Un rey aberrado.

2087 Palabras
La reina Oscura. Henry Stuardo. Narrador. El rey no podía creer lo que veía. Las cabezas de sus Smuters eran quemadas por su sobrina, la futura reina, la que creía menos ventajosa y ahora había destrozado a su pequeño ejército de vampiros y demonios. Se retiró como gran perdedor y huyó a su reino con mil cosas en su cabeza. Pensaba en como no pudo ver venir esto, en como podía ella tener ese poder incontrolable y desconocido. Él sabía que la bruja tenía que ver, pero no tenía conocimiento de toda la verdad. Al llegar, lanzó su espada y se paró frente a un espejo. Vio su figura y se percató que iba empeorando cada día. Necesitaba hacer algo que le permitiera renovar su apariencia, transformarla, además de obtener más poder del que ya tenía. Un sirviente que venía de lejos no se hizo esperar y entró corriendo interrumpiendo sus pensamientos. — Mi señor, he localizado un hechicero y está dispuesto a hacer lo que le pida — la sonrisa del rey fue sonora. — Lo hallé en otra región, muy lejos de acá, es por ello mi tardanza — — ¿Quién es? ¿Cómo se llama? — preguntó de inmediato el rey. Se veía muy interesado. — Se hace llamar el Hechicero de rojo — — ¿Pero que nombre es ese? ¿Acaso estás jugando conmigo? — — No mi señor, es la verdad — El rey se volvió muy pensativo, cuando su sirviente quizo hablar, le hizo señas para que callara. Nunca había escuchado ese nombre antes, ni en sus acciones pasadas cuando enviaba a robar a otros espacios, en este caso, regiones dispersas y lejanas. — ¿Cuando vendrá? — preguntó ansioso al mismo tiempo que miraba las paredes de esa habitación. Un n***o cubría un espacio. Reconoció que se trataba de más Smuters. — Quiero a ese hechicero aquí mañana, ¿Está claro?— el sirviente asintió temblando. — ¡Lárgate ahora! — El rey Henry miró con asco y desprecio al espectro que salía del hoyo n***o. Su aspecto no cambiaba hasta el momento en que sus pies tocaron el piso. Seguía en su forma semihumana. Su rostro terminaba en un hocico, algo chato, conservaba sus dos orejas puntiagudas y un fino pelaje grisáceo. No obstante, un mechón de pelo rojo caía descuidado hasta su cuello. El espectro sabía que el rey sentía repulsión por las razas no humanas, pero él mismo rey no podía evitar mirar con algo de lascivia el musculoso cuerpo que se hallaba frente a él cambiando su cuerpo. Se encontró deseando estrecharlo y poseerlo, a pesar de tratarse de un espectro que al terminar su transformación, se convirtió en un hombre totalmente hermoso. Lucas era el nombre del que era bestia. El rey abofeteó al cambiaformas, pero éste no dejó de sonreír burlonamente. Estaba tan enojado por haberlo hecho parecer un cobarde frente a su sobrina. — Habla ahora mismo, ¿Qué sucedió allá? Dime ¿Por qué quedé como imbécil frente a ella, y qué harás ahora para arreglar esto? Hicimos un trato y me fallaron. Deseaba acabar con Antonieta para siempre — el cambiante no se inmutó y lo miró de arriba a abajo. — Los seres como tú no son sino apestosos mercenarios sin escrúpulos — continuó diciendo. — Haré lo que quieras ahora mi rey. Creímos que todo sería diferente pero la reina ...— — ¡No es la reina! — gritó eufórico. El Rey se acercó despacio, aún respirando con ira y con una mano asió suavemente uno de los pezones de aquel hombre hermoso que antes era despreciable, que se hallaba perforado por un pendiente. De pronto, estiró con fuerza. El cambiante aulló. Henry sonreía cruelmente mientras los retorcía, estiraba y pellizcaba, intentando provocar el mayor dolor posible. La criatura se acarició sus propios pezones, dolorido por la visión de la tortura a que el rey lo sometía sin piedad. Éste jadeaba, pero entonces el hombre fue consciente de que no gemía de dolor sino de placer. El rey Henry paró en su castigo. La saliva caía desde la comisura de sus reales labios, y su canoso pelo se había revuelto ligeramente en su elegante cabeza. El rey señaló la entrepierna de ese hombre. Su v***a estaba completamente erecta y parecía próxima al orgasmo. ¡Estaba disfrutando! El cambiante jadeó con voz sarcástica: — Por favor, mi rey... No se detenga ahora— El rey palideció de ira.— ¡Maldito engendro! ¡Mereces la soga!— Levantó la mano para golpearlo, pero entonces entró su sirviente de confianza y lo detuvo. — Espere, mi señor. Debe haber sido adiestrado en técnicas sadomasoquistas para no sentir dolor sino placer. Castigándole no lograremos nada. Quizás yo sepa cómo sonsacarle — dijo. Ya había estado viendo a escondidas como su rey se excitaba por tener a esa belleza de hombre cerca. El rey se alisó el pelo, serenándose. –Está bien. Si crees que puedes hacerlo hablar, adelante— —Si, majestad, pero necesito que salga de la habitación— — No me veas la cara de estúpido, acaso crees que no sé que lo ves atractivo. Seré yo quien haga las preguntas aquí — Al cabo de un minuto, después de no estar de acuerdo, en la habitación sólo permanecían el rey Henry, su sirviente Percepolis y la hermosa criatura. El cambiante miraba con cierta curiosidad a su carcelero, ese sirviente que a simple vista tenía muchas intenciones, pero su rey estaba más dispuesto aún a introducir su m*****o en aquel hombre, ya no con intenciones de castigarlo, pero si con las ansias de disfrutar un pedazo de carne. — Mi señor, deseo comunicarle mis sinceras disculpas pero también permítame decirle que perdimos Smuters y eso nos perjudica. Debemos concentrarnos en crear un ejército más fuerte y así destruir a su sobrina. Ese “Hechicero” puede ser el acompañante que necesitamos para destruir Neverest para siempre — el rey quedó pensativo sin perder el interés por el increíble atractivo del Smuter. — Es un inicio, podría funcionar. Me gustaría que hablásemos primero. Tienes unas inusuales habilidades y quiero tenerlas igual que tú. Quiero saber cuántos más quedan — — Quedan muchos todavía majestad, pero no nos igualamos al poder de Antonieta Stuardo — y su rostro fue de desagrado. El rey Louis Stuardo hizo todo lo que mantenía en su poder para derrotar a esas bestias cambiaformas y aunque lo intentó, no fue suficiente. En él había una confianza de que su hija sería la única que podría con ellos y no sé equivocó. — ¡No me importa! Solo quiero tener más fuerza que ahora — dijo. Su sirviente hizo un gesto con los labios para hablar pero lo calló. — Como usted lo desee majestad — e hizo una reverencia. Percepolis quiso abandonar la habitación pero el rey no lo permitió. — Quédate, quiero que veas cómo renazco de las cenizas y como lo hago mío en el proceso — y rió. Percepolis crujió los dientes. — Agradezco el cumplido majestad — y se acercó al rey lentamente. Abrió su boca y dos colmillos crecían cubiertos de saliva. Tomó la cabeza del rey para moverla un poco y clavó sus colmillos en su cuello. Los ojos de este hombre se tornaron oscuros mientras que el rey se quejaba de dolor. Percepolis no sabía si intervenir o no pero el rey no se veía sufriendo. Al contrario, sus ojos comenzaron a cambiar. Su cuerpo cambió y su atractivo que era tenebroso, asqueroso y sin forma alguna ya no era así, era la perfección. Miró fijamente a Lucas que tenía frente a él y tocó su rostro. Se acercó a un espejo y al ver su aspecto, sonrió victorioso. Lucas, comenzó a desnudarse lentamente ante la mirada asombrada de su rey y sonrió cuando observó cómo el pene de este hombre reaccionaba favorablemente ante su magnífico cuerpo. Sin dilación comenzó el juego. El rey masajeó los pezones de su presa antes de que su lengua comenzara un circular juego de lamidas alrededor de la aureola. Lucas suspiró, aliviado sin duda, ya que instantes antes sus pezones habían sufrido un duro castigo. A continuación, el rey se tumbó en el suelo y optó por lamer los muslos y subir por ellos hasta acercarse a su enardecido sexo. Lucas debía comenzar a notar los efectos de aquella sensual y delicada atención ya que comenzó a emitir unos apagados gemidos. El rey se apoderó sin prisas de su bestia y lo lamió lentamente antes de engullirlo. Éste comenzó a arquearse de placer, indefenso como se hallaba. El rey Henry continuó su firme mamada, apresurándola mientras que Lucas intentaba distraerle. —¿Sabes, querido? Cuando me mordiste en el cuello casi tuve un orgasmo en ese mismo momento. Me siento fuerte y vigoroso — decía el rey. La mano del rey se deslizó por el perineo hasta el orificio anal, ignorando los comentarios que podía emitir su adorada bestia. Aceleró el ritmo y le penetró analmente con dos dedos. Lucas comenzó a vibrar como si sufriera espasmos justo antes de que el semen brotase de su sexo. Percepolis miraba todo lo que sucedía completamente empalmado y con deseos de follarse a la bestia. El rey se masturbó mientras alcanzaba el orgasmo, impregnando su mano con el viscoso líquido en su acompañante. Después acercó los dedos al rostro del jadeante y distintivo Lucas mientras le susurraba: — Múerdeme de nuevo — El rey Henry metió los dedos en la boca de Lucas quien los lamió con deleite. El rey y el cambiante se miraron a los ojos con ardor. — Y ahora, ¿Me dirás que sigue? — Lucas rió. —¿Y éste es tu suplicio para sacar información?— y volvió a reír. — Debo hablar con mi ejército y traerlo hasta acá — — No los quiero aquí — dijo el rey con tranquilidad. El cambiaformas sonrió con malicia. — De acuerdo. Volveré a empezar porque creo que no me has entendido — y suspiró cansado incorporándose. — Viviremos aquí a tu lado mi rey ya no estaremos en las sombras — — ¡No lo acepto! — — Debes aceptarlo, somos tu única ayuda — El cambiaformas se dió cuenta de que es necesario, lo que el rey desconoce es que ellos desean implantarse como hace mil años lo hicieron. — Aceptaré con condiciones — — ¿Cuáles serán esas mi rey? — preguntó Lucas. — Ser acompañado cada noche y hacer lo que diga — éste asintió y cuando quiso cambiar su forma, el rey lo impidió mirando su entrepierna. Estaba empalmado nuevamente y no iba a perder esa oportunidad. Y de nuevo comenzó el asalto. Al principio Lucas parecía no reaccionar, pero pronto su mango creció otra vez. Los dos perdieron la noción del tiempo, pero Percepolis quiso unirse y su rey lo permitió, pero no para ofrecer embestidas sino para recibirlas por ambos. Percepolis entendió y tomó posición de inmediato. No paró de gemir y el cansancio se leía en su rostro. Se arqueó tantas veces pudo mientras que Lucas se volvió a arquear y apretó los dientes mientras alcanzaba el orgasmo. Percepolis chupó el cuello y mordió a Lucas y éste gimió, era el turno de disfrute del sirviente de confianza del rey y no permitió perderlo. Embistió con fuerza y goce. Lucas suspiraba muy despacio, casi lastimeramente, mientras los dedos del Percepolis franqueaban su culito, penetrándolo sin descanso. El enésimo orgasmo del cambiante se produjo. Ambos estaban embadurnados del néctar de la bestia. Lucas sonrió e hizo una reverencia a ambos hombres. El rey y su sirviente colocaban sus ropas mientras la fealdad y oscuridad del cambiante atravesaba el hoyo n***o perdiéndose en el. El rey no dejaba de mirar su aspecto. Estaba complacido, pero la voz de su sirviente anterior lo sacó de esa alegría. — Mi señor — e hizo la reverencia acostumbrada. — María Antonieta Stuardo le envió un mensaje — El rey puso los ojos como dos platos. Miró la nota que su sirviente traía en manos y con pasos apresurados, se la arrebató de las mismas. El color desapareció de su rostro tan rápido que creyó no estar bien. — ¡Es una maldita!— grito eufórico. — La voy a atrapar y castigaré dolorosamente — suspiraba como fiera enjaulada. — Cuando la atrapemos, la quiero viva — y salió de la habitación dejando a ambos sirvientes solos.
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