Demonios.
Me dije cuando vi que los señores Roda cruzaban el portón del cementerio. Yo, desde mi puesto de flores a unos pocos metros de la entrada, había sido testigo de cómo los catorce de cada mes venían a visitar a Mariano, su hijo adoptivo que falleció a los diecisiete durante un disturbio. El pobre joven solo estaba paseando por el centro comercial con su novia. De la nada un grupo de personas empezó a hacer una protesta para qué les mejorarán el sueldo, o una cosa por el estilo, y esos pedazos de locos sin piedad de la policía lo habían confundido con uno de los protestantes y le arrojaron gas lacrimógeno. Él, por supuesto quiso defenderse. ¡No entendía nada! Y entre tres oficiales lo agarraron a los macanazos hasta que lo dejaron inconsciente de un golpe en la cabeza. Para cuando la ambulancia llegó, lo único que podían hacer era llevarlo al hospital para oficializar el horario de su muerte.
Busqué a mi alrededor en el puesto un ramo de rosas que me habían encargado por teléfono el día anterior. Imagínense lo constante que era tenerlos por aquí que hasta mi número personal se sabían.
Lo agarré, lo puse sobre el mostrador y vi cómo se acercaban. La señora (cuyo nombre era Claudia) tenía unos enormes lentes de sol, y el día estaba completamente nublado. Es más, hasta parecía que iba a llover dentro de nada.
> pensé, imaginándome el infierno rojizo que debían ser sus ojos.
Ernesto, que era su esposo y padre de Mariano, se veía igual de afectado, solo que él no había tomado las precauciones para ocultar la angustia tanto interna como externa por la que pasaba. Tenía unas profundas ojeras más oscuras que el carbón, y el olor a vino de caja me llegaba desde metros de distancia.
Quise seguir analizándolos, pero en parte por la moral, y en mayor parte porque clavaron sus ojos en mi local, me hice la tonta, fingiendo que estaba envolviendo otras flores con papel celofán.
—Oh… Buenas —saludé fingiendo que recién los veía.
—Mónica —Ernesto levantó la mano en señal de presentación, pero su mirada hizo todo lo contrario, manteniéndose clavada en el piso.
-Hola, ¿Cómo estás? Vengo por lo que te pedí ayer a la tarde -arrojó Claudia, yendo directo al grano.
Abrí la boca para decirle que ya las había separado, pero ni siquiera me dio tiempo que ya estaba asomando la mitad de su cuerpo por el mostrador, viendo hacia dentro.
-Creo que son esas, ¿no? -Señaló su pedido. Yo sonreí, y tratando de aguantar la paciencia, le dí la razón.
-Así es.
Ella asintió y volvió a sacar su cuerpo de mi puesto. Gracias a Dios, porque me estaba poniendo nerviosa su actitud tan lanzada.
Estiré mi brazo al mostrador con el ramo en las manos, y antes de que pudiera dárselo, ella ya me lo había arrebatado. ¿Por qué demonios estaba así de desesperada?
-Lo siento, es que hoy se cumple un año de la muerte de Marianito -se apresuró a explicar su esposo.
Por lo visto era muy mala ocultando mis pensamientos. Eso, o el vino barato le había dado el poder de leer mentes a Ernesto.
-Sí, no pasa nada. Lo entiendo -le hice saber desde lo más sincero de mi corazón, y ni pude evitar que una sonrisa algo apenada se escapara de mis labios.
-Gracias -replicó él, y luego de aclararse la garganta, explicó:- Hoy es un día especialmente pesado, aunque obvio que todos los días sin Mariano son imposibles de pasar. Ya no hay nadie que nos despierte cantando ese rap que tanto le gustaba por la mañana mientras preparamos el desayuno. Tampoco tengo que estar entrando y saliendo de su cuarto para ver que no esté hecho todo un desastre y tenga todo ordenado. Las llamadas de la directora Aparicio porque Mariano se mandaba mocos en clase o se pasaba de horario afuera del colegio dejaron de llegarme -Mientras contaba sus labios se separaron, dejando ver unos pocos dientes, todos ellos amarillentos-. Y aunque siempre soñé con que los problemas desaparecieran, acabo de darme cuenta de que las complicaciones son vitales. Sino mirenos a nosotros, que lo único de lo que tenemos que preocuparnos es si el mes ya está llegando a la mitad para venirlo a visitar.
Rió amargadamente y yo sentí un vacío en el pecho que muy pocas experimenté. Me partía el alma verlo así, a pesar de que muestra relación nunca fue más allá de la de cliente-vendedor.
-¿Sabe, señorita? En algún libro de esos que ya ni recuerdo si los compre, me los regalaron o me los robé de una biblioteca, había una reflexión hermosa que es muy cierta. Y miré que lo más cercano a un libro que he leído en toda mi vida es el periódico. Pero esto era tan... Profundo.
-Y dígame, qué decía -quise saber. Apoyé mis codos en el mostrador y me incliné un poco para acercarme más a él.
-Es de un escritor de acá, de Córdoba. Decía que un estudio reveló que las personas tenemos alrededor de quince mil pensamientos al día. Él aportaba su opinión diciendo que seguramente el noventa por ciento eran ideas estúpidas que a los dos segundos se nos olvidan, pero que lo que queda, ese diez por ciento es lo que nos da vida. En ese diez por ciento están nuestras preocupaciones por nuestros seres queridos. > > >. Ese tipo de pensamientos, que por ahí son efímeros y que luego reemplazamos por otros planes que nos parecen mejores. Son los que nos dan vida, porque déjeme decirle que si algo aprendí en estos ochenta y cuatro años desde que el barbudo señor me trajo, es que la vida se basa en lo que vivimos, en lo que lloramos, en lo que reímos. En esos recuerdos, esos momentos, esas personas que logran sacarnos una sonrisa y alentarnos a seguir cuando pensamos que el barrilete ya se nos escapó de las manos. En los momentos malos, también, porque sin los bajones repentinos nunca percibiríamos la esencia de lo bueno.
Sería como si viviéramos subidos en una montaña rusa que nada más sube y sube y sube todo empinado. En algún momento nos acostumbraríamos solo a eso, por eso digo que los bajones y los puntos muertos también son importantes porque nos ayudan a percibir.
Bajó la cabeza como si pensara, y luego de un segundo, exclamó:
-¡Eso! A percibir. Sí señor, a percibir. Y si no le molesta, señorita, ya es hora de ir a percibir la sensación de estar cerca de Marianito, aunque sea con dos metros de tierra entre nosotros, porque a nosotros nunca nos importó la distancia.
Agarró de la mano a su esposa, y con una determinación impresionante, empezó a encaminarse hasta las primeras plazas, justo cuando recordó algo:
-Uy… Señorita, disculpe, casi me olvido. Imagínese lo bien que debo estar del mate que hasta me olvidó que tengo que…
-No sé preocupen -le tranquilicé con una sonrisa sincera, sabiendo a los que se refería-. No tiene por qué pagarme.
-Pero cómo no le voy a pagar, si en todos lados cobran -argumentó él. Soltó la mano de Claudia y metió la suya al bolsillo de su saco para buscar dinero.
-En todos lados cobran, sí, pero acabo de darme cuenta de algo -comencé a contar. Enseguida sus dedos dejaron de rebuscar en esos bolsillos, y sus ojos volvieron a clavarse en mi-. Esas rosas que su esposa tiene ahí, hasta hace diez minutos no eran más que dinero para mi, pero acabo de darme cuenta de que eso no es lo que importa. Usted mismo lo dijo, la esencia de la vida se basa en las buenas cosas que hacemos a diario, y además estoy segura de que para ustedes tres simboliza mucho más que unos billetes.
-¿En serio me lo dice, señorita? ¿De verdad nos las va a regalar? -preguntó él, con una sonrisa igual de grande que la mía.
Asentí levemente, y pude ver cómo su rostro se llenaba de alegría durante un mínimo segundo, y eso me llenó como nada en el mundo.
-¡Muchas gracias, señorita! ¡Estoy seguro de que a Marianito le van a encantar! Sí señor. Cuando le dejamos flores bonitas él se alegra. Puedo sentirlo -habló frenéticamente, observando aún más impresionado el ramo en las manos de Claudia-. Si no fuera por toda cosa del Coronavirus le juro que le daría un fuerte abrazo, pero como no se puede ya voy a encontrar otra manera de agradecerle. ¿Qué le parece unas medialunas algún día? -propuso.
-Suena perfecto -opiné, y él pareció estar más contento todavía por haber dado en el clavo.
-Gracias, entonces -repitió, y volvió a entrecruzar su brazo con el de su esposa, quien se limitaba a ver las hileras e hileras de placas de fallecidos-. Ahora es mejor que me apure, porque creo que a Clau no le está haciendo muy bien todo este ambiente.
-Sí, lo entiendo -Desde ya podía imaginarme lo devastador que debía ser para ambos tener que enfrentar esta fecha en particular-. Tengan cuidado -pedí desde lo más sincero de mi corazón.
-Lo tendremos -dijeron al unísono mientras se despedían de mí con la mano. Les devolví el gesto e inevitablemente me los quedé admirando mientras se alejaban a paso lento.
Suspiré, y con una sensación de bienestar, de saber que, quizá por primera vez en toda mi vida había hecho las cosas bien, me dije:
-Así, sin prisas es como se tendría que hacer todo en este mundo.