La reina oscura.
María Antonieta.
Me encontré con una mujer que no me permitió ver su rostro en ningún momento y al decirme que se debía a las diversas maldiciones que han ahuecado en su vida, no le creí, pero se comportó conmigo como si supiera de dónde venía y lo que haría en un futuro muy cercano.
Volvía con el corazón lleno de estrellas, de ilusiones ya que sentí desarrollar mis poderes, creí que explotaría con todo eso que atravesaba mi cuerpo. No habló tanto como lo pensé en un momento, fue callada y muy poco respondía a mis preguntas, era totalmente evasiva pero aproveché cada instante.
Entrar a mi reino no era difícil, lo que venía a continuación lo era aún más. Los miembros de la corte venían y yo aún no estaba preparada pero las palabras de la bruja me mantenían en alerta. Recordaba esa seguridad que debía tener y me apoderé de ello, sin caer en egocentrismo.
Eskel y Dorothea ya vestidos me esperaban con el resto del reino.
— La esperábamos, ¿Está bien? ¿Cómo salió todo? — Eskel preguntaba algo preocupado. Dorothea solo me miraba.
— Después hablamos de eso — y los miré a ambos. — Eskel, que todos los guardias estén preparados, podría haber un ataque —
— Princesa, pero todo el reino de Neverest está protegido gracias a esa burbuja mágica que usted creó —
— Lo sé, lo digo por las personalidades que vendrán— y me miró desconcertado. — Pueden haber desacuerdos. Dorothea, ¿Tienes preparado lo que te pedí? —
Dorothea asintió e invitó a Eskel a salir de mi habitación para cambiarme.
— ¿Cómo quiere lucir hoy? Es su primera reunión como futura soberana — preguntó Dorothea.
— Quiero llevar un vestido simple y mi cabello totalmente suelto — dije. — Sin olvidar mi bastón —
Junté mis manos y las miré, estaban algo sudadas por la presión que sentía pero por todo mi cuerpo sentía electricidad pura. Era como si sintiera que pronto se avecinaba algo tan poderoso que no podría resistir.
— Lista princesa. ¿Está usted bien? —
En ese momento cerré mis ojos y me encontré con unos que me miraban fijamente, al volver en sí me di cuenta de que había tenido una premonición. Estaba viendo un futuro cercano que hasta ahora desconocía.
— Estoy bien, es solo... — me quedé callada unos segundos. — Estoy experimentando visiones. Mis poderes se están intensificando desde que atravesé ese portal — dije sin apartar la mirada de mis manos. Antes de enfrentar a todos los que no confiaban en mí para asumir mi reinado, miré mi silueta y rostro en el espejo. Faltaba poco para convertirme en lo que mi padre deseó y lo que yo ahora anhelo con tanto fervor.
Caminé al lado de Dorothea sin soltar mi bastón ni un momento. Eskel estaba allí, pendiente de todo y los asistentes incluyendo el personal del palacio de Neverest miraban como nunca antes les fue permitido. El asiento del rey, mi padre de la ocuparlo, pero no lo hice, respetaré cada proceso hasta que llegue el día.
— Princesa, su belleza en incalculable y la riqueza de su reino también — hizo una reverencia besando los nudillos de mis dedos. — Permítame presentarle a mi hijo, Conde de Belztat —
Sonreí a medias y saludé como se debía, pero me retiré, no tenía interés en eso ahora. Tenía en mi mente esos ojos que esa visión me había mostrado. Eskel en la distancia me señalaba que todo estaba perfecto y Dorothea permanecía a mi lado. Tomé asiento mientras todos esperaban por mí.
— Que placer verla Princesa Antonieta o ¿Debo llamarle Reina? —
Lo miré sin muchos ánimos en caer en su terrible lengua, el presidente de los fondos del reino, amigo de mi padre pero ladrón como solo él podía hacerlo.
— Aún conservo mi título de Princesa, pero gracias por su generosidad al no ser más sarcástico — tomó asiento sin decir una palabra después de mi comentario.
— Me alegra que todos estén aquí hoy, es un placer verlos. No me extenderé ya que no soy fanática a estas reuniones, prefiero las batallas — y todos rieron. — Deseo saber si estarán a mi lado sean las decisiones que tome para y por nuestro pueblo —
— Quisiera saber cuáles son esas decisiones —
— En este momento no están claras Señor — respondí con mucha seguridad. — Mi tío tiene fieles intenciones de destruirnos —
— De destruirla querrá decir —
— No solo a mi señor, porque de yo caer, caerá usted de inmediato y sino es así, es muy probable que conviertan su trasero en trinchera —
Un pitido convertido en risa por parte de Dorothea salió. Su boca la tapó de inmediato pero el rostro de éste señor pasó de palidez a sangre. Estoy segura que quería matarme con su espada y no verme nunca más, pero para nadie era un secreto que el Rey Henry Stuardo tenía inclinaciones sexuales con el mismo sexo y perversiones que rompían la línea de la cordura.
— ¿Qué hay de sus dotes... mágicos?— preguntó el rey de los duendes.
— Para nadie es un secreto que usted tiene dones como yo, eso no me impide ser la única reina de Neverest por la eternidad —
— ¿Por la eternidad? —
— Así es, buscaré la inmortalidad que le fue arrebatada a mi pueblo —
— ¿Cómo hará eso? — preguntaba el Rey sin parar.
— Solo será mi asunto. Si cae Neverest, todos los reinos aliados caerán y la magia ya no tendrá cavidad en nuestras vidas y menos en el futuro — respondí.
Todos me miraron y movían la cabeza en señal de no estar de acuerdo.
— Estoy con usted — opinó el rey de los duendes. — Quiero proteger la magia —
— Perfecto, entonces daré por culminada mi presencia —
— ¿Y nuestra opinión no vale para usted? —
Me levanté de inmediato. — Si usted cree que por ser una figura representativa en este reino yo debo esperar toda la noche por su respuesta, está equivocado. Neverest está peligro y yo no voy a esperar por nadie — y continué mirándolo. — El que desee permanecer conmigo para derrotar Neverest, que se levante ahora —
Se levantaron solo 5, los demás permanecieron sentados.
— ¿Ahora? — preguntó Dorothea. Solo asentí y bolsas con oro fueron entregadas a los que permanecieron sentados.
— ¿Qué es esto? — preguntaron todos en unísono.
— Su pago por todo el tiempo prestado al lado del rey Louis Stuardo, mi padre, ahora sí me disculpan, les pido que salgan de mi reino —
— ¿No puedes hacernos esto? —
— Porque puedo es que lo hago señores — y comencé a retirarme para cenar. Miraba como los que estaban de pie me seguían mientras que los demás incluyendo el presidente de los fondos de Neverest se marchaba indignado lanzando improperios.
Sentada frente a estos hombres, reyes y condes de reinos adyacentes y otros muy lejanos, me ayudaban a reconstruir la magia y traerla de vuelta. Dorothea sonreía al igual que Eskel. Todos los sirvientes del palacio tenían un semblante distinto, habían escuchado de mis propios labios el compromiso que tenía con mi pueblo y lo que estaba dispuesta a hacer.