15

1316 Palabras
Su cercanía era tal que no podía pensar, no quería pensar tampoco. El estar lejos de Nacho, el verlo de la mano con otra mujer me había dejado vacía y preguntándome si en verdad tenía que seguir esperándolo inconscientemente si debía seguir sintiéndome culpable por estar con otro hombre, por estar hasta con su hermano si para él todo entre los dos acabo, si para él ya no existe nada, si quiero algo de compasión. Parecemos dos extraños que hacen de todo por destruirse y yo ya no quiero hacerlo. No sé en que comentó Diego tomó confianza y valor porque tenía sus manos en mi cintura y sus labios tan cerca de los míos que me nublaba los sentidos. - Déjame besarte. – me pidió, pero antes que pueda contestarle me arrebató con tanta desesperación que solo pude entrelazar mis brazos por detrás de su cuello y seguirle el beso. Su lengua danzaba junto a la mía con una desesperación que no conocía. Sus manos tocaban y apretaban mi cuerpo y mi torpeza nos llevó al suelo. - ¿estas bien? – dijo al caernos y él sobre mi cuerpo. Yo no contesto, no quiero que esa magia artificial se nos pierda. - Besame. – le dije y comenzó de nuevo. Llevaba puesto unos jeans por lo que con su torpeza intento desabrocharlos y bajar el cierre, pero tuve que ayudarlo ya que no podía hacerlo y sentía en mis boca su queja, lo cual provocó que la situación me sea al divertida. - ¿de qué te ries? – deja de besarme para observarme y preguntarme sobre mi actitud, yo solo podía reír. - Recuerdo que no era una ciencia para vos desnudarme. Mírate ahora, no podes si quiera bajarme el cierre. – diciéndole esto entre risas es que él se pone de pie y extiende su mano para que la tome. - ¿A dónde nos vas a llevar? – le pregunto una vez que mi sonrisa se borra de mi rostro. Él no dice nada, simplemente se agacha lo suficiente como para agarrar mi mano y ponerme de pie cuidadosamente, pero ese modo desaparece en cuanto mi espalda deja de tocar el suelo y un movimiento suyo hace que nuestras pelvis se peguen. – ahhh .- se me escapó un gemido al sentir la dureza de su m*****o sobre mi monte de venus. Estaba empezando a sentir la humedad y el fuego en mis partes íntimas. - Voy a cogerte hasta que desesperada me digas . . . me grites basta. – No voy a mentir que el Diego calentón no me excita, pero también es cierto que mi cuerpo ya no siente por él lo mismo que antes y que pese a estar mojada, no estoy disfrutándolo, estoy fingiendo esta ansiedad. Ambas manos se posan en mis glúteos y los aprieta tan fuerte, me clava las uñas que esta vez lo que sale de mi boca en un grito de dolor. - Me excita escucharte. – me confesó con sus ojos rojos de pasión. No podía negar que él tenía una manera tan especial de manifestarse en el sexo y verlo así, tan dispuesto, tan libre de hacer sin importarle que este pensando en otro hombre provocaba que algo en mi interior en cierto modo se active. Mis brazos entrelazados por detrás de su cuello y de un solo salto quedo con ambas piernas a cada lado de su cintura y no tardo en volver atacar sus labios. - Me encanta cuando me besas de esa manera. – Yo sabía que a él le gustaba cuando me salía, lo que yo siempre digo, el beso desesperado. Ese beso en el que la lengua hace fuerzas sobre la otra y mis dientes hacen lo suyo. Esta vez no lo mordía por placer, esta vez lo hacía porque me sentía frustrada por esta situación que de a ratos deseaba, pero en otro solo quería huir. No sé en qué momento llegamos al pie de su cama, que me tiro sobre la misma y sacándose la remera y quedándose en cueros, se subió a horcajadas de mí y me sacó, muy desesperado a decir verdad, mi remera, dejándome solo con el corpiño en la parte de arriba. En el momento en el que sus manos sostienen la unión entre cada taza me mira fijamente a los ojos y me pregunta cómo quería que lo saque. - ¿qué? – no comprendía esa pregunta, pero él tampoco espero mi respuesta. - ¡Al carajo! – dijo y antes de que yo pueda darme cuenta, me había arrancado, literalmente, el corpiño. Una de sus manos comenzó a pellizcar mis pezones que, por alguna razón no estaban duros, en tanto su boca atrapó el otro. Mordía, succionaba y estiraba el mismo pero no lograba esa dureza de excitación que lograba en mí hace dos años atrás. - Relájate, para que puedas disfrutar. – me dijo, pero era imposible. Me estaba odiando por no ser capaz de disfrutar algo que deseaba con lo más profundo de mi ser al conocerlo. Comencé a fingir, aunque en mi cabeza el rsotro de Nacho y el de esa mujer rubía no dejaban de atormentarme. Por otra parte la confesión de Franco al decirme que me quería ¿por qué debía pasarme esto a mí? Aun se seguía repitiendo. - ¿Hasta cuando vas a seguir evitándome? . – me pregunta Franco al evitar, una vez más aquello que quería decirme, aquello que ya sabía con solo mirarlo. - ¿yo? – le dije intentando hacerme la que no comprendía qué me decía ni por qué lo hacía. – te parece. – le digo y vuelvo hacer cualquier cosa menos escucharlo, pero él no se da por vencido y había venido a mi casa a confesarse. Me sacó las cosas de la mano y se me acercó lo suficiente para no dejarme si quiera moverme. – - Te quiero. – dijo al fin y aun sabiendo en qué sentido me lo decía, me hice la tonta. - Si, y yo también te quiero como amigo. – hablo rápidamente e intento zafarme de él, pero no lo consigo y tampoco puedo evadir aquello que tiene para decirme. - No. – me dice serio y al segundo se le suaviza la mirada. – sabes perfectamente en qué sentido te lo digo. – me dice y me quedo muda. – estoy enamorado de vos. – vuelve a decir y yo vuelvo a quedarme muda. - Pero yo . . . – comienzo hablar, sinceramente no quiero lastimarlo, es una buena persona y esta conmigo en estos tiempos difíciles para mí ¿Por qué todo aquel que quiero como un amigo termina enamorándose de mí? - Yo moriría por que me quisieras igual. – me confiesa y yo siento como un dolor agudo me atraviesa el alma. – pero entiendo que tu amor y corazón esta en otro lado. – al decir esto se aleja de mi cuerpo y baja su mirada. Juro que no sabía que hacer. – te voy a esperar. – me dice y yo siento deseos de llorar y no me privo de hacerlo. - Lo siento. – digo con mi voz quebrada y él se abalanza abrazarme. - No tenes que pedirme perdón por no quererme igual que te quiero yo, pero quiero que sepas que mientras estea mor este en mi corazón, te voy a esperar. No olvidé nunca sus palabras, pero no importan cuantos haya, porque ninguno era Nacho, ninguno y aunque para él yo ya no soy nada, no puedo hacer lo mismo, borrarlo como si nada hubiera pasado cuando ha ocurrido mucho. No me había dado cuenta, pero tenía el m*****o de Diego dentro mío y gimiendo en mi oído. Sin embargo, yo, por más mojada que estaba interiormente, lubricada diría, mi mente estaba en otra parte.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR