidas, en cuanto a lo ocurrido. Era de esperarse. Nadie dijo nada. Solo proseguimos a tomar nuestras cosas y a salir por la puerta del edificio.  —Esperemos que no nos cancelen el viaje a Long Branch—decían los estudiantes.  Afuera, el sol brillaba en lo mas alto, iluminando cada rincón de la extensa metrópoli. El trafico a los alrededores, lanzaba constantes pitidos, mientras que el silencio se hacia casi inexistente, en aquella cuadra de la 26 Broadway. Los distintos olores se colaban fácilmente por las fosas nasales, al mismo tiempo que la brisa dirigía nuestros livianos cuerpos cansados.  En ese momento, sentía que no pensaba. Me sentía inconsciente de mis acciones, como si fuera un robot programado o algo así. Me sentía inconsciente. Al caminar. Al hablar. Al pensar. Al existir. Era una sensación muy extraña.  Mientras me hallaba absorta, en lo que ocurría a mi alrededor, en el clima de esa tarde soleada, en la muchedumbre a unos pasos de distancia, estando distraída de mi propia esencia, de lo que pensaba, discernía y era, divise a lo lejos, aquella chamarra de mezclilla, con estampado de una calavera en ella. Divise esos rizos, que se hacían dorados, frente a los rayos del sol. Lo divise a él. A Zedd. Mirándome ahí a lo lejos, mientras sostenía mí listo n***o en sus manos. No hice nada, mas que lanzarle una sonrisa. Él me sonrió de vuelta. O algo parecido. Y solo nos miramos. Nos miramos, a lo lejos, en medio de un ajetreado entorno y vidas sucediendo, sin acercarnos a dónde nos encontrábamos.  En ese momento, solo existíamos él y yo. Mirándonos.  Zedd, con mi listón n***o entre sus dedos. Yo, con su silueta y su simétrico rostro, siendo grabado en la retina de mis ojos. Siendo grabado dentro de mí. Aquel momento. En donde sin decir palabra alguna, Zedd solo prosiguió a darse la media vuelta, a irse, alejándose de ahí. Caminando lejos de la 26 Broadway, del Bowling Green y del toro de Wall Street. Solo me limite a permanecer inmóvil, viendo la silueta de Zedd disiparse.   Mis dos mejores amigas se hallaban un lado mío, absortas, en sus propios asuntos, sin darse cuenta de mi encuentro de miradas con Zedd. Sin darse cuenta de lo que sentía o pensaba en ese momento.  Luego, sin emitir palabra alguna, me dirigí hacia la famosa estatua en forma de toro, que se hallaba repleta de personas, y con todas mis fuerzas le di una patada en sus partes de bronce. Así, sacando aquellos sentimientos indescifrables que comenzaban a despertar dentro de mí, así sacando todo la tensión acumulada de un día de clases, así sacando incluso, lo que no sabia que tenia que sacar. Mis amigas me divisaron a lo lejos, extrañadas, sin saber por qué me encontraba lanzándole patadas a aquella estatua de bronce, sin embargo, caminaron a donde estaba, pateando a la estatua, junto conmigo, apoyándome, estando ahí para mí, sin importar las miradas que nos envolvían en ese momento, sin importar la gente, la ciudad y lo que ocurría a nuestro alrededor. En ese instante, solo éramos tres chicas, cubiertas de sudor, rasguños y cansancio del día, desahogándose, liberando todo lo que cargaban dentro de ellas. Eramos tres chicas que pateaban las partes privadas del emblemático toro de Wall Street.  
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