Ecos de traición
La luna menguaba, pero el peligro crecía.
Lyra y Rhydian habían encontrado refugio en una antigua cabaña escondida entre montañas nevadas, lejos de la manada, lejos del Consejo. Durante días, solo existieron ellos. Su vínculo los fortalecía. Sus sentidos se sincronizaban más cada noche.
Y sin embargo, la inquietud no se marchaba.
—Algo se mueve en las sombras —dijo Rhydian mientras entrenaban en el claro—. Puedo sentirlo en el viento.
—¿El Consejo otra vez?
—No lo sé. No tiene su olor. Es más… personal.
Lyra lo miró con el ceño fruncido.
—¿Crees que alguien cercano…?
Pero no terminó la frase.
Rhydian bajó la mirada.
—No todos aceptan a una mate como tú. Algunos piensan que te debilité. Que rompí la tradición.
—¿Tú lo crees?
Él se acercó, la rodeó con sus brazos y apoyó su frente en la de ella.
—Yo creo que tú eres lo único que me ha hecho más fuerte.
Mientras tanto, en los salones ocultos de la manada Sköll, Thorne, el beta de Rhydian, se arrodillaba ante un círculo de lobos con túnicas negras y ojos encendidos por la luz de las velas.
—Rhydian ha fallado a la sangre —dijo uno de los ancianos—. Ha elegido amor por encima de la manada.
Thorne no respondió. El silencio lo envolvía.
Pero algo en sus ojos ardía. Rabia. Dolor. Confusión.
—¿Qué propones tú, Thorne? —preguntó otro anciano.
El beta levantó la vista.
—Traeré al alfa de vuelta… o lo derribaré yo mismo.
Lyra soñaba con fuego.
Un fuego que consumía árboles, rostros, recuerdos. En el centro, veía a Rhydian sangrando. Y detrás de él, una sombra. Un lobo sin ojos. Sin alma.
Despertó jadeando, con el cuerpo empapado en sudor.
—¿Lo sentiste? —susurró Rhydian a su lado, ya despierto.
—Sí. Fue una visión.
—No una visión. Fue una advertencia.
Ambos se miraron. Y en ese instante, un crujido se oyó fuera de la cabaña.
No era animal.
Era paso de lobo.
Rhydian se puso de pie en silencio, desnudo pero sin miedo. Sus ojos cambiaron, dorados. Su cuerpo vibraba con tensión.
Lyra también se levantó. Su piel brillaba con la marca de la luna, latiendo como un corazón ajeno.
La puerta se abrió con un golpe.
Y allí, entre la nieve, Thorne.
Con la piel cubierta de polvo de luna y ojos enrojecidos por rabia.
—Hermano —dijo Rhydian.
—Ya no soy tu hermano —respondió Thorne—. Has roto el equilibrio.
—He seguido al destino.
—Has traicionado a tu sangre. A nuestra manada.
Lyra dio un paso al frente.
—No fue traición. Fue la luna. Ella eligió.
Thorne la miró con asco.
—Tú no perteneces a este mundo.
—Y sin embargo… aquí estoy —respondió ella.
El combate fue inevitable.
Dos alfas. Dos lobos con historia compartida. Uña contra garra. Hermandad contra amor.
Lyra no pudo intervenir. Era su lucha. Pero cada herida que recibía Rhydian dolía como si la cortaran a ella. Gritó, aulló, imploró.
Pero Rhydian no se rendía.
Porque esta vez no luchaba por poder.
Ni por manada.
Luchaba por su mate.
Y en el momento final, cuando tuvo a Thorne bajo sus garras, pudo matarlo.
Pero no lo hizo.
Se retiró. Ensangrentado. Jadeando. Con los ojos cargados de dolor.
—No soy como tú —le dijo—. Y por eso soy digno de ella.
Thorne, humillado, desapareció entre los árboles.
Esa noche, mientras Lyra curaba sus heridas, Rhydian le dijo:
—Vendrán más. Quizás no como él. Quizás peores.
Lyra lo miró con firmeza.
—Entonces luchemos. Pero no huyamos más.
—¿Quieres volver?
—Quiero reclamar nuestro lugar.
El viaje de regreso a la manada estaba decidido.
Y con ello… la guerra por el futuro comenzaba.
Porque el amor de un alfa no solo cambia a un lobo.
Cambia el mundo