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1903 Palabras
Mientras dormía a su lado, no podía dejar de proyectar en mi cabeza todo lo que em había dicho. Estaba enamorado de mí y yo no podía decir lo mismo. Amaba más que a nada a Nacho, pero él ya tenía con quién estar y pese a los sentimientos de su hermano Franco hacia mí, y que podría vengarme del trato que me da, no quería usarlo para algo tan bajo. Observo a Diego, y luego el reloj. Son las 3 de la madrugada y comienzo a sentir que el aire me falta, la vista se me nubla y deseo correr de allí. “¿Qué acabo de hacer?” Es cuando me sentí sucia y miles de cosas empezaron a divagar en mi mente. ¿Por qué me acosté con alguien que no amo? ¿Por qué no fui más madura para no pensar que las cosas podrían salirse de lugar y podría terminar, uno enamorado del otro? Aunque francamente, estaba segura que esa sería yo. Con mucho cuidado, me puse de pie y recogí toda mi ropa del suelo, luego me dirijí hacia el baño para cambiarme y aunque deseaba sentir el agua caliente quemar mi cuerpo, necesitaba escapar de ese lugar. Me coloqué rápidamente las prendas y una vez que estuve lista, salí del departamento dejándolo, todavía dormido. No pude evitar romper en llantos una vez que cerré la puerta de la calle y pese a que sabía que me exponía al peligro de caminar sola en la calle, me importó poco y emprendí mi retorno a casa. Hacía un poco de frío, y de momento a otro el tiempo se descompuso. Tal es el caso que las primeras gotas de una tormenta eléctrica que anticiparon llegarían a Buenos Aires, las empecé a sentir en mi piel casi desnuda. —Mierda —maldigo y sé que me faltan como unas 7 cuadras para llegar. Había olvidado que de la casa de Diego, a la mía había un parque inmenso y que a esta hora no se vería para nada seguro. La oscuridad, por falta de luminaria, hizo que comenzara a temblar y ya no de frío. Había tomado consciencia del error de haber ido a la casa de mi profesor desde el principio. —Por favor, que no me ocurra nada. Por favor. Yo no sé rezar, pero puedo dar fe de que cada vez que siento que algo malo va a pasar, basta con cerrar mis ojos, entrelazar mis dedos y ponerlos a la altura de mi pecho para luego pedirle a Dios que me proteja, y eso exactamente ocurre. Cuando llego a la vuelta de la esquina, un grupo de 3 borrachos empezaron a decirme obscenidades y pese a que no faltaba mucho para salir a la avenida, juro que parecía que el punto de llegada estaba cada vez más lejos. Empiezo a lloriquear cuando noto que se han levantado y comienzan a seguirme y lo peor fue, acelerar el paso y no ver la roca a unos metros de mí que provocan que caiga al suelo. Verlos correr hacia mí y yo sin poder ponerme en pie hizo que pensara lo peor. Solo cubrí mi cabeza y dejé que lo que tuviera que sucederme, no se llevara mi vida. Escucho gritos y golpes de puño. No quiero mirar, tengo miedo de que sea alguien más o que el alcohol haya provocado ese disturbio entre los 3; sin embargo, siento una mano en mi espalda que hiela mi sangre, pero que se suaviza al escuchar esa voz. Me doy la vuelta y cuando veo de quien se trata, no puedo evitar lanzarme a sus brazos y llorar como niña. —¿Por qué te fuiste? ¿Vos estás loca? Diego tenía razón, lo que había hecho fue una locura. ¿Y si me pasaba algo? No quería ni pensarlo. —No sé qué decirte. Es que tenía toda la razón de regañarme por lo que hice. —Si querías irte, me hubieras dicho y yo te llevaba a tu casa —toma mi rostro y seca mis lagrimas con su pulgar, luego se acerca lo suficiente como para alertarme de que em va a besar. Aparto mi rostro a un lado y él comprende que, sin decirle nada, no quiero que pase nada más entre los dos. —Lo siento —me disculpo al fin él solo me abraza fuerte y deja un cálido beso en mi cabeza. —Vamos, te llevare a tu casa si es que no puedes o no quieres estar conmigo —y si, eso es lo mejor. Durante el trayecto hasta mi edificio, no ha dicho una sola palabra y lo agradezco porque en verdad, no tenía ganas de explicar por qué me escape de su casa, porque eso mismo hice. Una vez que llegamos, me votee para darle las gracias y agradezco que haya respetado mi espacio. —Cuídate mucho —lo escucho decirme y sonrío en respuesta, pero cuando le doy la espalda para irme, dice algo que me deja helada —: Te amo —, pero cuando me regreso, ya se había ido. No puedo cuestionar sus sentimientos, al final de cuentas con Nacho nos conocemos hace poco y también siento que lo amo. *** —¿Vas a seguir con esa actitud? —le pregunta Franco a su hermano que había regresado a la casa a buscar unas cosas, pero lejos de responderle de buena manera, lo hizo de manera agresiva, lo que esta vez, no le iba a permitir. —¡Suficiente! —elevó la voz y vio como Nacho llegaba donde él para quedar a centímetros de su rostro, en una postura desafiante. —Traidor —le dice con expresión de asco y su hermano hace una mueca de burla para luego responderle. —¿Por qué? Yo a vos no te robe nada y mientras andabas por ahí, drogándote con esa mujer yo estuve ahí para ella. En eso tenía razón, pero no le creía una sola palabra puesto que para él, Camila no era nada más que una mentirosa que se victimizaba para hacerlo quedar mal y hacerlo pelear con su familia. —Esa mujer, a la que tanto defiendes, por la que nos estamos peleando, es mentirosa, hipócrita, interesada y solo le importa ella misma. Sus palabras salían con odio de sus labios, pero Franco, que no conocía muy a fondo la historia, no creía que ella fuera capaz de haber hecho todo por lo que él la acusa —Estas tan lleno de odio que no podes ver que aunque me pese, esa muer te ama —él se carcajea, no cree en lo absoluto en la mujer. —Me decepcionas —concluye dándole la espalda y Nacho se queda con la sangre en el ojo. —¡Seguro que te obnubiló con sexo! —vocifera haciendo que su hermano se detenga y regrese a la discusión. —¡Yo la amo, no te voy a mentir, pero como te dije, ella todavía te quiere y muy en el fondo cree que vas a perdonarla y que podrán estar juntos. Sin embargo, estás tan podrido por dentro, lleno de venganza que no puedes ver que estás tirando tu vida por la borda. Me das lástima. Lo dejó sin palabras porque sabía que, al final de cuentas, su hermano tenía toda la razón, pero no podía dejar de pensar en las palabras de su prima y en que Camila poco se defendió. Al final de cuentas, ella sí estuvo con él para tapar la relación prohibida que tenía con su profesor y el sentirse usado, luego de haberle dado tanto amor a sabiendas de lo que sufrió por la perdida de su hijo y el amor de su vida, Camila cosificó sus sentimientos y eso nadie lo ve. Él se sentía la victima de todo esto y lo era, pero no por parte de ella sino por la de su prima, quién se ha vuelto loca y solo quiere hacerle pagar a la joven que la hayan encerrado en ese psiquiátrico donde ha tenido que sufrir abusos para lograr lo que quería porque sí, el hecho de que los enfermeros los toquen más de lo debido y se masturben con ello, los hacen depravados y a los cuales, deberían estar encadenados en “la habitación del miedo” ese lugar donde llevaban a los pacientes para torturarlos con malos tratos y los reducían a la servidumbre e inhumanidad para divertirse. *** Lo que tanto buscaba Nacho en la casa, era dinero y no precisamente para gastarlo en cosas buenas sino en sus vicios. —¡Vamos! —gritó eufórico al encontrar un ovillo de billetes y justo en ese instante en el que iba a salir de la casa, vuelve a encontrarse con Franco, quien le pide, casi en súplica que deje las drogas. —No seas tonto —trata de hacerlo recapacitar, porque pese a el enfrentamiento que tienen por Camila, lo cierto es que es su hermano y le duele en el alma verlo así. —No te metas en mi vida. Anda a cuidar a la otra —refiriéndose, con desprecio, a la chica. —Sos mi hermano y una cosa no tiene nada que ver con la otra. Yo te amo, y ver como te estás matando de a poco, es algo con lo que no puedo vivir. Nacho se carcajea con el rostro desencajado, luego se vuelve a acercar a él y creyendo que va a agredirlo, Franco da un paso hacia atrás, pero el joven solo le da tres palmadas en el hombro, para , luego retirarse. Tan pronto puso un pie en la calle, suspiró pesadamente y apretó con fuerzas el dinero en su mano, luego elevó la vista para encontrar al otro lado de la calle a Nayla quien lo aguardaba con una sonrisa finjida en el rostro. Últimamente estaba extraña, pero él no podía darse cuenta de ello, porque muy en el fondo, solo podía tener pensamientos, de los que fuere, para Camila. —¿Todo bien? —pregunta una vez que lo tuvo frente a ella. —Vamos —pasó por alto su pregunta y la tomó de la mano, cosa que no solía hacer y aunque para ella eso fue como una señal de que, a lo mejor, le pasan cosas de verdad con ella, en la mente de él, la posibilidad de que su ex estuviese cerca de la casa le entusiasma para demostrarle, aunque sea de mentira, que la superó y reemplazó. Ella intuía que algo había ocurrido, después de todo había ingresado con una sonrisa a la casa, excitado por obtener el dinero para la bolsa de cocaína que se quiere comprar y olvidarse de su existencia, pero de repente sale serio y lo primero que se le ocurre, es pensar que en la casa estaba Camila y se lo pregunta. —¿Estaba ahí? Él, que estaba muy concentrado en apartando el total que necesitaba, estruja los billetes y tajante le responde—: No vuelvas a nombrar a esa mujer delante de mí, porque no la conoces y no tienes por qué. —Perdóname —dijo avergonzada. Siempre le pasaba que cuando por algún motivo se le escapaba su nombre, él, sin importar lo que estuvieran haciendo, la dejaba sola. —Vamos, no quiero perder el tiempo.
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