Dime dime dónde
Dime dónde
Conmigo te dejas ver
Con otros te escondes
Tarareaba despacio para que no me escucharan, mientras tendía mi cama.... Hasta que la electricidad se cortó.
-¡Demonios! -me desquité en cuanto noté que había quedado completamente a oscuras, y de inmediato el miedo se comenzó a adueñar de mi.
Desde que era pequeño le tenía horror a la oscuridad, y sabía muy bien que la única forma de evitar un ataque de pánico era volver a la iluminación.
-Nos cobran un aumento y aún así siguen pasando estas estupideces -escuché que exclamaba papá desde la cocina.
Miré a mi alrededor, buscando algo que pudiera usar para alumbrar, pero ni siquiera podía ver mis manos. Cerré los ojos -y cabe aclarar que ni siquiera sentí la diferencia a cuando los tenía abiertos- y usando mi percepción y la memoria, más o menos calcule donde estaba la puerta de mi cuarto. Con paso tembloroso y con el corazón golpeándome el pecho como si se guardaran resentimiento desde que nací, caminé hacia ese lugar sobre el cual acababa de hacer la suposición. Tenía los brazos estirados hacia delante, con la esperanza de encontrar el picaporte. Luego de unos segundos de tantear, sentí el metal frío del picaporte en mis dedos y tiré hacia atrás. Escuché el rechillar de la madera al abrirse la puerta y una ráfaga de aire frío me golpeó de inmediato. El aire renovado estaba entrando a mi cuarto -que, por defecto de estar encerrada todo el día, siempre estaba excesivamente cálido-. Sí... Aire... Pero la luz no.
Ya tenía bien claro que eran pasadas las ocho de la noche y que estábamos en invierno, así que no me esperaba mucha luz natural entrando, pero igualmente me tomó por sorpresa que no se notara ni un mínimo cambio. Viera donde viera, seguía encontrando oscuridad y nada más que oscuridad.
¿Ahora qué hago? Me pregunté, adentrándome tímidamente en el pasillo.
Podía ir hasta el living y correr las cortinas. La ventana era un rectángulo considerablemente grande que daba directo a la calle, así que habían mas probabilidades de que ahí me llegara un poco de iluminación.
La otra opción que estaba en la baraja era correr como niñito desamparado hasta la cocina -donde estaba mi viejo- o hasta el cuarto de mis padres -donde estaba mi madre para pedirles que me prestaran una linterna. Lo más seguro es que se me rieran en la cara por eso, así que preferí no hacerlo.
La tercera posibilidad que se me ocurrió, era muy sencilla: buscar el celular en mi cuarto y usar la linterna, pero un plan asi de simple y sencillo aún así se va a la basura si no tienes celular, como yo.
Aguantarme el miedo hasta que llegue a la ventana y corra las cortinas, que se me burlen o insultarme mentalmente por recordar que no tengo celular... ¡Vamos con lo primero! ¿Por qué no? Ya estoy los suficientemente grande (catorce) como para poder hacerle frente a mi miedo durante unos treinta segundos hasta que cruce al living. No creo que en medio minuto me de un ataque epiléptico del horror, así que vamos.
-Tú puedes, Brian -me alentaba en un susurro tan bajito que ni siquiera yo me escuchaba-. Sólo es hasta la ventana, corres la cortina y listo. Además, con algo de suerte sólo estarás un rato ahí hasta que la compañía arregle lo que sea que haya pasado y pum... Luz de nuevo.
Me lo repetí una y otra vez mientras arrastraba mis pies -no a propósito, sino por la inseguridad-, hasta que creo que de tanto repetírmelo me lo creí y empecé a moverme con más confianza. Unos segundos después ya estaba a mitad del living. Lo supe de inmediato por dos razones. Uno: mamá siempre dejaba uno de esos inciensos en algún rincón, y el aroma a madera tostada -porque en realidad a eso huelen- se estaba volviendo más y más intenso. Y dos: en un momento dado sentí algo como de tela rozaba mis rodillas. Supongo que era alguno de los viejos sofás.
-Oh... -solté asustado a la vez que daba un salto del susto al casi tropezar con algo.
Me detuve e inclinándome para poder tantear me dí cuenta de qué era lo que me estaba obstaculizando el paso. Hablando de Roma... Era otro de los sillones. Pase mi mano sobre el asiento para ver cuál era. Si era el de tres plazas, estaba justo en medio del living, y si era el individual, estaba a sólo centímetros de la ventana.
-Sí -festejé en un mitad grito mitad susurro, y apreté el puño.
Según lo que el tacto de mi mano captaba, era muy pequeño como para ser el sofá grande. Sólo me quedaba seguir caminando un poco más y...
-Ouch -me quejé, y esta vez sí que no pude controlar el nivel de mi voz.
-Sam... ¿Estás bien? -quiso saber mamá, preocupada desde su cuarto.
-Sí, nada más fue...
¿Le decía que me acababa de estampar la cara contra la ventana o inventaba algo? Mejor invento algo que no me ridiculice tanto, ¿no?
-... Un tropezón. Me llevé puesto algo en el living y casi me caigo, pero nada más fue de la sorpresa. No me pasó nada.
-Ah... Bueno. Ten cuidado. Lo único que falta es que cuando vuelva la luz te encontremos desangrado en el piso por un tropezón -dijo burlonamente, y se rio, aunque honestamente esa mera idea no tenía nada de gracioso para mí.
-Sí -fue lo único que se me ocurrió responder, y también me sumé a la carcajada, aunque la mía era nerviosa.
Pasaron los segundos y no volvimos a intercambiar palabras. Eso quería decir que ya podía volver a lo mío. Giré mi cuerpo hacia delante, y cuando recordé que había encontrado la ventana, sentí un alivio. Sí... Puede ser que no la descubrí de la manera que quería, pero la descubrí, y eso al menos sirve de consuelo. Aunque me parece que además de consuelo voy a necesitar hielo o alguna crema para el chichón.
Estiré mi mano y de inmediato sentí la gruesa y pesada tela de la cortina en mis dedos. La agarré de un costado y tiré para destapar la ventana. Enseguida una mínima -qué mínima... ¡ínfima!- luz tenue entró. Apenas se notaba la diferencia, pero teniendo en cuenta los dos factores que nombré al inicio -horario y estación del año- era lo esperable.
-Algo es algo -Parece que el consuelo de verdad se está encontrando un lugar cómodo en mi mente, ¿no creen?
Me dejé caer en el sillón pequeño, quedando de espaldas a la única fuente de iluminación y un poco más calmado, recordé algo que había oído hace ya a algunos años vaya uno a saber dónde: >.
-Sólo es esperar a que me adapté al cambio y listo -suspiré, y me acomodé mejor, dispuesto a matar el tiempo-. Oh... ¿Como te va, Jeff?
Saludé con voz suave y amable cuando sentí a mi gato, cuyo nombre acabo de decir, refregándose contra mis piernas. Extendí un poco mi brazo para poder alcanzarlo y comencé a hacerle algunos mimos detrás de la oreja, y extrañado, noté que su pelaje estaba sumamente duro, como si se hubiera bañado en barro y este se le hubiera secado.
-Uy... ¿Qué te pasó pequeñín? ¿Por qué estás tan sucio? -pregunté mientras mentalmente empezaba a hacerme teorías.
-Sam, ¿Con quién hablas? -Gritó mamá desde su cuarto, confundida.
¡Rayos! Ahora si que inevitablemente mi respuesta iba a sonar estúpida.
-Con Jeff. Vino a darse una vuelta por acá -expliqué.
-No. Claro que no -negó ella, muy segura con lo que decía-. Jeff está acostado en mi cama conmigo, justo en mi pecho.
-¿Eh? Pero cómo, si está conmi...
Estaba insistiendo, justo cuando sentí que Jeff se escapaba de entre mis manos y salía corriendo. Pude escuchar cómo se alejaba de mi a toda velocidad, aunque sus patas sonaban más bien como pezuñas resbalando en los cerámicos.
Como si todo se tratara de puras coincidencias coordinadas, al mismo tiempo la electricidad volvió y el plafón del living se encendió automáticamente, ayudándome a huir de mi miedo... De uno de mis miedos, mejor dicho, porque con lo que mamá acababa de decir, se me formó otro más.
Miré a mi alrededor en busca del gato, pero por más que busqué por todos lados, no lo encontré. Estaba completamente solo.
-Ahora aprovechemos que hay luz -propuso mi madre, haciéndome salir de mi parálisis mental-. Sino me crees, ven a mi cuarto y compruébalo tú mismo. Jeff está roncando encima mío.
-Tiene que ser una broma -dije levantándome del sillón.
-Que no lo es -aseguró ella, un poco molesta por mi desconfianza.
Caminé hasta su cuarto, que estaba a sólo unos pasos, porque el living y la habitación estaban conectados por una puerta. En unos segundos llegué y cuando me asomé, con el horror expandiéndose por todo mi cuerpo, confirmé que no mentía: Tal como ella lo había dicho, Jeff estaba durmiendo plácidamente sobre su pecho.
¿Entonces que habrá sido lo que acaricié? Porque no tenemos más mascotas.