Capitulo 9

650 Palabras
Capítulo 9: La loba y la corona La nieve caía como ceniza cuando Lyra y Rhydian cruzaron el límite del territorio de Sköll. Cada paso que daban era vigilado. Cada sombra del bosque tenía ojos. La manada lo sabía: el alfa había regresado. Y no venía solo. Los lobos más antiguos salieron primero. Luego los jóvenes. Finalmente, los guerreros. Se formó un círculo silencioso en la ladera nevada, con la vieja roca sagrada al centro. Rhydian alzó la voz con la fuerza de su linaje. —Vengo a reclamar mi derecho como alfa. No huyendo. No ocultando. Sino con la verdad: ella es mi compañera elegida por la luna. Todos miraron a Lyra. Se mantenía erguida, firme, con la marca brillando débilmente bajo su cuello. Aunque sus piernas temblaban por dentro, sus ojos estaban fijos. Ya no era solo una humana. Era loba. Era fuego. Un murmullo recorrió a los presentes como un trueno lejano. Hasta que el Consejo emergió de entre la niebla. Cinco ancianos. Vestidos con pieles oscuras, los ojos pálidos, las marcas de la luna en sus frentes. Uno de ellos, el más viejo, habló. —¿Vienes a desafiar nuestras leyes, Rhydian Sköll? —Vengo a renovar lo que debe cambiar —respondió él sin dudar—. Las leyes fueron escritas cuando el mundo era otro. La luna no nos une por accidente. Ustedes enseñaron eso. El anciano entrecerró los ojos. —Y sin embargo, traes a una forastera. Una híbrida. Una sangre impura. Lyra dio un paso al frente. Su voz fue clara, como el agua en invierno. —No elegí esta vida. Me eligió la luna. Yo no la busqué… ella me encontró a través de él. El Consejo murmuró. —Hablas con valentía, loba nueva —dijo otra anciana—. Pero la luna exige prueba. Un escalofrío recorrió a todos. —¿Qué prueba? —preguntó Rhydian, en alerta. —La Prueba del Eclipse. Nadie había enfrentado la Prueba del Eclipse en siglos. Una cueva subterránea bajo el árbol sagrado. Un lugar donde el espíritu de la luna juzgaba directamente. Quien entraba… enfrentaba su alma. Su miedo. Y, si sobrevivía, emergía marcado por la voluntad divina. Si moría, su cuerpo jamás volvía a encontrarse. —Yo iré —dijo Lyra, sin vacilar. —No —replicó Rhydian al instante. —Sí —lo interrumpió ella, mirándolo a los ojos—. Es mi destino también. El Consejo asintió. La cueva era fría como la muerte. Dentro, solo oscuridad. Ni fuego. Ni luz. Solo una piedra tallada al centro, con símbolos antiguos. Lyra caminó hasta ella. Cuando la tocó, el mundo cambió. Ya no estaba bajo tierra. Estaba en un bosque rojo. Los árboles susurraban su nombre. La luna en el cielo tenía dos rostros: uno amable, otro cruel. Y frente a ella… su reflejo. Una Lyra salvaje. Con colmillos más largos. Con ojos vacíos. —¿Tú eres yo? —Soy lo que podrías ser… si temes. Si renuncias. Si huyes otra vez. —No voy a huir. —¿Incluso si él muere? El reflejo alzó una mano, y en ella apareció la imagen de Rhydian, sangrando en la nieve, solo, olvidado. Lyra cerró los ojos. Lloró. Tembló. Pero cuando los abrió, era loba otra vez. —Prefiero morir yo… que renunciar a lo que somos. Y con ese grito, la imagen se desvaneció. Y la luna la marcó por segunda vez, esta vez en la palma. La señal del equilibrio. Emergió al amanecer. Los lobos aullaron. El Consejo se arrodilló. Y Rhydian corrió hacia ella, cubriéndola con su abrazo. —Lo lograste —susurró—. Eres más que mi compañera. Eres reina. Y en ese instante, frente a la manada entera, Lyra alzó la cabeza. Ya no era humana. Ni simplemente loba. Era la Loba de la Luna. La primera de su linaje. La que cambiaría el mundo
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