—¿De qué estás hablando?
Creo que estaba tan sorprendida que casi escribí “estás loco” en mi cara. ¡Sólo nos conocemos desde hace una semana! ¡Y tú eres un hombre de origen desconocido!
—Necesito una esposa e hijos para poder recibir la herencia.
Lucas volvió a sentarse en el sofá sin prisa y cruzó los dedos hacia mí.
—Podemos casarnos de común acuerdo, y tú puedes elegir irte después de que tengamos el niño. Después del matrimonio, te daré cinco millones de dólares, y cuando tengas el bebé, te daré otros cien millones —Vio que no dije nada y, en un movimiento poco habitual, pasó a decir una larga lista.
—¿Por qué yo?
El hombre me pareció increíble.
—Estás limpia.
—¿Qué quieres decir?
Yo también me senté.
—Tienes un buen corazón, estás dispuesta a acogerme y tienes una bonita personalidad. También eres hermosa. Algo así como mi reembolso.
Fue un poco perverso que dijera varias cosas seguidas.
¡Pero tengo una búsqueda de amor y una búsqueda de matrimonio! El matrimonio debe ser una forma natural de que dos personas que se aman formen una familia y vivan una vida feliz, sin estar ligada a la ganancia monetaria. No estoy en el punto en el que necesito cambiar mi matrimonio por dinero.
Estoy un poco enfadada.
—¿Quién te crees que eres? ¿Puedes hacer lo que quieras sólo porque tienes dinero?
—He oído que las mujeres aman el dinero.
—¡Creo que estás enfermo!
Estaba muy enfadada, ¡este hombre estaba fuera de sí!
Se quedó en silencio por un momento, aparentemente no esperaba que las cosas fueran así.
—Papá ya lo sabe, puedo ir a casa, me iré en tres días más. Puedes volver a pensar en ello.
¡Piensa en ello, mi trasero! Me levanté enseguida y volví a mi dormitorio.
Cuanto más daba vueltas en la cama, más pensaba en ello, más no podía dormir. Pensaba que Judy volvería esta mañana y que ya habría terminado.
Me puse una camisola y una falda, me maquillé de forma ahumada, me miré al espejo y me alegré de que las ojeras de mis recientes trasnochos no me hubieran afeado.
Hice una mueca, cogí las llaves, cerré la puerta y salí.
Cuando llegamos al bar en el que habíamos quedado, Judy ya me estaba dando caña antes de que me sentara.
—¿Qué pasa? ¿Cuál es la prisa?
—Dijo que quería casarse conmigo.
Judy se quedó con la boca abierta por el susto y sus labios goteaban. Me reí sin poder evitarlo y le conté la historia.
—Está enfermo, ¿verdad? ¿Pensaste que te irías con él después de un par de cumplidos y algo de dinero? ¿Se ha enamorado alguna vez? Es el problema de los ricos, siempre creen que el dinero lo arregla todo.
—Lo rechacé con dureza.
Le hice un gesto con la mano.
—¡Bien hecho! ¿Y no te sigue gustando...?
Judy me hizo un cumplido y fue cortada a mitad de frase por mí.
—¡Para!
Sabía de quién quería hablar, tenía que ser de mi exnovio, nos conocimos y nos enamoramos en la universidad y cuando nos graduamos eligió irse al extranjero para seguir estudiando y rompió conmigo. Intenté por todos los medios reconquistarlo, prefiriendo una relación a distancia, pero se mostró repetidamente cruel y poco dispuesto a seguir conmigo.
Tenía el pelo rubio, era guapo y alegre, y a menudo me hacía reír. Cuando me emborrachaba, pensaba a menudo en él y en que el tiempo que pasé con él era el más feliz que había tenido.
Judy sabía lo que sentía, pero habían pasado dos años y no quería volver a mencionarlo.
—Bueno... Cariño, olvida el pasado y vive de nuevo.
—Vuelve a vivir...
Tomé un gran y seco trago de vino.
—Jingle bells...
No había bebido mucho más cuando sonó mi teléfono.
—Hola, es Green Dylan su padre, ha tenido un accidente de coche, por favor venga al hospital XX lo antes posible.