Pastrafrola (Historia Corta)

2163 Palabras
Delicioso. Las decenas de aromas diferentes (todos ellos causantes de un antojo que ni aunque ya hubiera comido veinte platos de comida podría aguantarme) que llegaban hasta mí me daban mil y un sensaciones, pero podían resumirse como deliciosas. -Creo que tengo que venir más seguido -bromeé con papá mientras el seguía preparando las donas en la freidora. -Ah... ¿Viste que no estaba tan mal? -Exclamó divertido, soltando la masa en el aceite-. De verdad que no entiendo por qué le tenías tanto miedo al negocio. Lo puse hace cuatro meses y es la primera vez que vienes. -Sí. Ni siquiera yo me entiendo -reí mientras veía el proceso con los ojos bien abiertos. Probablemente estuviera babeando toda mi ropa como si fuera un bebé, pero estaba tan concentrado que nunca me habría dado cuenta. -De lo que te mostré hasta ahora qué es lo que más te llama la atención -soltó cuando volví a quedarme en silencio por enésima vez. -Uy, complicado -pensé en voz alta, y mentalmente comencé a repasar todo lo que había visto en la mañana. Medialunas, brownies, cupcakes y tartas se me pasaron por la cabeza de inmediato, como si fuera una secuencia de Power Point. Con cada postre que sumaba a la lista de cosas a tener en cuenta, sólo lograba alejarme más y más de una respuesta precisa-. ¡Es que todo me gusta! -concluí fascinado, y el soltó una carcajada. -Con algo de suerte y esfuerzo, vas a aprenderte algunas recetas -me hizo saber, y mis ojos se iluminaron de la ilusión-. Pero tranquilo Gordon Ramsey -me calmó al notar mi expresión-. No te creas que te voy a dejar a cargo de las donas nada más empezar. -Oh -suspiré algo decepcionado. -Y esto va por dos razones: es muy fácil estirar o dejar marcada la masa, y se que de cada tres que hagas te comerías cuatro. -¡Papá! -le recriminé por pensar eso de mi, aunque sinceramente tenía que darle cierta razón respecto a eso. Una leve sonrisa se formó en sus labios y apartar su mirada de la freidora, siguió hablando. -Al inicio vamos a ir practicando los dos juntos las recetas más simples y te voy a dejar a cargo de hacer la crema, los rellenos y esas cosas más simples hasta que te ganes mi confian... Hasta que un timbrazo en la parte de adelante de la panadería lo interrumpió. -Hola -saludó tímidamente alguien desde el mostrador. Papá apagó la freidora (que a juzgar por el aspecto de las donas, daba la casualidad de que justo había terminado su trabajo con la masa) y me avisó: -Tú quédate aquí que yo ya vuelvo. Tengo que atender a los clientes -se desató el nudo de su delantal, dejándolo caer al piso y mirando hacia el lugar de donde venía la voz del cliente anunció:- ¡Ya voy! -Y volviendo su cabeza hacia mi, siguió-. Si quieres mañana mismo empezamos a practicar. Hoy quería que más o menos vieras cómo es el negocio para que te familiarices y... >. Ese ensordecedor timbre de nuevo. -¡Que ya voy! -repitió papá algo molesto-. ¿Sabes qué? Voy rápido, porque ni siquiera se quien es ese pero ya me está haciendo perder la paciencia. Y ahora sí, sin darme tiempo a decir nada, pasó a toda velocidad por la puerta abierta (que tenía una cortina morada para evitar que los clientes vieran a papá trabajando, aunque nunca terminé de entender el por qué) y escuché que atendía el cliente. Yo por mi parte, miré a mi alrededor sin saber muy bien qué hacer. El señor que estaba comprando estaba pidiendo una cosa detrás de otra y no parecía terminar más. Qué bien por las ventas, pero qué mal por mi, porque tenía que esperar el doble o incluso el triple del tiempo normal. Traté de concentrarme en las donas que habían quedado flotando sobre el aceite, comprobando que estaban en su punto justo. Por lo visto papá ya era un maestro manejando todo esto, porque no parecían ni gomosas ni secas, sino crujientes pero a la vez suaves. Perfectas, como ya venía deduciendo de las anteriores elaboraciones que papá me venía mostrando desde que comenzó la mañana. Pero en un momento miré a mi alrededor buscando algo con lo que entretenerme para que ella aburrimiento no me convirtiera en un palo de escoba gris como mi profesora de Educación Tecnológica, y en eso encontré la bandeja con la pastafrola que papá había sacado del horno hace poco más de diez minutos. Allí dentro estaba algo oscuro a comparación del resto del local, y el clima ese día era frío, así que pude ver claramente cómo seguía humeando. -Rayos -resoplé mientras me rascaba la nuca y sentía un vació en el estómago del cual ni siquiera me percaté hasta ese momento. ¡Es que esa condenada pastafrola parecía tan deliciosa! Incluso hasta podría jurar que era como si tuviera boca y ojos y me estuviera diciendo: >. Y a mí, como todo antojado incorregible, cada vez se me estaba haciendo más y más complicada la tarea de aguantarme. -No. Claro que no. No puedo hacer esto -me dije en un susurro, por si a mi yo físico se le había olvidado que no podía hacer lo que estaba deseando-. Es para vender, no para ti. >. Me dijo una voz dentro de mí. El demonio de mi subconsciente debía ser. -¿Y entonces a qué te refieres? >. -Pero... > Argumentó esa vocecita sin dejarme poner trabas. ¡Demonios! Es que tenía razón. Era un plan tan perfecto que era imposible que alguien notara la diferencia entre una pequeñita raspadura de dulce. > -¡Ya sal de mi mente! -grité susurrando. > dijo separando en sílabas, como si se tratara de la frase de Star Wars. -¡Bueno! Entonces déjame un rato sólo. ¿Qué no te cansas de estar todo el día pensando? > -¿Eh? -Fruncí el ceño. >. Me aseguró, y yo desconfiando, le hice caso. Agudicé el oído y escuché que efectivamente seguían charlando: -Oh... ¿Y esos que tienes ahí son alfajores? -preguntó él señor, tan emocionado como lo estaría Lisa Simpson en un laboratorio. -Así es -respondió papá, y también agregó- De elaboración artesanal. -Uy -exclamó el cliente, cada vez más fascinado-. Si son artesanales, dame una docena. -¿Una docena? -papá, sorprendido, y entendía por qué: cada uno era bien grande, como del tamaño de un rollo de cinta de las gruesas. -Ejem -se aclaró la garganta el señor, y explicó-. Es que tengo cuatro hijas y también le quiero llevar a mi esposa. Es para ellas, para darles una sorpresa. No son para mí. -Sí, claro. Una docena de alfajores, también. ¡Mi mente tenía razón! En lo que papá buscaba una bolsa para guardar la docena de regalos para su familia, a mi me daba tiempo de estirarme hasta la bandeja y sacar un poco de dulce de membrillo. Le eché un vistazo rápido a la puerta desde donde estaba, y no ví ninguna sombra por la cortina. Debía estar lejos. Esta era mi única oportunidad -o quizá estoy exagerando- para conseguirlo, y no podía desaprovecharla. > escuché que sonaba la bandeja moviéndose en el estante cuando metí el dedo tal como lo había planeado. -Esto está mal -me recordé mientras saboreaba el relleno-. ¡Pero también sabroso! Admití, y volví a untar mi dedo de esa cosa roja. Papá volvió y siguió preparando algunas cosas mas mientras yo lo veía atento. Sentí un enorme alivio en el pecho cuando agarro la fuente con la pastafrola y la dejó en la cristalera baja del mostrador sin objetar nada. Creo que ni siquiera la miró. Parecía confiar tanto en sus perfectos resultados que no vio necesario comprobarlo. ¡Y que bueno que no lo hizo! Porque de haberlo hecho se habría dado cuenta de que había unos dedos marcados en el relleno que salía por entre los bastoncitos de masa. Creo que me pasé con "los rasponcitos" porque cuando terminé me di cuenta de que las marcas si se veían. Pero como ya dije, no se percató, y eso es lo importante. Al mediodía, cuando cerramos y estábamos volviendo a casa, empecé con las toses y sentí que me faltaba el aire. -Debe ser por el invierno. El cambio de clima te hace muy mal, y de un día para otro pasó de hacer calor a tres grados -me tranquilizó papá, poniéndome la capucha de mi buzo para que no me diera frío en las orejas. Mientras pasábamos por la plaza -que quedaba justo al frente de la panadería-, una pareja de veinteañeros se me quedó viendo algo asustados al darse cuenta de mis toses secas. -Ay Dios mío -suspiró papá cuando se dió cuenta de sus rostros-. Está bien que se preocupen por no contagiarse, pero tampoco es para que se pongan paranoicos y confundan una simple tos con Coronavirus. ¿No crees? -Ajá -le día la razón, aunque honestamente estaba comenzando a preocuparme porque de un segundo a otro sentí las mejillas calientes y los ojos se me pusieron llorosos. -Además estamos usando barbijo. -Sí -bajé un poco la mirada, viendo con la parte baja del ojo el mío, que era de Talleres de Córdoba, mi club de fútbol favorito. Es que algunas veces hasta se me olvidaba que lo llevaba puesto. Esa tarde a las cuatro, papá me preguntó si iba a acompañarlo a la panadería para volver a abrir, pero la verdad es que me sentía terriblemente mal. Había tenido una hora de sueño y cuando desperté sentí como si una veintena de jugadores de rugby me hubieran pasado por encima... Por no decir también que las toses habían empeorado, apenas dejándome respirar, y a esto se le sumaron unos mocos líquidos que me obligaban a tener un rollo de papel higiénico en la mesita de luz para limpiarme cada dos segundos. Así pasaron unos cuantos días más, y yo sólo empeoraba y empeoraba, hasta que papá, preocupado a más no poder -al igual que yo- por los síntomas, me llevo a un puesto de salud que habían instalado en la plaza hace algunas semanas. Allí se hacían todo tipo de cosas relacionadas con el Covid: testeos y se daban vacunas y anotaban gente para ellas. Me hicieron un hisopado y menos de veinte minutos después mi padre y yo dimos positivo. Nosotros gracias a Dios que atravesamos todo de una manera... aceptable, digamos. No se vio necesario hospotalizarnos a ninguno de los dos, así que al menos pudimos darnos el lujo de quedarnos en casa a esperar que todo pasara. Papá no tuvo ninguna complicación. Es mas, hasta lo calificaron de asintomático -lo cual le atribuyo a que el tenía una dosis de la vacuna-, pero yo sí un par de problemas. Algunos doctores que se habian encargado de mantenerse en contacto para asegurarse de que estuviéramos bien nos daban indicaciones de qué hacer para hacer todo más llevadero, y así cerca de tres semanas después ya nos dieron de alta. Elel mismo día que papá reabrió la panadería -que todo ese tiempo tuvo que permanecer cerrada para evitar el contagio-, se enteró de algo sorprendente: una pareja de abuelos que eran clientes diarios también habían pasado por lo mismo que nosotros... Aunque con menos suerte. -Qué raro que se hayan enfermado precisamente ellos -opinó papá cuando me lo contó-. La pobre señora me decía ella misma que sólo salían a hacer las compras mensuales al supermercado y venían a comprarme el pan por las mañanas. Oh... y alguna que otra pastafrola también... Palidecí. ¡¿Pastafrola?! -... Pero de ahí en más no salían a ningún otro lado. La verdad que todavía no me doy una idea de donde pudieron haberlo pescado. ¿Tú que piensas, Erick? -me preguntó, dejando de lado la crema que estaba preparando. -No lo sé. Supongo que será un misterio. Respondí, aunque por dentro me mataba la culpa. ¿Y si todo había sido por mi estúpido impulso de raspar el dulce de membrillo? -Sí tu lo dices...
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR